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Néstor Villazón

Cincuenta y dos esbozos de mí mismo (IV)




Salir a un mundo y aparecer en un sueño.


*


¿Quién es? Ahora escribo en su diario, diario que yo mismo le regalé. Es extraño. Tan cerca y tan distante. Miro a sus ojos y no creo; observo sus actos y me vuelvo agnóstico; recuerdo la escena en que se levanta y me dice “Si este no es tu mundo, ¿en quién crees?”


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Mediodía con Rilke.


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Conversaciones imaginarias, de W. S. Landor. 84 Charing Cross Road, de H. Hanff.


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Y este presente, que agrede a cada instante.


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Ahora mismo iba a decir que este había sido un gran día. Ahora, justo ahora, iba a explicarme el porqué de esta existencia justa y vana, infame, insistente, imperdonable. Ahora, que un hombre se ha sacudido hasta la última pieza y ha extendido su mano. Un hombre que podría ser yo sentado algún día, en cualquier arcén, me ha pedido algo para comer. Algo para tener lo justo y necesario para pensar. Algo mínimo. La mayor de las economías. ¿Y yo qué he hecho? He alargado mi mano y he tocado su palma mientras le daba unos céntimos. ¿Y qué ha hecho él? Se ha ido. ¿Y qué he pensado yo? Esto, más bien, merece un poema.


Así somos.


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Adoro escribir para mí, pero prefiero soñar para los demás.


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Veo a la gente caminar por mis calles como si existiera asombro en sus ojos. Llega una mujer que rueda un carrito mientras la sangre de sus venas me limpia, lentamente. Todo es calmo y rotundo al atardecer. Nuestros sueños enterrados por el continuo deseo de la nostalgia laten aún con más fuerza, con más violenta finitud, en ese “se fue”.


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Diré “sueño”, con la fuerza de quien construye una lágrima en tus ojos.


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San Manuel Bueno, Martir. Unamuno.

Publicado la semana 10. 06/03/2017
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