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melbag123

Más allá del sexo (II)

Una noche —cuando estaba a solas—, en el conticinio, cuando mi madre ya dormía, saqué los maquillajes de Lara. A ella no la dejaban maquillarse en su casa y me dejaba sus cosas para que se las guardara. Así —por pura curiosidad—, comencé a poner sus colores en mi cara. Poco a poco mi rostro se iba transformando —hasta que me di cuenta—, de que la chica que me miraba desde el espejo, era la misma que veía en mis sueños, envuelta en una crisálida y luchando por salir. No pude contener mi llanto. La luz del día me encontró en ese estado. Cuando mamá llamó a la puerta para ir al colegio le dije que estaba enfermo. Ella se preocupó y entró como siempre hacía. Como mi dueña y señora. Cuando me vio con lo que quedaba de mi cara pintada, se llevó las manos a la cabeza, en total incredulidad.

—¡Arturo! Pero… ¿Me puedes explicar de qué se trata esto?

¿Qué le iba a explicar? Si ni yo mismo entendía lo que pasaba.

» Levántate y lávate la cara. ¿De dónde has sacado esas pinturas?

—Son de Lara, madre. Me pidió que las guardara.

—¿Y por qué te las has puesto?

—Fue por curiosidad, madre.

—Pues no quiero ni a Lara ni a sus maquillajes aquí.

Ella —mi madre—, me agarró por el brazo, me arrastró hasta el baño y como una loca tomó una toalla con jabón y me restregó el rostro. Me frotó tanto y tan fuerte que dejó marcas de sus uñas en mi piel. Yo lloraba nervioso, impotente.

—Hoy no vas al colegio porque tienes que entender que se te puede ir la vida en esta estupidez. ¡Cámbiate, que tenemos que hablar!

Me quedé tirado en el suelo por un rato. Mis piernas no me respondían. Por fin me levanté y me vestí. Salí y mi madre estaba sentada en el salón.

—Quiero que me digas ahora mismo. Arturo, ¿eres homosexual? —preguntó sin rodeos.

—No lo sé —respondí sintiendo que la «ella» dentro de mí quería gritar que sí. Enseguida me arrepentí de negarla. Era yo quien la tenía aprisionada en aquella crisálida irrompible. Era yo quien la estaba traicionando. Pero era muy joven para entenderlo o hacer alguna cosa.

—Explícame lo de la cara pintoreteada.

—Era un juego, solo un juego.

—Arturo, no puedes jamás jugar así. La homosexualidad es castigada muy duramente, puede incluso costarte la vida. Que no se hable más de este asunto —sentenció—. No le diré nada a tu padre.

Con esa frase la enterró dentro de mí. Dejé de frecuentar a mis amigas, me volví solitario, encerrado en mí mismo. Me concentré en mis libros, en mis poemas, en mis letras. Allí, Alondra —así le llamé—, tenía voz, se podía expresar. Y mientras más hablaba a través de mis escritos, más quería ser ella. No era que fuera narcisista, pero estaba enamorado de esa persona que vivía en mí: vibrante, alegre, segura. Quería abrir mis alas y ser libre como era ella.

Derechos Registrados, Melba Gómez, agosto 2017

Publicado la semana 34. 07/01/2018
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