Semana
49
melbag123

A lo lejos

Género
No ficción
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Cuando te vas de Puerto Rico, pasa como dice la canción «En mi viejo San Juan» de Noel Estrada: el corazón se te queda frente al mar.  El olor a salitre te persigue y repasas en tu memoria todas las tonalidades de azul, porque te sientes incompleto sin el rumor de las olas, sin la risa de sus palmeras.  Las noches nunca son lo mismo y las estrellas no brillan igual. La bóveda que es de un azul tan oscuro que parece negro —repleta de las luces intermitentes del cielo borincano—, se te aparece en los sueños, estés dormido o despierto. Si ves algo verde, de un verde muy intenso, te acuerdas de la cordillera y de la brisa fresca que trae desde lo lejos el olor a lechón asado y se te hace agua la boca deseando el dulce amargo sabor del mabí.  Piensas en la Navidad y te das cuenta de que en ningún lugar del mundo se celebra como en la isla. Esa mezcla de cristiandad-pagana, de cánticos alegres, que de igual manera festejan el nacimiento del Niño Dios o el asesinato de una gallina que terminará en una olla para hacer el sopón que comerán los parranderos borrachos a las seis de la mañana.

Puerto Rico —patria mía—, llena de luz, aunque estés a oscuras. Te veo abandonada en medio del océano, tus guardas te han dado la espalda. Estás destruida pero no olvidada por tus hijos dispersos sobre la faz de la tierra. No te dejarán caer tus gentes sencillas pero orgullosas, que sin importar lo que pase, no cesan de sonreír. Tus hombres gallardos, trabajadores y honrados. Tus mujeres fuertes, valientes y laboriosas. Reverdecerás como nunca antes y tu mar será más azul y tu cielo tendrá más estrellas.

Isla mía, no pasa un día en que mi pensamiento no vuele a ti, ni mis deseos se enreden en el recuerdo de tus arenas blancas y tibias. Sé que volveré a correr por las calles del Viejo San Juan y pasaré una tarde en el Morro espiando el mar desde las garitas, imaginando —como cuando era niña—, a barcos enemigos queriendo asaltarte por sorpresa. Los piratas pasarán de largo temiendo que los cañones los hundan en las oscuras profundidades del triángulo de las Bermudas. Y abrazaré al Pirata Cofresí —nuestro Robin Hood—, porque hasta corsarios amables tenemos en esta maqueta de cien por treinta cinco millas cuadradas.

Anhelo subir a la montaña y visitar a mi familia, allá en lo alto del Barrio Palomas y Cielito de Comerío, donde de noche puedes tocar las estrellas. Volver a escuchar a mi abuelo tocando el cuatro, cantando décimas con pie forzao.  Ver a mis tíos atizando el carbón para cocinar el puerco, mientras mi madre y mis tías toman vino dulce haciendo una pastelada y hablando de sus maridos. Quiero esconderme bajo la mesa con mi primo favorito, robarnos los vasos que dejan en ella y beber hasta que nos descubran o nos quedemos dormidos pegaditos el uno al otro.

Aquí desde el destierro autoimpuesto, la nostalgia muchas veces me gana. Ahora más que nunca que lo que conocí ya no existe. En este país frío y seco —de clima y de alma—, no puedo más que añorar el calor de mi isla. Llegué llena de sueños, creyendo que haría una nueva vida y que los recuerdos se podían borrar y sustituirlos por otros nuevos. Pero no fue así. Aquí perdí a mi padre y las memorias de mi madre y no sé si fue el destino o culpa mía. Hoy, el deseo inmenso de volver me asalta a cada segundo. La isla me llama, me reclama y no me es posible ser feliz si no vuelvo hasta sus orillas para recargarme con su sol, que no es el mismo que el que alumbra al resto de la tierra.

Mi isla, solo pronunciar tu dulce nombre —Borikén—, alivia mi corazón.

Derechos reservados, Melba Gómez, diciembre 2017

 

Publicado la semana 49. 07/01/2018
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