07
Johan Cladheart

Séptimo golpe — Te quiero

A Rosa.

Hubieron de pasar años hasta que los astros se alinearon y nuestras apretadas agendas se despejaron para comer un día. Es increíble lo fácil que era bajar al parque a darle patadas a un balón tiempo atrás y lo difícil que nos lo ponemos ahora. Añoro con ansia aquel balón confesor y cómplice, que hacía las veces de alcohol barato con el que desenrollarme la lengua y soltar la rabia a patadones. Contar los problemas mientras apuntábamos al larguero o nos tirábamos vaselinas era mano de santo. No había vergüenza en gritar intimidades a todo el barrio si jugábamos un campo a campo. Y, si necesitábamos silencio, tirábamos de gol regate: ahí no había amigos ni pulmones.

Hoy no media un balón sino un festín carnívoro con salsa de mostaza. El asfalto del campo de fútbol sala es un confortable salón con radiadores a pleno rendimiento y el aire nocturno nos espera paciente y lejano al otro lado del cristal. También están ellas, claro, nuestras parejas, que, aunque para nosotros sean estrellas alrededor de las cuales orbitar, entre ellas se ven más bien como satélites lejanos. Hoy no es tan fácil expresarse, o tal vez no tengamos nada que expresar.

Hablamos de trabajo, de tecnología, de vaguedades, de rutinas, de noticias, de robots aspiradores, de dietas, de decoración, de embarazos y de un sinfín de cosas que nunca escuchó aquel viejo balón desgastado. Aquel balón era testigo de sentimientos y sueños. Aprovecho el cambio de plato para ir a molestar a la pequeña de la casa, que tira la rana de peluche que le he regalado por el suelo. Me examina con su maletín de doctor.

—¿Estás malito?

Por fin alguien hace una pregunta de verdad.

—Sí. Estoy fatal, haga algo.

No diré ahora que bastaba hacer la pregunta correcta para confesar. No me hubiera atrevido a hablar con esa honestidad ante un adulto.

La doctora Vázquez me receta un jarabe imaginario que brota de un biberón y al rato me siento mejor. Oigo las voces de los adultos, preocupadas por sus trabajos y sus rutinas mientras auscultamos al resto de pacientes: dos muñecas, un bebé de plástico y la magullada rana.

—Mi nuevo trabajo, bien. De momento, tranquilo.

—Pues a lo mejor a nosotros nos trasladan. Y allí tardaría la vida en llegar…

Hacemos torres con las piezas de un puzle hasta que ¡paf!, todas van al suelo. Sus padres la regañan y yo intento ocultar mi sonrisa. Qué fácil es malcriar. Declino el postre y me quedo aprendiendo los principios básicos de la arquitectura juguetil, con una oreja puesta en la mesa de los mayores.

—Pues yo llevo un mes que duermo fatal.

—¿Y eso?

—Tía, el trabajo, mucha presión, estamos ahora con un pico de curro y…

Convertido en un columpio humano, zarandeo a la niña a toda velocidad. Cuanto más rápido, mejor. «¡Ma!», dice la intrépida, pidiendo más rapidez al vaivén que parece marear más al columpio que a la columpiada.

—Yo, como siempre, no me quejo, aunque cada vez quedamos menos en la oficina.

—A ver si tú te puedes librar.

¡Clonc! Simulo que me caigo en el sofá y ella se ríe. ¡Clooouuunc! Simulo que me caigo en el sofá a cámara lenta y no parece creer que eso sea posible. «¡Ota ve!», me dice atónita. Después de un rato repite mis trucos con sorprendente habilidad. Dentro de poco no tendré nada con lo que sorprenderla.

—Pues ahora estamos relajados, empapándonos de documentación, supongo que más adelante se pondrá la cosa más fea.

—¿Y los horarios, bien?

¡Ñaun! ¡Abran paso! Decía mientras movía a pulso a la niña de un extremo del sofá al otro, como si fuera un avión. Casi puedo oír a mis músculos pidiendo una tregua después del vigesimonoveno levantamiento. Me río yo de las rutinas de los gimnasios. «¡Ota ve!», me pide, y cojo aire. Lo que yo te diga, ni entrenadora personal ni gaitas, ésta te pone firme en un santiamén.

—Yo, si puedo, me quedo ahí, pero no sé, están pasando cosas raras…

—¡Hombre! Eso no lo pueden hacer, según el convenio.

—No, si ya…

Wenc, wenc, wenc. La niña vibraba subida en mi pierna y pedía más velocidad. «¡Ma!», decía. Wenc, wenc, wenc. Y reía a viva voz. Ya estaba a punto de volver a la mesa para tratar de unirme al debate cuando se dejó caer encima de mí, agotada —pensé yo—, y se incorporó frotándose un ojo. «Te quiero», me dice. Así, sin mirarme a los ojos y sin poner entonación grave. Sin música romántica y sin beso. Con la misma calidez y tonalidad con la que diría «me pica el ojo». De sopetón, sin venir a cuento, del mismo modo en el que se lo dirá, supongo yo, a sus inertes juguetes. «¡Oh! Yo también te quiero», acerté a decir, aunque lo que realmente quería enseñarle es que eso no se hace. No hay derecho, no, señora, a desmontar un corazón de golpe de esa manera, desmoronarlo con insultante facilidad de un vuelco sin previo aviso, con gente delante y a la hora de la siesta. Al menos ninguno de los adultos de la mesa se percata de nada. Nadie ha visto que se me han mojado los ojos. Estaban ocupados hablando de trabajo.

Publicado la semana 7. 28/05/2017
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