47
melbag123

Dormitando

Me gusta ese estado en el que no estoy dormido ni despierto. Los instantes justo después en que pones la cabeza en la almohada y empiezas a adormilarte. Esos en los que escuchas los sonidos a tu alrededor y se confunden con los primeros sueños disparatados. Cuando el cuerpo no pesa y el cerebro tiene espacio para expresarse a sus anchas. Los colores no tienen denominación, los olores se mezclan haciéndose casi imposibles de reconocer, los recuerdos salen a flote y los instintos prevalecen.  Es cuando se me ocurren las mejores y las peores ideas. Cuando agarrar un cinto para ponérmelo al cuello puede ser una broma de mal gusto sí, pero solo eso y cortar una rosa un sacrilegio. No existe religión, ortografía, matemáticas, ni regla alguna para lo que brota de mi subconsciente. Me gusta estar ahí, entre lo morboso y lo bello, sin reparar en nada, sin que nadie me juzgue.

A veces siento que el alma se me sale del cuerpo y vago por el universo interestelar. Puedo llegar tan lejos como quiera sin detenerme un segundo. Entro en tantos hoyos negros como se me pegue la gana, no me falta el oxígeno, no me falta nada. Salto de una estrella a otra, así como se ven en el espacio los astronautas, pero sin el uniforme. Me veo a mí mismo caminando en la Luna como si estuviera caminando por una calle de Barcelona. Puede ser cualquier estación del año. Si escojo el verano me visto de blanco. Ando despacio, me arreglo el sombrero. Observo los cráteres para no caer en alguno de ellos. Saludo a los que están allí con mi mejor sonrisa. Miro a las lunáticas —sí, así se llaman las mujeres de la Luna—, les guiño el ojo y a veces le escribo poemas. A los hombres —lunáticos—, los veo en las esquinas con una Heineken en la mano, piropeando a las chicas que pasan. ¡Ah! En eso se parecen a los terrícolas. El amor es amor en cualquier parte de las galaxias. Lo sé yo que las he visitado a todas. En ocasiones me detengo con el grupo de mis iguales —me refiero al género, aunque en algunos lugares los seres son hermafroditas —, coqueteo con alguna muchacha y hasta les doy la mano a los hombres, por eso de ser cordial.

Cuando me canso de un brinco me coloco en alguna estrella desde dónde puedo admirar los azules de la Tierra. Siempre siento nostalgia por ella, de todos modos, es mi lugar de origen, donde nací. Me he dado cuenta que cada vez es menos el añil, aunque los científicos se empeñan en negarlo. El agua escaseará, aunque algunos digan que no es un derecho tenerla. Y entonces, ¿qué beberemos? No todo el mundo sabe llegar a otros mundos en los que el líquido abunda…  Volviendo a mis observaciones del globo terráqueo, siempre escojo una estrella pequeña, con poca luz, no vaya a ser que alguien me descubra y se acabe mi entretenimiento. Imaginen que el mundo se entere de los viajes astrales que doy. Tendría un montón de periodistas esperando en el portal de mi casa. Los reporteros son insoportables, no paran de preguntar. Prefiero el anonimato, siempre.

Otras veces me veo por dentro. Soy como una célula de la sangre —un glóbulo rojo—, que recorre todo mi cuerpo. Bombeado por el corazón irriga mis órganos con oxígeno, los alimenta, los energiza. Es un viaje en el que me recreo. Veo mi cerebro y la cuenca en dónde está depositado con los pequeños agujeros por dónde salen los nervios. La masa gris late imperceptiblemente. Nadie se da cuenta de que lo hace. Las neuronas mueren, a veces voy a su funeral. Es muy triste saber que mueren sin procrearse. Cuando todas mueren ya no habrá memorias, todo será silencio y olvido.  Luego de los sepelios, a los que siempre asisto por respeto, después de todo es en mis sesos donde fabrico toda esta trama de viajes a lo desconocido. Al continuar mi paseo, no me detengo mucho en mis pulmones. No son un lugar en el que quiero estar por mucho rato, están forrados de nicotina, un paisaje oscuro y sin alegría. El hígado no está mal, sigue cubierto de su fina membrana que, aunque cualquier cosa la puede romper, sigue intacta.  Los riñones son tan pequeños que no puedo evitar pensar en la labor titánica que han hecho desde que nací. Los miro, me sorprendo de que la cantidad de licor y drogas que he consumido no haya acabado con ellos.

Este espacio es solo mío. Está entre la vida y la muerte. La vida mientras estoy insomne, la muerte por la que no me atrevo a dormir profundo. Alguna vez de niño vi a los Reyes Magos. Entonces no me drogaba ni tomaba alcohol. Había recogido temprano la yerba para los camellos y dejado la carta con mi petición: un precioso tren eléctrico que vi en una tienda de juguetes en la plaza de mi pueblo. Me había portado muy bien todo el año. Sé que mis padres lo habían notado. Esa noche —la de Reyes—, vi a mi padre llorar por primera vez. Mi madre servía un poco de arroz cocido y en silencio lo comimos. Tan pronto terminé, pedí permiso para levantarme de la mesa y corrí a lavarme los dientes. Me acosté y apreté los ojos, rogando que el sueño llegara rápido para despertar en la mañana a mi deseo. Mi corazón latía aceleradamente por la excitación de creer que en unas horas estaría jugando con mi anhelado juguete. Pero el alma sueña y vuela con alas de papel, cualquier viento las puede resquebrajar. Y eso me pasó a mí.

Aquella noche fue la primera vez que me quedé en el limbo del sueño. Escuché unos pasos acercarse a mi cuarto. Seguro que eran los Magos, pensé.

—No abras los ojos —dijo Melchor bajito—. Voy a llevarte a dar un paseo en mi camello. Te llevaré por las nubes, te enseñaré el camino a la estrella de Belén, te presentaré al niño…

—¿Y cómo voy a poder ver lo que quieres enseñarme con los ojos cerrados? —pregunté interrumpiéndolo.

—Vas a aprender a usar tu imaginación —respondió—. Esto te va a servir siempre —aseguró levantándome en sus brazos.

Salimos de la habitación por la ventana. Me sentía liviano, sereno. Escuché a Gaspar y a Baltasar protestando porque tenían que llevar muchos regalos y se les hacía tarde. Hasta los camellos resoplaron molestos. Pero Melchor estaba dispuesto a cumplir su promesa. La noche estaba fría, pero no iba a perder la oportunidad de aprender a usar mi imaginación. Cabalgamos en su camello por largas horas, al menos eso me pareció. Yo estaba emocionado porque la noche olía a comida muy rica y a dulce de coco. Cuando llegamos, el fulgor de la estrella era tal que aun con los ojos cerrados podía verlo. Un niño lloraba en un lugar que hedía a estiércol y me di cuenta de que la casucha en la que vivía yo no era el peor lugar del mundo comparado con este. Una mano suave acarició mi rostro. Me estremecí a su contacto, no de miedo sino de amor. Melchor me dijo que era María que le había pedido su manto para calentar a su hijo y cuando me vio quiso tocarme. Habría querido verla, pero no me era permitido. Solo sabía portarme bien en aquel tiempo, nunca rompía las reglas.

—Ya es tarde, tienen que irse.

—¿Quién habló? —pregunté al Rey Mago.

—Es José, siempre está preocupado de que lleguen los presentes a los niños a tiempo.

Escuché a los Magos despedirse no sin antes dejar los regalos para Jesús.

La marcha de vuelta fue muy rápida, como si hubiéramos volado. Melchor me puso suavemente en mi cama y se despidió. Hoy creo que para siempre. No he sabido más de él ni siquiera en mi dormitar.

Al rato percibí un olor conocido acercándose a mi habitación. Era el aroma de tabaco barato que usaba mi padre. Lo vi agacharse y tomar la caja con la hierba sin hacer ruido y dejar un paquete demasiado pequeño para ser mi anhelado tren. Luego acarició mi sien pensando que estaba profundamente dormido. Cuando salió me levanté, caminé de puntitas hasta el pasillo cobijado por la oscuridad y desde allí escuché a mi madre consolar a mi padre.

—Ya conseguirás trabajo —decía—. El niño es pequeño, todavía no sabe de necesidades. Dile que los Reyes Magos tienen muchas peticiones y se han confundido de regalo. Que el tren llegara el próximo año cuando se den cuenta del error.

—Sí, eso le diré —contestó él con su gesto de perro apaleado.

Regresé a mi cuarto y levanté el regalo mal envuelto. Lo abrí y encontré una pistolita de juguete. Ni siquiera jugaba a los indios y vaqueros, ¿qué iba a hacer con ella? Imaginar —pensé—, eso me enseñó Melchor. Guardé mi desilusión en la última esquina de mi cerebro, decidido a que mis padres no se percataran de mi pena.  Imaginé que estaba en un pueblo del Viejo Oeste y que era el alguacil de lugar, respetado y admirado por todos, incluyendo los poblados de alrededor.  Aun así, unos forajidos llegaron arriesgando la seguridad de los habitantes. Dispuesto a preservar la tranquilidad de mi gente, caminé desde la esquina y me puse en medio de la calle como Clint Eastwood. Como él usaba vaqueros, camisa de cuadros, un cinto para llevar mi pistola, botas con espuelas y sombrero.

—Es mejor que se rindan —gritó el malhechor desde el otro lado de la calle principal.

—No estamos dispuestos —grité—. Los defenderé a todos.

Caminé unos pasos, mientras lo hacía escuchaba el sonido de mis espuelas. No estaba nervioso, me sentía valiente. Conté hasta tres, saqué mi pistola —la que me había regalado papá—, y de un solo disparo acabé con el malvado. Los habitantes inspirados por mí, sacaron palos y cuchillos y terminaron con los mal venidos.

Así me pasé soñando todo el año y el tren no llegó. Por más que me esforzaba nunca pude tenerlo, ni en la más gloriosa de mis fantasías. La decepción me fue ganando. Empecé a tomar licor y a drogarme a escondidas de mis padres, para que me ayudara a imaginar el ferrocarril de mis sueños, pero nada. Mi padre no consiguió un empleo fijo. Mi madre enfermó de inanición. Nos dejaba la poca comida que teníamos a mi papá y a mí. A él porque era el hombre de la casa y a mí porque la necesitaba para crecer.

Nunca más pude dormir profundamente. Comencé a pasear por los universos en mi pre adolescencia, hasta cuando estaba en el colegio. Mis calificaciones eran desastrosas y la verdad es que prefería vivir en la irrealidad, entre sueños. Iba todos los días a la biblioteca para leer libros de astronomía y anatomía. Ese era todo el conocimiento que me importaba, aunque me reía de que los libros insistieran en que los viajes intergalácticos no eran factibles para el ser humano cuando yo los experimentaba cada día.  Nadie más cabía en mi existencia, no tenía amigos y tampoco tuve una primera novia terrícola. Temía tanto a la decepción. Adormilarme era mi única salvación. Le hacía el amor a la almohada cada noche hasta caer semi rendido porque no podía —ni quería—, irme a la dimensión del reposo abismal. Mi primer beso se lo di a una chica en la Galaxia de Andrómeda. Mis amigos vivían en el espacio sideral. Solo ellos me entendían y ninguno me traicionó jamás. Si existía la felicidad, eso fue lo más cerca que estuve.

Cuando me hice hombre comprendí que los Reyes Magos no existen y que no importaba si me portaba bien o no. En mis lubricaciones nocturnas imaginé que podía asaltar un banco con la pistola que me regaló mi padre, con el dinero podría comprar el ferrocarril que me tenía obsesionado.

—Estoy seguro de que dormitaba — le dije al juez, pero no me creyó.

Los testigos dijeron que me vieron entrar en el banco con un arma. Según ellos el guardia de seguridad intentó impedir el robo y le disparé. Lo hice con mi arma de juguete, estoy convencido de que así fue. No pude haberle matado.

Llevo quince años entre dormido y despierto, viviendo una vida que no vivo, pagando por algo que hice en mi imaginación. Me gusta estar ahí, en ese lugar donde mi padre es rico y me regala de todo, aunque nunca me dé el tren que quiero. Allí mi madre viste ropas bonitas, usa prendas brillantes como las estrellas y huele muy bonito. Unas noches viajo por lugares en otros mundos y me enamoro de extraterrestres. Me voy de fiesta con mis amigos hasta el amanecer sin temor a que me fallen. Otras, visito mi ombligo y me resbalo por el intestino grueso y me doy cuenta de que algo malo ocurre. Estoy enfermo, pero no importa. La muerte no me asusta. He estado en ella muchas veces.

Me gusta ese estado en el que no estoy dormido ni despierto. Los instantes justo después en que pones la cabeza en la almohada y empiezas a adormilarte. Esos en los que escuchas los sonidos a tu alrededor y se confunden con los primeros sueños disparatados. Cuando el cuerpo no pesa y el cerebro tiene espacio para expresarse a sus anchas. Los colores no tienen denominación, los olores se mezclan haciéndose casi imposibles de reconocer, los recuerdos salen a flote y los instintos prevalecen.  Es cuando se me ocurren las mejores y las peores ideas. Cuando agarrar un cinto para ponérmelo al cuello puede ser una broma de mal gusto sí, pero solo eso y cortar una rosa un sacrilegio. No existe religión, ortografía, matemáticas, ni regla alguna para lo que brota de mi subconsciente. Me gusta estar ahí, entre lo morboso y lo bello, sin reparar en nada, sin que nadie me juzgue.

A veces siento que el alma se me sale del cuerpo y vago por el universo interestelar. Puedo llegar tan lejos como quiera sin detenerme un segundo. Entro en tantos hoyos negros como se me pegue la gana, no me falta el oxígeno, no me falta nada. Salto de una estrella a otra, así como se ven en el espacio los astronautas, pero sin el uniforme. Me veo a mí mismo caminando en la Luna como si estuviera caminando por una calle de Barcelona. Puede ser cualquier estación del año. Si escojo el verano me visto de blanco. Ando despacio, me arreglo el sombrero. Observo los cráteres para no caer en alguno de ellos. Saludo a los que están allí con mi mejor sonrisa. Miro a las lunáticas —sí, así se llaman las mujeres de la Luna—, les guiño el ojo y a veces le escribo poemas. A los hombres —lunáticos—, los veo en las esquinas con una Heineken en la mano, piropeando a las chicas que pasan. ¡Ah! En eso se parecen a los terrícolas. El amor es amor en cualquier parte de las galaxias. Lo sé yo que las he visitado a todas. En ocasiones me detengo con el grupo de mis iguales —me refiero al género, aunque en algunos lugares los seres son hermafroditas —, coqueteo con alguna muchacha y hasta les doy la mano a los hombres, por eso de ser cordial.

Cuando me canso de un brinco me coloco en alguna estrella desde dónde puedo admirar los azules de la Tierra. Siempre siento nostalgia por ella, de todos modos, es mi lugar de origen, donde nací. Me he dado cuenta que cada vez es menos el añil, aunque los científicos se empeñan en negarlo. El agua escaseará, aunque algunos digan que no es un derecho tenerla. Y entonces, ¿qué beberemos? No todo el mundo sabe llegar a otros mundos en los que el líquido abunda…  Volviendo a mis observaciones del globo terráqueo, siempre escojo una estrella pequeña, con poca luz, no vaya a ser que alguien me descubra y se acabe mi entretenimiento. Imaginen que el mundo se entere de los viajes astrales que doy. Tendría un montón de periodistas esperando en el portal de mi casa. Los reporteros son insoportables, no paran de preguntar. Prefiero el anonimato, siempre.

Otras veces me veo por dentro. Soy como una célula de la sangre —un glóbulo rojo—, que recorre todo mi cuerpo. Bombeado por el corazón irriga mis órganos con oxígeno, los alimenta, los energiza. Es un viaje en el que me recreo. Veo mi cerebro y la cuenca en dónde está depositado con los pequeños agujeros por dónde salen los nervios. La masa gris late imperceptiblemente. Nadie se da cuenta de que lo hace. Las neuronas mueren, a veces voy a su funeral. Es muy triste saber que mueren sin procrearse. Cuando todas mueren ya no habrá memorias, todo será silencio y olvido.  Luego de los sepelios, a los que siempre asisto por respeto, después de todo es en mis sesos donde fabrico toda esta trama de viajes a lo desconocido. Al continuar mi paseo, no me detengo mucho en mis pulmones. No son un lugar en el que quiero estar por mucho rato, están forrados de nicotina, un paisaje oscuro y sin alegría. El hígado no está mal, sigue cubierto de su fina membrana que, aunque cualquier cosa la puede romper, sigue intacta.  Los riñones son tan pequeños que no puedo evitar pensar en la labor titánica que han hecho desde que nací. Los miro, me sorprendo de que la cantidad de licor y drogas que he consumido no haya acabado con ellos.

Este espacio es solo mío. Está entre la vida y la muerte. La vida mientras estoy insomne, la muerte por la que no me atrevo a dormir profundo. Alguna vez de niño vi a los Reyes Magos. Entonces no me drogaba ni tomaba alcohol. Había recogido temprano la yerba para los camellos y dejado la carta con mi petición: un precioso tren eléctrico que vi en una tienda de juguetes en la plaza de mi pueblo. Me había portado muy bien todo el año. Sé que mis padres lo habían notado. Esa noche —la de Reyes—, vi a mi padre llorar por primera vez. Mi madre servía un poco de arroz cocido y en silencio lo comimos. Tan pronto terminé, pedí permiso para levantarme de la mesa y corrí a lavarme los dientes. Me acosté y apreté los ojos, rogando que el sueño llegara rápido para despertar en la mañana a mi deseo. Mi corazón latía aceleradamente por la excitación de creer que en unas horas estaría jugando con mi anhelado juguete. Pero el alma sueña y vuela con alas de papel, cualquier viento las puede resquebrajar. Y eso me pasó a mí.

Aquella noche fue la primera vez que me quedé en el limbo del sueño. Escuché unos pasos acercarse a mi cuarto. Seguro que eran los Magos, pensé.

—No abras los ojos —dijo Melchor bajito—. Voy a llevarte a dar un paseo en mi camello. Te llevaré por las nubes, te enseñaré el camino a la estrella de Belén, te presentaré al niño…

—¿Y cómo voy a poder ver lo que quieres enseñarme con los ojos cerrados? —pregunté interrumpiéndolo.

—Vas a aprender a usar tu imaginación —respondió—. Esto te va a servir siempre —aseguró levantándome en sus brazos.

Salimos de la habitación por la ventana. Me sentía liviano, sereno. Escuché a Gaspar y a Baltasar protestando porque tenían que llevar muchos regalos y se les hacía tarde. Hasta los camellos resoplaron molestos. Pero Melchor estaba dispuesto a cumplir su promesa. La noche estaba fría, pero no iba a perder la oportunidad de aprender a usar mi imaginación. Cabalgamos en su camello por largas horas, al menos eso me pareció. Yo estaba emocionado porque la noche olía a comida muy rica y a dulce de coco. Cuando llegamos, el fulgor de la estrella era tal que aun con los ojos cerrados podía verlo. Un niño lloraba en un lugar que hedía a estiércol y me di cuenta de que la casucha en la que vivía yo no era el peor lugar del mundo comparado con este. Una mano suave acarició mi rostro. Me estremecí a su contacto, no de miedo sino de amor. Melchor me dijo que era María que le había pedido su manto para calentar a su hijo y cuando me vio quiso tocarme. Habría querido verla, pero no me era permitido. Solo sabía portarme bien en aquel tiempo, nunca rompía las reglas.

—Ya es tarde, tienen que irse.

—¿Quién habló? —pregunté al Rey Mago.

—Es José, siempre está preocupado de que lleguen los presentes a los niños a tiempo.

Escuché a los Magos despedirse no sin antes dejar los regalos para Jesús.

La marcha de vuelta fue muy rápida, como si hubiéramos volado. Melchor me puso suavemente en mi cama y se despidió. Hoy creo que para siempre. No he sabido más de él ni siquiera en mi dormitar.

Al rato percibí un olor conocido acercándose a mi habitación. Era el aroma de tabaco barato que usaba mi padre. Lo vi agacharse y tomar la caja con la hierba sin hacer ruido y dejar un paquete demasiado pequeño para ser mi anhelado tren. Luego acarició mi sien pensando que estaba profundamente dormido. Cuando salió me levanté, caminé de puntitas hasta el pasillo cobijado por la oscuridad y desde allí escuché a mi madre consolar a mi padre.

—Ya conseguirás trabajo —decía—. El niño es pequeño, todavía no sabe de necesidades. Dile que los Reyes Magos tienen muchas peticiones y se han confundido de regalo. Que el tren llegara el próximo año cuando se den cuenta del error.

—Sí, eso le diré —contestó él con su gesto de perro apaleado.

Regresé a mi cuarto y levanté el regalo mal envuelto. Lo abrí y encontré una pistolita de juguete. Ni siquiera jugaba a los indios y vaqueros, ¿qué iba a hacer con ella? Imaginar —pensé—, eso me enseñó Melchor. Guardé mi desilusión en la última esquina de mi cerebro, decidido a que mis padres no se percataran de mi pena.  Imaginé que estaba en un pueblo del Viejo Oeste y que era el alguacil de lugar, respetado y admirado por todos, incluyendo los poblados de alrededor.  Aun así, unos forajidos llegaron arriesgando la seguridad de los habitantes. Dispuesto a preservar la tranquilidad de mi gente, caminé desde la esquina y me puse en medio de la calle como Clint Eastwood. Como él usaba vaqueros, camisa de cuadros, un cinto para llevar mi pistola, botas con espuelas y sombrero.

—Es mejor que se rindan —gritó el malhechor desde el otro lado de la calle principal.

—No estamos dispuestos —grité—. Los defenderé a todos.

Caminé unos pasos, mientras lo hacía escuchaba el sonido de mis espuelas. No estaba nervioso, me sentía valiente. Conté hasta tres, saqué mi pistola —la que me había regalado papá—, y de un solo disparo acabé con el malvado. Los habitantes inspirados por mí, sacaron palos y cuchillos y terminaron con los mal venidos.

Así me pasé soñando todo el año y el tren no llegó. Por más que me esforzaba nunca pude tenerlo, ni en la más gloriosa de mis fantasías. La decepción me fue ganando. Empecé a tomar licor y a drogarme a escondidas de mis padres, para que me ayudara a imaginar el ferrocarril de mis sueños, pero nada. Mi padre no consiguió un empleo fijo. Mi madre enfermó de inanición. Nos dejaba la poca comida que teníamos a mi papá y a mí. A él porque era el hombre de la casa y a mí porque la necesitaba para crecer.

Nunca más pude dormir profundamente. Comencé a pasear por los universos en mi pre adolescencia, hasta cuando estaba en el colegio. Mis calificaciones eran desastrosas y la verdad es que prefería vivir en la irrealidad, entre sueños. Iba todos los días a la biblioteca para leer libros de astronomía y anatomía. Ese era todo el conocimiento que me importaba, aunque me reía de que los libros insistieran en que los viajes intergalácticos no eran factibles para el ser humano cuando yo los experimentaba cada día.  Nadie más cabía en mi existencia, no tenía amigos y tampoco tuve una primera novia terrícola. Temía tanto a la decepción. Adormilarme era mi única salvación. Le hacía el amor a la almohada cada noche hasta caer semi rendido porque no podía —ni quería—, irme a la dimensión del reposo abismal. Mi primer beso se lo di a una chica en la Galaxia de Andrómeda. Mis amigos vivían en el espacio sideral. Solo ellos me entendían y ninguno me traicionó jamás. Si existía la felicidad, eso fue lo más cerca que estuve.

Cuando me hice hombre comprendí que los Reyes Magos no existen y que no importaba si me portaba bien o no. En mis lubricaciones nocturnas imaginé que podía asaltar un banco con la pistola que me regaló mi padre, con el dinero podría comprar el ferrocarril que me tenía obsesionado.

—Estoy seguro de que dormitaba — le dije al juez, pero no me creyó.

Los testigos dijeron que me vieron entrar en el banco con un arma. Según ellos el guardia de seguridad intentó impedir el robo y le disparé. Lo hice con mi arma de juguete, estoy convencido de que así fue. No pude haberle matado.

Llevo quince años entre dormido y despierto, viviendo una vida que no vivo, pagando por algo que hice en mi imaginación. Me gusta estar ahí, en ese lugar donde mi padre es rico y me regala de todo, aunque nunca me dé el tren que quiero. Allí mi madre viste ropas bonitas, usa prendas brillantes como las estrellas y huele muy bonito. Unas noches viajo por lugares en otros mundos y me enamoro de extraterrestres. Me voy de fiesta con mis amigos hasta el amanecer sin temor a que me fallen. Otras, visito mi ombligo y me resbalo por el intestino grueso y me doy cuenta de que algo malo ocurre. Estoy enfermo, pero no importa. La muerte no me asusta. He estado en ella muchas veces.

Me gusta ese estado en el que no estoy dormido ni despierto. Los instantes justo después en que pones la cabeza en la almohada y empiezas a adormilarte. Esos en los que escuchas los sonidos a tu alrededor y se confunden con los primeros sueños disparatados. Cuando el cuerpo no pesa y el cerebro tiene espacio para expresarse a sus anchas. Los colores no tienen denominación, los olores se mezclan haciéndose casi imposibles de reconocer, los recuerdos salen a flote y los instintos prevalecen.  Es cuando se me ocurren las mejores y las peores ideas. Cuando agarrar un cinto para ponérmelo al cuello puede ser una broma de mal gusto sí, pero solo eso y cortar una rosa un sacrilegio. No existe religión, ortografía, matemáticas, ni regla alguna para lo que brota de mi subconsciente. Me gusta estar ahí, entre lo morboso y lo bello, sin reparar en nada, sin que nadie me juzgue.

A veces siento que el alma se me sale del cuerpo y vago por el universo interestelar. Puedo llegar tan lejos como quiera sin detenerme un segundo. Entro en tantos hoyos negros como se me pegue la gana, no me falta el oxígeno, no me falta nada. Salto de una estrella a otra, así como se ven en el espacio los astronautas, pero sin el uniforme. Me veo a mí mismo caminando en la Luna como si estuviera caminando por una calle de Barcelona. Puede ser cualquier estación del año. Si escojo el verano me visto de blanco. Ando despacio, me arreglo el sombrero. Observo los cráteres para no caer en alguno de ellos. Saludo a los que están allí con mi mejor sonrisa. Miro a las lunáticas —sí, así se llaman las mujeres de la Luna—, les guiño el ojo y a veces le escribo poemas. A los hombres —lunáticos—, los veo en las esquinas con una Heineken en la mano, piropeando a las chicas que pasan. ¡Ah! En eso se parecen a los terrícolas. El amor es amor en cualquier parte de las galaxias. Lo sé yo que las he visitado a todas. En ocasiones me detengo con el grupo de mis iguales —me refiero al género, aunque en algunos lugares los seres son hermafroditas —, coqueteo con alguna muchacha y hasta les doy la mano a los hombres, por eso de ser cordial.

Cuando me canso de un brinco me coloco en alguna estrella desde dónde puedo admirar los azules de la Tierra. Siempre siento nostalgia por ella, de todos modos, es mi lugar de origen, donde nací. Me he dado cuenta que cada vez es menos el añil, aunque los científicos se empeñan en negarlo. El agua escaseará, aunque algunos digan que no es un derecho tenerla. Y entonces, ¿qué beberemos? No todo el mundo sabe llegar a otros mundos en los que el líquido abunda…  Volviendo a mis observaciones del globo terráqueo, siempre escojo una estrella pequeña, con poca luz, no vaya a ser que alguien me descubra y se acabe mi entretenimiento. Imaginen que el mundo se entere de los viajes astrales que doy. Tendría un montón de periodistas esperando en el portal de mi casa. Los reporteros son insoportables, no paran de preguntar. Prefiero el anonimato, siempre.

Otras veces me veo por dentro. Soy como una célula de la sangre —un glóbulo rojo—, que recorre todo mi cuerpo. Bombeado por el corazón irriga mis órganos con oxígeno, los alimenta, los energiza. Es un viaje en el que me recreo. Veo mi cerebro y la cuenca en dónde está depositado con los pequeños agujeros por dónde salen los nervios. La masa gris late imperceptiblemente. Nadie se da cuenta de que lo hace. Las neuronas mueren, a veces voy a su funeral. Es muy triste saber que mueren sin procrearse. Cuando todas mueren ya no habrá memorias, todo será silencio y olvido.  Luego de los sepelios, a los que siempre asisto por respeto, después de todo es en mis sesos donde fabrico toda esta trama de viajes a lo desconocido. Al continuar mi paseo, no me detengo mucho en mis pulmones. No son un lugar en el que quiero estar por mucho rato, están forrados de nicotina, un paisaje oscuro y sin alegría. El hígado no está mal, sigue cubierto de su fina membrana que, aunque cualquier cosa la puede romper, sigue intacta.  Los riñones son tan pequeños que no puedo evitar pensar en la labor titánica que han hecho desde que nací. Los miro, me sorprendo de que la cantidad de licor y drogas que he consumido no haya acabado con ellos.

Este espacio es solo mío. Está entre la vida y la muerte. La vida mientras estoy insomne, la muerte por la que no me atrevo a dormir profundo. Alguna vez de niño vi a los Reyes Magos. Entonces no me drogaba ni tomaba alcohol. Había recogido temprano la yerba para los camellos y dejado la carta con mi petición: un precioso tren eléctrico que vi en una tienda de juguetes en la plaza de mi pueblo. Me había portado muy bien todo el año. Sé que mis padres lo habían notado. Esa noche —la de Reyes—, vi a mi padre llorar por primera vez. Mi madre servía un poco de arroz cocido y en silencio lo comimos. Tan pronto terminé, pedí permiso para levantarme de la mesa y corrí a lavarme los dientes. Me acosté y apreté los ojos, rogando que el sueño llegara rápido para despertar en la mañana a mi deseo. Mi corazón latía aceleradamente por la excitación de creer que en unas horas estaría jugando con mi anhelado juguete. Pero el alma sueña y vuela con alas de papel, cualquier viento las puede resquebrajar. Y eso me pasó a mí.

Aquella noche fue la primera vez que me quedé en el limbo del sueño. Escuché unos pasos acercarse a mi cuarto. Seguro que eran los Magos, pensé.

—No abras los ojos —dijo Melchor bajito—. Voy a llevarte a dar un paseo en mi camello. Te llevaré por las nubes, te enseñaré el camino a la estrella de Belén, te presentaré al niño…

—¿Y cómo voy a poder ver lo que quieres enseñarme con los ojos cerrados? —pregunté interrumpiéndolo.

—Vas a aprender a usar tu imaginación —respondió—. Esto te va a servir siempre —aseguró levantándome en sus brazos.

Salimos de la habitación por la ventana. Me sentía liviano, sereno. Escuché a Gaspar y a Baltasar protestando porque tenían que llevar muchos regalos y se les hacía tarde. Hasta los camellos resoplaron molestos. Pero Melchor estaba dispuesto a cumplir su promesa. La noche estaba fría, pero no iba a perder la oportunidad de aprender a usar mi imaginación. Cabalgamos en su camello por largas horas, al menos eso me pareció. Yo estaba emocionado porque la noche olía a comida muy rica y a dulce de coco. Cuando llegamos, el fulgor de la estrella era tal que aun con los ojos cerrados podía verlo. Un niño lloraba en un lugar que hedía a estiércol y me di cuenta de que la casucha en la que vivía yo no era el peor lugar del mundo comparado con este. Una mano suave acarició mi rostro. Me estremecí a su contacto, no de miedo sino de amor. Melchor me dijo que era María que le había pedido su manto para calentar a su hijo y cuando me vio quiso tocarme. Habría querido verla, pero no me era permitido. Solo sabía portarme bien en aquel tiempo, nunca rompía las reglas.

—Ya es tarde, tienen que irse.

—¿Quién habló? —pregunté al Rey Mago.

—Es José, siempre está preocupado de que lleguen los presentes a los niños a tiempo.

Escuché a los Magos despedirse no sin antes dejar los regalos para Jesús.

La marcha de vuelta fue muy rápida, como si hubiéramos volado. Melchor me puso suavemente en mi cama y se despidió. Hoy creo que para siempre. No he sabido más de él ni siquiera en mi dormitar.

Al rato percibí un olor conocido acercándose a mi habitación. Era el aroma de tabaco barato que usaba mi padre. Lo vi agacharse y tomar la caja con la hierba sin hacer ruido y dejar un paquete demasiado pequeño para ser mi anhelado tren. Luego acarició mi sien pensando que estaba profundamente dormido. Cuando salió me levanté, caminé de puntitas hasta el pasillo cobijado por la oscuridad y desde allí escuché a mi madre consolar a mi padre.

—Ya conseguirás trabajo —decía—. El niño es pequeño, todavía no sabe de necesidades. Dile que los Reyes Magos tienen muchas peticiones y se han confundido de regalo. Que el tren llegara el próximo año cuando se den cuenta del error.

—Sí, eso le diré —contestó él con su gesto de perro apaleado.

Regresé a mi cuarto y levanté el regalo mal envuelto. Lo abrí y encontré una pistolita de juguete. Ni siquiera jugaba a los indios y vaqueros, ¿qué iba a hacer con ella? Imaginar —pensé—, eso me enseñó Melchor. Guardé mi desilusión en la última esquina de mi cerebro, decidido a que mis padres no se percataran de mi pena.  Imaginé que estaba en un pueblo del Viejo Oeste y que era el alguacil de lugar, respetado y admirado por todos, incluyendo los poblados de alrededor.  Aun así, unos forajidos llegaron arriesgando la seguridad de los habitantes. Dispuesto a preservar la tranquilidad de mi gente, caminé desde la esquina y me puse en medio de la calle como Clint Eastwood. Como él usaba vaqueros, camisa de cuadros, un cinto para llevar mi pistola, botas con espuelas y sombrero.

—Es mejor que se rindan —gritó el malhechor desde el otro lado de la calle principal.

—No estamos dispuestos —grité—. Los defenderé a todos.

Caminé unos pasos, mientras lo hacía escuchaba el sonido de mis espuelas. No estaba nervioso, me sentía valiente. Conté hasta tres, saqué mi pistola —la que me había regalado papá—, y de un solo disparo acabé con el malvado. Los habitantes inspirados por mí, sacaron palos y cuchillos y terminaron con los mal venidos.

Así me pasé soñando todo el año y el tren no llegó. Por más que me esforzaba nunca pude tenerlo, ni en la más gloriosa de mis fantasías. La decepción me fue ganando. Empecé a tomar licor y a drogarme a escondidas de mis padres, para que me ayudara a imaginar el ferrocarril de mis sueños, pero nada. Mi padre no consiguió un empleo fijo. Mi madre enfermó de inanición. Nos dejaba la poca comida que teníamos a mi papá y a mí. A él porque era el hombre de la casa y a mí porque la necesitaba para crecer.

Nunca más pude dormir profundamente. Comencé a pasear por los universos en mi pre adolescencia, hasta cuando estaba en el colegio. Mis calificaciones eran desastrosas y la verdad es que prefería vivir en la irrealidad, entre sueños. Iba todos los días a la biblioteca para leer libros de astronomía y anatomía. Ese era todo el conocimiento que me importaba, aunque me reía de que los libros insistieran en que los viajes intergalácticos no eran factibles para el ser humano cuando yo los experimentaba cada día.  Nadie más cabía en mi existencia, no tenía amigos y tampoco tuve una primera novia terrícola. Temía tanto a la decepción. Adormilarme era mi única salvación. Le hacía el amor a la almohada cada noche hasta caer semi rendido porque no podía —ni quería—, irme a la dimensión del reposo abismal. Mi primer beso se lo di a una chica en la Galaxia de Andrómeda. Mis amigos vivían en el espacio sideral. Solo ellos me entendían y ninguno me traicionó jamás. Si existía la felicidad, eso fue lo más cerca que estuve.

Cuando me hice hombre comprendí que los Reyes Magos no existen y que no importaba si me portaba bien o no. En mis lubricaciones nocturnas imaginé que podía asaltar un banco con la pistola que me regaló mi padre, con el dinero podría comprar el ferrocarril que me tenía obsesionado.

—Estoy seguro de que dormitaba — le dije al juez, pero no me creyó.

Los testigos dijeron que me vieron entrar en el banco con un arma. Según ellos el guardia de seguridad intentó impedir el robo y le disparé. Lo hice con mi arma de juguete, estoy convencido de que así fue. No pude haberle matado.

Llevo quince años entre dormido y despierto, viviendo una vida que no vivo, pagando por algo que hice en mi imaginación. Me gusta estar ahí, en ese lugar donde mi padre es rico y me regala de todo, aunque nunca me dé el tren que quiero. Allí mi madre viste ropas bonitas, usa prendas brillantes como las estrellas y huele muy bonito. Unas noches viajo por lugares en otros mundos y me enamoro de extraterrestres. Me voy de fiesta con mis amigos hasta el amanecer sin temor a que me fallen. Otras, visito mi ombligo y me resbalo por el intestino grueso y me doy cuenta de que algo malo ocurre. Estoy enfermo, pero no importa. La muerte no me asusta. He estado en ella muchas veces.

Dormitando

Me gusta ese estado en el que no estoy dormido ni despierto. Los instantes justo después en que pones la cabeza en la almohada y empiezas a adormilarte. Esos en los que escuchas los sonidos a tu alrededor y se confunden con los primeros sueños disparatados. Cuando el cuerpo no pesa y el cerebro tiene espacio para expresarse a sus anchas. Los colores no tienen denominación, los olores se mezclan haciéndose casi imposibles de reconocer, los recuerdos salen a flote y los instintos prevalecen.  Es cuando se me ocurren las mejores y las peores ideas. Cuando agarrar un cinto para ponérmelo al cuello puede ser una broma de mal gusto sí, pero solo eso y cortar una rosa un sacrilegio. No existe religión, ortografía, matemáticas, ni regla alguna para lo que brota de mi subconsciente. Me gusta estar ahí, entre lo morboso y lo bello, sin reparar en nada, sin que nadie me juzgue.

A veces siento que el alma se me sale del cuerpo y vago por el universo interestelar. Puedo llegar tan lejos como quiera sin detenerme un segundo. Entro en tantos hoyos negros como se me pegue la gana, no me falta el oxígeno, no me falta nada. Salto de una estrella a otra, así como se ven en el espacio los astronautas, pero sin el uniforme. Me veo a mí mismo caminando en la Luna como si estuviera caminando por una calle de Barcelona. Puede ser cualquier estación del año. Si escojo el verano me visto de blanco. Ando despacio, me arreglo el sombrero. Observo los cráteres para no caer en alguno de ellos. Saludo a los que están allí con mi mejor sonrisa. Miro a las lunáticas —sí, así se llaman las mujeres de la Luna—, les guiño el ojo y a veces le escribo poemas. A los hombres —lunáticos—, los veo en las esquinas con una Heineken en la mano, piropeando a las chicas que pasan. ¡Ah! En eso se parecen a los terrícolas. El amor es amor en cualquier parte de las galaxias. Lo sé yo que las he visitado a todas. En ocasiones me detengo con el grupo de mis iguales —me refiero al género, aunque en algunos lugares los seres son hermafroditas —, coqueteo con alguna muchacha y hasta les doy la mano a los hombres, por eso de ser cordial.

Cuando me canso de un brinco me coloco en alguna estrella desde dónde puedo admirar los azules de la Tierra. Siempre siento nostalgia por ella, de todos modos, es mi lugar de origen, donde nací. Me he dado cuenta que cada vez es menos el añil, aunque los científicos se empeñan en negarlo. El agua escaseará, aunque algunos digan que no es un derecho tenerla. Y entonces, ¿qué beberemos? No todo el mundo sabe llegar a otros mundos en los que el líquido abunda…  Volviendo a mis observaciones del globo terráqueo, siempre escojo una estrella pequeña, con poca luz, no vaya a ser que alguien me descubra y se acabe mi entretenimiento. Imaginen que el mundo se entere de los viajes astrales que doy. Tendría un montón de periodistas esperando en el portal de mi casa. Los reporteros son insoportables, no paran de preguntar. Prefiero el anonimato, siempre.

Otras veces me veo por dentro. Soy como una célula de la sangre —un glóbulo rojo—, que recorre todo mi cuerpo. Bombeado por el corazón irriga mis órganos con oxígeno, los alimenta, los energiza. Es un viaje en el que me recreo. Veo mi cerebro y la cuenca en dónde está depositado con los pequeños agujeros por dónde salen los nervios. La masa gris late imperceptiblemente. Nadie se da cuenta de que lo hace. Las neuronas mueren, a veces voy a su funeral. Es muy triste saber que mueren sin procrearse. Cuando todas mueren ya no habrá memorias, todo será silencio y olvido.  Luego de los sepelios, a los que siempre asisto por respeto, después de todo es en mis sesos donde fabrico toda esta trama de viajes a lo desconocido. Al continuar mi paseo, no me detengo mucho en mis pulmones. No son un lugar en el que quiero estar por mucho rato, están forrados de nicotina, un paisaje oscuro y sin alegría. El hígado no está mal, sigue cubierto de su fina membrana que, aunque cualquier cosa la puede romper, sigue intacta.  Los riñones son tan pequeños que no puedo evitar pensar en la labor titánica que han hecho desde que nací. Los miro, me sorprendo de que la cantidad de licor y drogas que he consumido no haya acabado con ellos.

Este espacio es solo mío. Está entre la vida y la muerte. La vida mientras estoy insomne, la muerte por la que no me atrevo a dormir profundo. Alguna vez de niño vi a los Reyes Magos. Entonces no me drogaba ni tomaba alcohol. Había recogido temprano la yerba para los camellos y dejado la carta con mi petición: un precioso tren eléctrico que vi en una tienda de juguetes en la plaza de mi pueblo. Me había portado muy bien todo el año. Sé que mis padres lo habían notado. Esa noche —la de Reyes—, vi a mi padre llorar por primera vez. Mi madre servía un poco de arroz cocido y en silencio lo comimos. Tan pronto terminé, pedí permiso para levantarme de la mesa y corrí a lavarme los dientes. Me acosté y apreté los ojos, rogando que el sueño llegara rápido para despertar en la mañana a mi deseo. Mi corazón latía aceleradamente por la excitación de creer que en unas horas estaría jugando con mi anhelado juguete. Pero el alma sueña y vuela con alas de papel, cualquier viento las puede resquebrajar. Y eso me pasó a mí.

Aquella noche fue la primera vez que me quedé en el limbo del sueño. Escuché unos pasos acercarse a mi cuarto. Seguro que eran los Magos, pensé.

—No abras los ojos —dijo Melchor bajito—. Voy a llevarte a dar un paseo en mi camello. Te llevaré por las nubes, te enseñaré el camino a la estrella de Belén, te presentaré al niño…

—¿Y cómo voy a poder ver lo que quieres enseñarme con los ojos cerrados? —pregunté interrumpiéndolo.

—Vas a aprender a usar tu imaginación —respondió—. Esto te va a servir siempre —aseguró levantándome en sus brazos.

Salimos de la habitación por la ventana. Me sentía liviano, sereno. Escuché a Gaspar y a Baltasar protestando porque tenían que llevar muchos regalos y se les hacía tarde. Hasta los camellos resoplaron molestos. Pero Melchor estaba dispuesto a cumplir su promesa. La noche estaba fría, pero no iba a perder la oportunidad de aprender a usar mi imaginación. Cabalgamos en su camello por largas horas, al menos eso me pareció. Yo estaba emocionado porque la noche olía a comida muy rica y a dulce de coco. Cuando llegamos, el fulgor de la estrella era tal que aun con los ojos cerrados podía verlo. Un niño lloraba en un lugar que hedía a estiércol y me di cuenta de que la casucha en la que vivía yo no era el peor lugar del mundo comparado con este. Una mano suave acarició mi rostro. Me estremecí a su contacto, no de miedo sino de amor. Melchor me dijo que era María que le había pedido su manto para calentar a su hijo y cuando me vio quiso tocarme. Habría querido verla, pero no me era permitido. Solo sabía portarme bien en aquel tiempo, nunca rompía las reglas.

—Ya es tarde, tienen que irse.

—¿Quién habló? —pregunté al Rey Mago.

—Es José, siempre está preocupado de que lleguen los presentes a los niños a tiempo.

Escuché a los Magos despedirse no sin antes dejar los regalos para Jesús.

La marcha de vuelta fue muy rápida, como si hubiéramos volado. Melchor me puso suavemente en mi cama y se despidió. Hoy creo que para siempre. No he sabido más de él ni siquiera en mi dormitar.

Al rato percibí un olor conocido acercándose a mi habitación. Era el aroma de tabaco barato que usaba mi padre. Lo vi agacharse y tomar la caja con la hierba sin hacer ruido y dejar un paquete demasiado pequeño para ser mi anhelado tren. Luego acarició mi sien pensando que estaba profundamente dormido. Cuando salió me levanté, caminé de puntitas hasta el pasillo cobijado por la oscuridad y desde allí escuché a mi madre consolar a mi padre.

—Ya conseguirás trabajo —decía—. El niño es pequeño, todavía no sabe de necesidades. Dile que los Reyes Magos tienen muchas peticiones y se han confundido de regalo. Que el tren llegara el próximo año cuando se den cuenta del error.

—Sí, eso le diré —contestó él con su gesto de perro apaleado.

Regresé a mi cuarto y levanté el regalo mal envuelto. Lo abrí y encontré una pistolita de juguete. Ni siquiera jugaba a los indios y vaqueros, ¿qué iba a hacer con ella? Imaginar —pensé—, eso me enseñó Melchor. Guardé mi desilusión en la última esquina de mi cerebro, decidido a que mis padres no se percataran de mi pena.  Imaginé que estaba en un pueblo del Viejo Oeste y que era el alguacil de lugar, respetado y admirado por todos, incluyendo los poblados de alrededor.  Aun así, unos forajidos llegaron arriesgando la seguridad de los habitantes. Dispuesto a preservar la tranquilidad de mi gente, caminé desde la esquina y me puse en medio de la calle como Clint Eastwood. Como él usaba vaqueros, camisa de cuadros, un cinto para llevar mi pistola, botas con espuelas y sombrero.

—Es mejor que se rindan —gritó el malhechor desde el otro lado de la calle principal.

—No estamos dispuestos —grité—. Los defenderé a todos.

Caminé unos pasos, mientras lo hacía escuchaba el sonido de mis espuelas. No estaba nervioso, me sentía valiente. Conté hasta tres, saqué mi pistola —la que me había regalado papá—, y de un solo disparo acabé con el malvado. Los habitantes inspirados por mí, sacaron palos y cuchillos y terminaron con los mal venidos.

Así me pasé soñando todo el año y el tren no llegó. Por más que me esforzaba nunca pude tenerlo, ni en la más gloriosa de mis fantasías. La decepción me fue ganando. Empecé a tomar licor y a drogarme a escondidas de mis padres, para que me ayudara a imaginar el ferrocarril de mis sueños, pero nada. Mi padre no consiguió un empleo fijo. Mi madre enfermó de inanición. Nos dejaba la poca comida que teníamos a mi papá y a mí. A él porque era el hombre de la casa y a mí porque la necesitaba para crecer.

Nunca más pude dormir profundamente. Comencé a pasear por los universos en mi pre adolescencia, hasta cuando estaba en el colegio. Mis calificaciones eran desastrosas y la verdad es que prefería vivir en la irrealidad, entre sueños. Iba todos los días a la biblioteca para leer libros de astronomía y anatomía. Ese era todo el conocimiento que me importaba, aunque me reía de que los libros insistieran en que los viajes intergalácticos no eran factibles para el ser humano cuando yo los experimentaba cada día.  Nadie más cabía en mi existencia, no tenía amigos y tampoco tuve una primera novia terrícola. Temía tanto a la decepción. Adormilarme era mi única salvación. Le hacía el amor a la almohada cada noche hasta caer semi rendido porque no podía —ni quería—, irme a la dimensión del reposo abismal. Mi primer beso se lo di a una chica en la Galaxia de Andrómeda. Mis amigos vivían en el espacio sideral. Solo ellos me entendían y ninguno me traicionó jamás. Si existía la felicidad, eso fue lo más cerca que estuve.

Cuando me hice hombre comprendí que los Reyes Magos no existen y que no importaba si me portaba bien o no. En mis lubricaciones nocturnas imaginé que podía asaltar un banco con la pistola que me regaló mi padre, con el dinero podría comprar el ferrocarril que me tenía obsesionado.

—Estoy seguro de que dormitaba — le dije al juez, pero no me creyó.

Los testigos dijeron que me vieron entrar en el banco con un arma. Según ellos el guardia de seguridad intentó impedir el robo y le disparé. Lo hice con mi arma de juguete, estoy convencido de que así fue. No pude haberle matado.

Llevo quince años entre dormido y despierto, viviendo una vida que no vivo, pagando por algo que hice en mi imaginación. Me gusta estar ahí, en ese lugar donde mi padre es rico y me regala de todo, aunque nunca me dé el tren que quiero. Allí mi madre viste ropas bonitas, usa prendas brillantes como las estrellas y huele muy bonito. Unas noches viajo por lugares en otros mundos y me enamoro de extraterrestres. Me voy de fiesta con mis amigos hasta el amanecer sin temor a que me fallen. Otras, visito mi ombligo y me resbalo por el intestino grueso y me doy cuenta de que algo malo ocurre. Estoy enfermo, pero no importa. La muerte no me asusta. He estado en ella muchas veces.

Derechos reservados, Melba Gómez, noviembre 2017

Publicado la semana 47. 07/01/2018
Etiquetas
Compartir Facebook Twitter
Género
Relato
Año
I
Semana
47
Ranking
0 134 0