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Néstor Villazón

Cincuenta y dos esbozos de mí mismo (XII)




Todo aquel que haya quedado para la historia tiene algo que ofrecer.


Y sin embargo Alberti, a la sombra de Lorca.


Y sin embargo Juan Ramón, a la sombra de sí mismo.


Y sin embargo Echegaray, que impulsó a Benavente.


*


La grandeza del absurdo es la obra abierta.


La obra sencilla que no lo es.


La multitud de caminos.


La vida.


*


Una obra del absurdo es productiva por sí sola.


Por su espíritu, al igual que Lorca.


Por su lenguaje, al igual que Valle.


Porque sólo queda la fábula.


*


El juego de la ingenuidad, la discontinuidad y el adulterio.


*


Resiste lo que no se comprende.


*


Siempre habrá una voz más alta que la otra, pero nunca la misma.


Y sobre todo, el público.


Y sobre el público, la obra.


*


La falta de referentes generacionales en nuestros días.


La existencia de nombres a la espera de una figura.


La extraña sensación de dominio.


La necesidad de obedecer.


El elogio.


La cortesía.


*


Recordamos a un autor no por su obra, sino por el personaje que se ha creado.


Avanzamos gracias a su obra.


Le compramos su obra a él.


Pero él no habla.


¿Y quién escucha?


¿Escucha el personaje que yo me he creado al personaje que se ha creado el autor?


¿Escucha mi lado burgués a Lampedusa?


¿Escucha mi rebeldía a Salinger?


Vivimos de una extraña melodía entre el autor y su personaje.


De la lección y la apariencia.


De la incomprensión y la cercanía.


Del elogio, en todas sus facetas.


De la búsqueda de una familia.


Del origen de la vida.


Del niño en el papel.


De una razón para vivir.

Publicado la semana 18. 04/05/2017
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