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melbag123

Más allá del sexo (III)

Por años me pregunté si otras personas sentían como yo. Por lo menos, alrededor mío no conocí a nadie. De una cosa estaba seguro, yo no había buscado sentirme así. Alondra llegó a mis sueños y se instaló allí, dentro de mi ser.  No fue mi culpa. Si es que había alguna culpa en ello. Yo no pedí ser como era. Me sentía defectuoso, incapaz de recibir aceptación ni siquiera de mis padres.

Cuando terminé el colegio mi padre decidió enviarme a una universidad en el extranjero para hacer mi carrera en Literatura. Tan pronto me dio la noticia me sentí liberado. A mi madre le pareció buena idea — pero —, aun así, me miró de reojo como una advertencia. Yo sentía que Alondra saltaba dentro de mí, extendiendo sus brazos, girando en el viento.

La universidad era un campus enorme, lleno de árboles inmensos y todo tipo de flores colgadas, en tiestos y jardines multicolores. Grandes edificios de ladrillos rojos albergaban las facilidades y un centro deportivo a todo lujo quedaba en el centro, como si fuera más importante el equipo atlético que las disciplinas que se enseñaban en las facultades.

Cuando llegué hacía un poco de frío. Sabía que papá había hecho todos los arreglos para una habitación compartida con otro estudiante. Me preocupaba cómo me iba a recibir el compañero de cuarto, cuál era su origen, sus ideas, si me haría víctima de sus bromas universitarias. Tan pronto abrí la puerta sentí pánico, una corriente intensa recorrió mi espalda. Allí estaba el que compartiría mi cuarto por los próximos cuatro años. Era un tipo fornido, altísimo y con cara de malo. Yo entré pegado a la pared, temiendo que me agarrara allí mismo y me entrara a golpes, por eso de estrenar al nuevo. Puse la maleta al lado de una de las camas y lo saludé tímidamente.

—¿Vas a usar esta cama o la otra? —pregunté.

—Me da igual —contestó sin dejar de mirar por la ventana.

—Entonces usaré esta —dije señalando la que estaba al lado de mi maleta.

—Perfecto.

El cuarto estaba equipado con dos camas, dos armarios, dos escritorios con sus lámparas y sillas. Era cómodo para dos personas.  Hasta el momento mi compañero era un enigma que tenía que descifrar, pero no quería ser imprudente. Decidí preguntar lo necesario, lo demás lo sabría después.

—Perdón, ¿cómo te llamas?

—Edward.

—Yo me llamo Arturo —dije extendiéndole mi mano que él tomó y apretó con fuerza.

Derechos Registrados, Melba Gómez, agosto 2017

Publicado la semana 35. 07/01/2018
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