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Johan Cladheart

Sexto golpe — Las doce pruebas

En el metro de Madrid habita una fauna de lo más curiosa. Era hora punta en la línea seis y las gentes parecían garbanzos cociéndose en una olla exprés. Una voz de mujer se aproximaba, pidiendo limosna, pensé yo, pero poco a poco los sonidos se convirtieron en palabras articuladas que hablaban de la Biblia y el señor Jesucristo. La predicadora, arrugada, con el pelo recogido y gafas, decía a grito pelado:

—Dios perdonará los pecados del hombre. Del hombre y la mujer, porque en la Biblia se dice «hombre» para referirse a los dos. El Señor perdonará los pensamientos impuros y el adulterio del hombre, el Señor es…

¿Me está diciendo usted, predicadora arrugada de gafas, que, si yo cometo adulterio aquí mismo, delante de mi mujer, y aprieto sus arrugadas nalgas con mis manos, el señor ése me perdonará? No me extraña que la gente se haga cristiana. Apúnteme a su secta, me ha convencido. La señora siguió dando la turra sin descanso, pero nos bajamos en Príncipe Pío para hacer transbordo. Ya son ganas de dar la matraca a estas horas con la que está cayendo. En alguna parte de su Biblia dirá que la gente que habla pronto por la mañana va directa al infierno.

Nos dirigimos de nuevo a lo que parecen las doce pruebas de Astérix. La vida ahora se reduce a unos huecos que quedan después de ir a la matrona, al endocrino, a la obstetra, al médico de cabecera, a la enfermera, a las clases de preparación al parto y al Cristo que lo fundó. Vamos a ver a Zipi y Zape, que son las señoras que llevan el tema de la alimentación. Yo no me fío de ellas, porque tienen algo oscuro en su alma y porque no te puedes fiar de un endocrino gordo, igual que no te puedes fiar de un cocinero delgado. Zipi y Zape son dos señoras arrugadas y canosas, una teñida de rubio y otra de moreno, que reparten un folio escrito por las dos caras con numerosas faltas ortográficas y atrocidades semánticas en el que pone qué se debe comer. Un panfleto que reparten desde hace diez años casi por inercia a modo de padrenuestro. Puedo ver cómo les da vueltas el cerebro cuando les pregunto por qué demonios obligan a consumir lácteos en una dieta para bajar el azúcar. «Porque sí, porque lo pone en mi chuleta», parecen querer decir. No están habituadas a las réplicas. Miran numeritos y sacan conclusiones sin mirarte a los ojos. Te pesan y te miden la tensión y ¡hala!, si tiene algún problema, aquí estamos. Pida cita abajo.

Y abajo pides cita, esperas y enseñas un papel, pensando que con mi móvil podría dar citas más rápido y desde la propia consulta. Y todas estas almas aquí encerradas detrás de las ventanillas. En fin, tira, que llegamos tarde a la obstetra.

Y metro va, metro viene, pero la fauna se queda. Un señor mayor mira un vídeo que le han mandado a todo volumen. Tal vez escuche con dificultad y piense que sólo es audible para él. Rezo por que le hayan enviado algo porno y nos riamos todos, pero no hay suerte. Llegamos a la sala de espera de la obstetra, puntuales como siempre, y, como siempre, llevan una hora de retraso. Alguien debería alimentar mejor al mono que da las citas. Allí leo en el móvil y hago como si no hubiera cincuenta grados centígrados en la sala. Y algunos con abrigo. Ya fantaseaba con desnudarme y cruzarme de piernas delante de toda esa gente cuando se alzó una voz: «¡Siguiente!». ¡Nosotros! Allá vamos.

Entramos a la consulta de Las Tres Marías. Las llamo así porque son tres chicas y las tres están atareadas, como si tuvieran un resorte, todas muy simpáticas y amables, dulces, delicadas y bien pertrechadas. Bueno, aquel día estaban dos Marías y unWhite Walker que sustituía a la tercera María. Tenía el tono de piel de Iniesta y los ojos bizcos de un azul profundo. Siempre dedico unos segundos a saber a qué ojo hay que mirar y temo que me cacen en pleno ejercicio. Las tres nos dedican una sonrisa, miran numeritos y sacan conclusiones sin mirarte a los ojos. Te pesan y te miden la tensión y ¡hala!, si tiene algún problema, aquí estamos. Pida cita abajo.

Y abajo pides cita, esperas y enseñas un papel, pensando en la de árboles que mata esta gente; madre mía, el día en el que descubran que hay bases de datos centralizadas que pueden compartir entre médicos y programas virtuales que gestionan las citas… Lo mismo hasta lo llevaban en hora. Bueno, venga, tira, que mañana tenemos matrona.

En la consulta de la matrona no hay que esperar nunca. Hoy está otra chica, pero es exactamente igual de amable, de morena, de pausada y de delicada que la anterior. Seguro que las hacen a medida en la fábrica de chocolate de Willy Wonka; me gustaría saber cuántos terrones de azúcar les pondrían en sinazucar.org. ¿Qué tal vas? ¿Bien? A ver, déjame ese informe. Mira numeritos y saca conclusiones sin mirarte a los ojos. Te pesa y te mide la tensión y ¡hala!, si tiene algún problema, aquí estamos. Pida cita abajo.

Y abajo pides cita, esperas y enseñas un papel, pensando en Astérix y en Obélix, fantaseando con quemar gestores y chupatintas. Válgame, el día en el hagan consultas por videoconferencia y dejen a las personas vivir… que entre metrobuses y viajes se me va la vida, que no es más que una rendija de aire puro entre médicos. Recuerdo las palabras de Quevedo: «Los médicos matan; son asesinos legales. Emplean una jerga que nadie puede entender para hablar de las cosas más sencillas y así impresionan al enfermo, que se deja engañar». Tal vez debería volver a beber. «Ya me vale —me digo después—, que esta gente trabaja salvando vidas y bien que nos ayudan cuando hay problemas». Bueno, venga, tira, que vamos a la clase de preparación al parto.

Llegamos a la sala y, al fondo, una pared está invadida por la imagen que escupe un proyector, doblada y borrosa, más grande que la pared misma. La matrona se disculpa diciendo que no ha podido ponerlo más pequeño. Seis embarazadas dispuestas a aprender los más sabios consejos y la formación física del suelo pélvico en dos horas de clase y algunos maridos que miran a los lados sin saber muy bien qué hacer. La matrona dice que aquí estamos para hacer amigos, grupitos de WhatsApp y resolver dudas. «Lo llevan clarinete conmigo», pensaba cuando nos obligan a hablar con otras parejas para conocernos mejor. Tierra, trágame. Para más inri, mi nuevo mejor amigo es un militar que agita la cabeza irónicamente cuando revela que esperan una niña, como diciendo: «Bueno, habrá que quererla igual, mientras no me salga lesbiana». La clase es un espectáculo de terror. Hay buena voluntad, no crean que no, y son útiles a su modo, pero no son más que presentaciones leídas y unos ejercicios de suelo pélvico incorrectos. El gremio del matronato robando a los fisios potestad y conocimientos. Por una vez, nadie mira numeritos ni saca conclusiones sin mirarte a los ojos. No se apuntan kilos ni picos de tensión ni hay que pedir cita. Por fin respiro hondo y veo el horizonte desde una rendija libre disfrutando del paisaje mientras puedo. Habrá que dar gracias al señor ése que perdona a los adúlteros.

Publicado la semana 6. 28/05/2017
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