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Más allá del sexo (XI)

            Me fui enseguida a San Francisco. ¡Qué lugar tan espectacular! Alondra salió de su capullo por fin, abriendo sus alas amplias y coloridas. Comencé a dar clases mientras trabajaba para terminar mi grado. Edward llegó casi enseguida y fue contratado por una compañía de computación. Nadie se metía con nosotros. Podíamos salir a la luz del día y en la noche como cualquier pareja. No supe nada más de mis padres, pero sabía que ese era el precio de mi libertad.

            Una tarde me llamaron del trabajo de Edward. Se había desmayado y lo habían enviado a la sala de urgencias. Salí desesperado. ¿Qué le podía pasar? Miles de cosas pasaron por mi mente. Tal vez se esforzó tanto en la universidad que se afectó su corazón. Alguna anemia. ¿Quién sabe? Siempre pasa por la mente lo peor. Cuando llegué estaba acostado en la camilla. La enfermera estaba sacando varios tubos de sangre. Llegué a él y lo besé en los labios. La enfermera sonrió y nos dejó solos.

            —¿Qué te pasó?

            —No sé. Me sentí mareado y me desmayé. No me dio tiempo para nada. Cuando desperté ya estaba aquí.

            —¿Y qué te han dicho?

            —Nada todavía. Me están haciendo unos estudios.

            Estuvimos esperando varias horas. En los hospitales nadie tiene prisa, solo el enfermo y el que lo acompaña. Si se te ocurre preguntar, te miran mal y te despachan con que están esperando por los laboratorios. Vuelves a tu silla y buscas cualquier conversación que anime al paciente —que por algo le llaman paciente—, hasta que por fin aparece el doctor con una cara indescifrable y con un aire de «lo sé todo». Entonces lo miras con ojos suplicantes —por favor, dame una buena noticia—, y le perdonas que te haya dejado esperando tanto tiempo.

        Pero en el caso de Edward no fue así. Él parecía tener una extraña enfermedad, no muy conocida. El médico me pidió que saliera de la habitación para hablar en privado con él. No sé cómo quedaron las baldosas de tanto que caminé sobre ellas aquella tarde. Cuando salió el médico, entré despacio en la habitación. Edward estaba muy pálido. Tomé su mano y estaba tan frío como las cervezas del bar de Frank.

Derechos reservados, Melba Gómez, octubre 2017

Publicado la semana 43. 07/01/2018
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