39
melbag123

Más allá del sexo (VII)

   Enseguida reconocí la voz de mi padre a mis espaldas.

            —¿Esto es lo andas haciendo? ¡Qué vergüenza! Un hijo mío…

            Papá quiso abalanzarse sobre Edward cuando lo detuve. Estaba furioso, colérico, violento, fuera de sí.  

            Edward me miró con horror.

            —Corre…—le grité.

            —No…

            —Por favor, vete… ¡Piensa! —insistí y al ver que no se movía lo empujé.

            Edward me dirigió la mirada más triste que he visto en mi vida —las lágrimas ahogaban sus ojos —, luego vi la duda, el miedo y entonces corrió hasta que se perdió en la noche.

            —Padre…

            —¿Quién es ese? —preguntó dándome una bofetada—.  Dime ahora mismo quién es ese desviado…

            —Por favor, déjame explicarte…

    —¿Qué quieres explicarme? ¿Qué eres un enfermo, un pervertido, un degenerado?

            —Si me escucharas…

         —Debería darte la paliza que no te di cuando eras un niño. Has destruido la confianza que tenía en ti, pero no pienso pagar un solo centavo más para que sigas aquí manchando mi nombre. Vuelves conmigo a casa ahora mismo. ¡Recoge todo!

            —¿Y si no voy?

       —Removeré cielo y tierra para saber quién estaba contigo. Y te juro, que armaré un escándalo tal que vas a enderezarte para siempre.

            Mi padre jamás juraba en vano. Temí por Edward, por su carrera que tanto sacrificio le costaba.

            —Pero quiero terminar mi carrera.

            —Eso lo debiste pensar antes de…

            Nada que dijera podía convencer a mi padre. Volví con él a casa. Por el camino veía como se mordía los labios, apretaba las manos al volante desesperado y de vez en cuando me miraba con una mezcla de amor y desilusión. Sentía el peso de su vergüenza y me dolía saber que le causaba este dolor. Pero dentro de mí, en mi corazón yo no había hecho nada malo, ni indecente, ni inmoral. No era posible que aquello que sentía fuera motivo de bochorno ni para él, ni para mí.  Cuando llegamos no saludé a mi madre.  Caminé directamente hacia mi cuarto y me encerré— acostado y arropado hasta la cabeza—, sin comer, ni hablar con nadie por días.  No me atrevía a hacer ningún contacto con Edward para no incriminarlo. Ya estaba a punto de lograr su meta y no iba a ser yo quien se lo iba a impedir.

          Mi madre tocaba la puerta, pero no me interesaba hablar con ella ni con nadie. Una tarde llevaron un psiquiatra para que me atendiera. Como no abría la puerta, la forzaron. Mi madre se horrorizó al ver todo el peso que había perdido. Parecía un fantasma, un despojo, la sombra de lo que fui.  El médico nada más de verme dijo que había que llevarme al hospital. Yo no tenía voluntad y me fui sin hacer resistencia. Una vez allí, comenzaron a darme medicamentos para la depresión. Cuando vieron que no salía de mi estado, me trataron con terapia electro convulsiva. El médico se reunía conmigo diariamente para ver si avanzaba, pero ya nada me importaba. Alondra estaba aterrada dentro de mí. Temía que la muerte me alcanzara sin haber visto a Edward una vez más.

Derechos reservados, Melba Gómez, septiembre 2017

Publicado la semana 39. 07/01/2018
Etiquetas
Compartir Facebook Twitter
Género
Relato
Año
I
Semana
39
Ranking
0 167 0