09
Johan Cladheart

Noveno golpe — Costumbres

A Selma.            

Los humanos somos animales de costumbres. Con la edad, parece ser, cada vez más. A medida que envejezco, envejecen mis manías y se agigantan, por la fuerza misma de ejercerlas constantemente. Me imagino a mí mismo en la senectud: inaguantable y cascarrabias, chocheando al lado de una biblioteca antigua en un futuro donde el papel será cosa del recuerdo de unos pocos desfasados como nosotros.

Cada cual hace su guerra en su casa, y, cuando eres huésped, has de amoldarte a lo que tus anfitriones disponen. Donde fueres, haz lo que vieres, que dicen. Pues bien, 1642 kilómetros al noreste después, hice lo que vi. Nos esperaba un BMW oscuro y grande, cuya pantalla de navegador nada tenía que envidiar a mi televisor. Zigzagueó por un barrio residencial de casas blancas perfectamente ordenadas. Una vez en nuestra casa de acogida, dejé los zapatos en la entrada y subí las viejas escaleras de madera que crujían a cada paso, dejando las maletas y las bolsas de viaje. La disposición de la casa había cambiado un tanto desde la última vez. Ahora la habitación de al lado la regentaba mi sobrina y sus dos cobayas. Algo menos rosa y más de niña mayor, con su cartel de «No entrar» incluido. En la vida llega un momento en el que empezamos a querer estar solos, como si fuéramos preparándonos poco a poco para la muerte. El techo abuhardillado rezumaba el soplido del viento y la luz se colaba a través de un estor oscuro. Los alemanes y su fobia a las persianas. La segunda planta sigue en control de los progenitores —ahora la antigua habitación de la niña es un despacho—, y en la planta de abajo se yergue un espacioso y luminoso salón con un ventanal al jardín y una cocina de muebles blancos y fucsias unidos por un pasaplatos. Huele a hogar por los cuatro costados. Fotos familiares, dibujos en la nevera, pomos reciclados, amplios cojines, cientos de miles de juegos de mesa, juguetes, pinturas, una nevera llena y una atractiva estampa abigarrada. Cualquiera podría acostumbrarse a vivir allí. Cenamos algo de embutido con pan y después de una amena charla subimos a descansar. O a intentarlo, porque a este viejo marinero ya no le sientan bien los cambios de los vientos. Las almohadas son demasiado blandas, la cama es pequeña y la luz sigue ahí, en plena noche, acechando, como retándome. Los olores y la temperatura son extraños. Duermo lo que puedo, me despierto, sueño, quién recuerda qué, duermo, vuelvo a despertarme, y, cuando me quiero dar cuenta, Selma está tocando diana.

—¿Qué hora es? —pregunto.

—Hora de jugar.

Por espacio de dos horas nos perseguimos, nos peleamos y ponemos todo patas arriba. Suplico por un café y un buen desayuno, y mi deseo es concedido. Müslicon fruta, y, cómo no, pan con embutido. Después, nos pintamos la piel y dejamos a las mujeres de la casa que sigan pintándose, pues en un acto de lo más machista y rancio, los hombres nos vamos a ver el fútbol. Mi primer partido de Bundesliga. Juega el Darmstadt de local contra el Augsburg. Partido de vuelos bajos, perfecto para una primera internada, y, sí, venden cerveza y salchichas en los estadios: estos cabrones nos llevan años de ventaja. Suenan acordes rockeros para animar al equipo, hay buen ambiente y un factor con el que no suelen contar: un sol de justicia. El primer tiempo es para olvidar: dos equipos con más miedo a perder que ganas de ganar. En la segunda, marcamos pronto y gritamos enfurecidos. Yo, como siempre que voy al fútbol, me quedo esperando la repetición. No llega, claro. La otra sensación que siempre me embarga es la de la velocidad. Todo parece más lento que en la televisión. El balón parece más ligero, el juego más embolicado y los jugadores parecen simples mortales en lugar de dioses del Olimpo. Hasta torpes bufones en algunos casos. Los visitantes tienen suerte y se encuentran con un penalti absurdo —por no despejar—, y empatan. La cosa se pone fea. Ellos juegan con un delantero con el culo gordo, y empiezan a llegar al área. Lo veo claro: «El cabrón del gordo nos va a marcar», le digo a mi cuñado. Tenemos alguna ocasión y todo parece abocado al empate hasta que lo que parecía un claro fuera de juego en directo —no lo era— habilita al gordo para que ¡plic! levante la pelotita ante la salida de nuestro portero. Lo sabía. El maldito culo gordo amarillo fosforito nos aguó la fiesta.

Al día siguiente vamos a visitar Wildpark, una suerte de bosque y zoo con animales en semilibertad, en amplios espacios cercados por alambre. Allí vemos jabalíes revolcándose en barro, bisontes, ciervos, majestuosos linces, lobos blancos y coyotes con carne en los colmillos. No sé si es sugestión, pero siempre me parece ver un brillo de pena en los ojos de los animalillos, como si supieran de alguna forma que su rutina es artificial. Algo como la mirada de un oficinista. Unas horas después zampamos la penúltima salchicha y volvemos al hogar, dulce hogar, de nuestros anfitriones.

Es lunes de carnaval y en el tren —nos dirigimos a Mainz— hay varios miembros del ejército alemán, un gorila negro, un par de osos blancos y una banana gigante. También hay hadas, piratas, faraones, flores y monos; todos bebiendo del dulce néctar de la juventud embotellada en plástico, un brebaje que parece orín de felicidad. Ellos buscan sexo y borrachera. Nosotros, caramelos. Llegan carrozas y soldados del siglo XVIII, clubes deportivos, colegios, patos con paraguas y fallas reivindicativas de buen lustre. Grupos de buenos músicos vestidos de demonios ametrallan con sus baquetas los tambores. Tiran de todo, no crean que se conforman con caramelos. En nuestro botín encontramos pañuelos, jabones, un dardo —con una buena punta—, bretzels, chocolatinas, libros, bumeranes, pelotas y hasta esponjas. Un tipo delante de nosotros se sirve de un paraguas para robarles los regalos a los niños. Deseo lanzarlo a la carretera y que determine su suerte algún tractor de los que tiran de las carrozas o los cascos de los caballos. Me contengo. Continúan apareciendo carrozas y grupos. Cuatro horas de recorrido gritando «Helau!, helau!», a lo que tenías que responder «helau!» también. Helau me estoy quedando aquí de pie, señores, vamos abreviando.

A la vuelta, la euforia ha desaparecido y algunos no se tienen en pie. Después hay clase de pintura, papiroflexia, flauta, arquitectura y taller de lectura hasta que la pequeña se rinde. Es la última noche. Ya siento el olor a maleta cerrada, los nervios del despegue de unos pies que ya no quieren abandonar el suelo y la llegada de un día entero de viaje en autobús, avión, tren y coche. 1642 kilómetros al suroeste después, hice lo que quise. Palpé el viejo sofá, la puerta encallada, las plantas, la estrechez del piso y la nevera vacía. Observé el barrio viejo y sucio donde un coche patrulla inspecciona un vehículo sin ruedas en nuestro portal a modo de bienvenida. Es impresionante ese sentimiento de pertenencia que hace que echemos de menos lo nuestro, aunque no sea más que un montón de trapos impregnados con nuestro olor.

«Por fin», me digo. Siento la temperatura y el tacto de las pantuflas, las sábanas frías y la oscuridad, mi almohada y lo que más añoraba: el dulce soplido del más absoluto —y cruel— silencio. Buenas noches.

Publicado la semana 9. 28/05/2017
Etiquetas
Compartir Facebook Twitter
Género
Relato
Año
I
Semana
09
Ranking
0 131 2