08
Johan Cladheart

Octavo golpe — Medusa

A veces se me olvida que tengo una ventana a través de la cual pululan millones de vidas. Y se me olvidan también las vidas que asesiné para tener ésta, que vive presa en una cárcel con ventanas a través de la cual pululan millones de vidas. Me siento como un funámbulo de la nada, testigo de vertiginosos minutos que transcurren como el polvo, sin otra preocupación que flotar en el aire sin remedio. Será que de tanto vivir se me han quitado las ganas, como pasa con las canciones quemadas de tanto sonar o con los juguetes favoritos que acaban olvidados en el fondo del cajón. De aquel pasado rusiente sólo queda acero bien templado, me temo.

El tedio del todo, aburrimiento supremo que pasa delante de mí como un autobús al que no llego y no hago mohín de intentar parar. No parece haber remedio para esta melancolía de vida casi incólume que aturde mis sentidos. Y no parece funcionar ningún tratamiento paliativo. Ninguna serie que llegue al segundo capítulo. Ninguna película que me ponga de pie. Ningún transeúnte fugaz que me pique en la curiosidad. Ninguna mujer que se quede en mi retina a vivir un tiempo. Ningún disco que me dé escalofríos. Ningún amigo que llame a mi teléfono. Ningún insomnio creativo. Ninguna idea que me mantenga despierto. La depresión posparto de un disco. El peligro de aborto de un libro de riesgo. Ninguna carcajada. Ningún anhelo que permitirme. Los libros, sí, mantienen mi orden y aún me interesan. Algunos, al menos. Siempre hay alguna frase que subrayar, pero es tan poco aliciente... Ningún reencuentro inesperado. Ninguna oferta de trabajo. Ninguna serendipia. Ninguna epifanía. Ninguna conversación remotamente interesante. Ningún plan que me apetezca más que encerrarme en casa. Ningún jadeo de alguna vecina de madrugada. Ninguna noticia jugosa. Aunque sea mala. Ningún rincón al que querer volver. Ninguna traición que vengar. Ninguna tradición que respetar. Ninguna mirada de odio. Ningún atraco a punta de navaja. Ningún ojo guiñado. Ninguna insinuación peligrosa. Ningún despeñadero por el que jugarse el todo por el todo. Nada ni nadie que me que quite esta fea nada de ser nadie.

La suerte se busca, dicen. La suerte no viene a tu puerta, repiten, pero a mí se me pasó la edad de correr tras ella como un pretendiente en pubertad y la polla enhiesta mendigando por un polvo. Anda y que la zurzan; que se vaya a romper vidas por ahí, la hija de puta. Camino cabizbajo buscando trozos de consuelo por un barrio lleno de basura, que me recuerda el más repelente y profundo hastío de la humanidad. «¿Qué me pasa, doctor?», le pregunto a mi psicólogo imaginario tumbado en mi sofá, con una taza de té frío y un libro abierto que hace rato dejé de leer. «Quizá haya visto usted —me responde— el escudo de Medusa en alguna batalla y ahora nada le hace perder los estribos. Quizá la muralla que construyó en derredor de ese foso negro al que llama corazónle quedara demasiado bien. Me temo que tendrá usted que derribar ese muro infranqueable desde dentro».

Hablo en voz alta solo y me imagino viéndome a mí mismo por una ventana, y veo a un pobre loco. Uno que se pasa el día buscando ideas que apuntar en un papel mientras el dinero se va esfumando y sigue entonando soliloquios como si no supiera la que le viene encima. Fuiste a ser libre para construirte una jaula, pobre estúpido. ¿Cuándo perdiste el rumbo? ¡Ay, viejo caballo cansado, qué amargo es tu trote!

Publicado la semana 8. 28/05/2017
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