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melbag123

Más allá del sexo (IX)

Mi padre fue a recogerme para cerciorarse de que ya era todo un varón. Me llevó a una casa de prostitutas y le pagó a una para que me hiciera el servicio.

            —Eres preciosa —le dije—. Pero puedes hacerme un favor.

            —Sí, claro. Lo que quieras —contestó ella.

            —Ya mi padre te pagó. Y yo estoy enamoradísimo y mi padre odia a mi amor. Por eso me trajo aquí. Y yo no puedo serle infiel a mi amor. ¿Entiendes eso?

            —¡Ah! Sí, eres un romanticón. Adoro los hombres así. Claro que te ayudo, hombre. Total, para mí es mejor. Tengo el dinero y menos desgaste —dijo señalándome su vulva—. ¿Tu entiendes?

            —¡Jajaja! Sí, claro que entiendo —reí con ganas—. ¿Sabes qué? Hace mucho tiempo no reía así. Por lo menos la inversión de mi padre ha valido la pena.

            Nos quedamos hablando y riendo por la media hora pactada. Al cabo, bajamos las escaleras dándonos besos.

            —Hasta pronto, corazón —le dije, dándole una nalgada.

            Caminé con mi padre hasta el auto. Él parecía complacido por el resultado obtenido por el psiquiatra tan capacitado.

            —Debes tener hambre —dijo—. Después de los revolcones da bastante apetito.

            —Sí, tengo mucha hambre —contesté obviando su vulgaridad.

            —Pues no te preocupes, porque tu madre te espera con un banquete. Ha preparado tu plato favorito. Así es que alístate para comer a lo lindo.

            Devolví una sonrisa a mi padre y apenas le hablé por todo el camino de regreso a casa. Cuando llegamos, mi madre esperaba en el porche casi dando saltitos. Me abrazó como lo hacen las madres de los soldados al regresar de la guerra. No sabía ella que la mía era una de por vida. Tal como había anunciado papá, había comida allí como para un regimiento. Ni siquiera dándome un revolcón con Edward habría podido comer yo solo todo aquello. Pero hice mi esfuerzo y probé todo lo que pude hasta dejar a la cocinera satisfecha. Luego me despedí con la excusa de que estaba cansado. Mi madre protestó, pero él la detuvo con un ademán.

            Entré en el baño y me miré a los ojos. Allí estaba Alondra como siempre, dándome fuerzas para seguir. Tenía ojeras y parecía que había envejecido unos años desde la horrible noche en que mi padre nos sorprendió. Ahora tenía que empezar a planificar lo que iba a hacer para reunirme con Edward. Él estaba a meses de su graduación. Solo necesitaba dejarle saber que cuando lo hiciera yo estaría esperándolo. Le dije a mi padre que me dejara trabajar para su empresa. Al fin y al cabo, necesitaba dinero para poder moverme. Él aceptó, pues se negaba a dejarme ir a otra universidad. Me dio un sueldo respetable.

            Cuando las cosas parecían calmadas, tomé un apartado de correo y escribí una carta a Edward en términos generales. Él contestó enseguida, explicando que le faltaban solo seis meses para su graduación. Rompí la carta tan pronto la leí.

Derechos reservados, Melba Gómez, octubre 2017

Publicado la semana 41. 07/01/2018
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