05
Johan Cladheart

Quinto golpe — La abuela

A las mentes perdidas.

La casa de la abuela está deshabitada, pero los bancos siguen mandando cartas. La entrada da a un corredor que a su vez da a un patio cubierto de hojas secas, y hay un sofá alargado en el rincón con más luz, con una pila de libros detrás. Echo un ojo y veo que no son lecturas ligeras precisamente. Lo primero que uno ve es el Manifiesto del Partido Comunista, con una cubierta blanca y letras rojas que destacan por encima del resto de libros —casi todos referentes a la guerra civil—, entre los que pude encontrar Víctimas de la victoria, de Rafael Torres y Campos de concentración franquistas, de Javier Rodrigo. Parece que la abuela no se andaba con revistitas… 

Es una edificación amplia y firme, con algunos remaches, grietas y humedades debidos al paso del tiempo. Hay fotos en todas las habitaciones, y la abuela siempre sale seria. A su lado, los hermanos, hijos, sobrinos y nietos sonríen, seguramente gracias a ella. Su hija mayor, la tía Ludi, nos conduce por las habitaciones y nos entrega un par de escobas para «dar una vuelta» a la casa.

         Estamos en Fabero, antiguo pueblo minero de El Bierzo, donde la gente vivía del carbón, según me cuentan. Vamos de ruta, a visitar casas de familiares y amigos con los que la tía Ludi se crio. Llegamos primero a la de un matrimonio de abuelos que cuidan ensimismados de un nieto rubio de ojos azules, callado y pulcro, que nos mira extrañado y serio. No recuerdo sus nombres ni su parentesco. Nunca me acuerdo de esas cosas. Ella es muy lúcida, habladora, y conserva aún la figura gracias a las clases de yoga. Su marido es clavado al Ortega Cano de antes de chirona, con su pelo negro y sus kilitos de más. Ortega le ofrece vino a mi mujer embarazada —tal vez fuera el auténtico después de todo—, pero rechazamos su invitación amablemente. La decepción de los señores cuando rechazo su vino sólo es comparable a la de las señoras cuando rechazo sus postres. A su mujer la bauticé como la señora Sí. Hacía síes infinitos, asintiendo sin parar. «Sí, sí, sí», decía, y luego otros sí, sí, sí, más bajitos, y luego un hum, hum, hum; y, para rematar, ya sin voz, el movimiento de cuello, ñec, ñec, asintiendo en silencio durante infinitos segundos. Íbamos a comer en casa de Ortega Cano y la señora Sí más tarde. Primero había que pasar a saludar dos casas más abajo.

         La de abajo resultó ser la morada de un señor al que sólo le sobraban un poco de punta en la nariz y algo de calvicie para ser el mismísimo Kevin Spacey. También estaba su mujer, que, envuelta en una felpa rosa, contaba amargamente lo mal que lo había pasado eligiendo vestido para una boda hacía unos meses. Se ve que había ido llorando a la tienda por séptima vez, y le enseñaba fotos del destrozo a la tía Ludi, que es experta costurera. El hijo del señor Spacey y su mujer procuraban que la nieta del señor Spacey comiera un potaje, mientras dicha nieta doblaba con todas sus fuerzas una diadema. La madre del señor Spacey —o la de su mujer, no me quedó claro— aparecía después de la mano de la señora del vestido infructuoso, apenas teniéndose en pie y manteniendo el decoro como podía. Probaron su memoria: «¿Cuántos años tiene?». Ella miró fijamente y contestó que dieciocho. El «no te jode» se lo ahorró, pero lo dijo con la mirada. En la casa sólo pude ver libros decorativos, manuales de Medicina y tomos de enciclopedias que bien podían estar huecos por dentro. Spacey miraba con atención el televisor, estaban hablando de la calle que le habían puesto al del bar franquista Casa Pepe, y yo me fijaba en su pose, idéntica a la del presidente Underwood. Ardía en deseos de saber qué famoso encontraría en la siguiente casa.

         Me quedé con las ganas de saberlo, porque, con la excusa de dar un paseo, mi mujer me sacó de allí, airada por tener que tratar con el tal Spacey. Resultó que era el sheriffdel carbón de antaño, es decir, el encargado de delatar a los vecinos al régimen cuando trataban de volcar los vagones de carbón en beneficio propio. Por lo visto, era bastante odiado en aquel pueblo de trabajadores. Mi mujer no lo aguantaba, ni a él ni a su hijo, cortados por el mismo patrón cazador y clasista, según me dijo, aunque tenía buen recuerdo de los otros vástagos. Anduvimos por el pueblo un rato, reviviendo esas memorias. Había casas vacías y negocios cerrados, con la excepción de algunos bares, algún mercadito y un bazar chino. Al rato volvimos a la casa de Ortega Cano y la señora Sí.

         Llegamos a mesa puesta: jamón, ensalada, pollo y, de postre, caldo gallego. Sí, como pasa con el cocido maragato, allí lo toman al final. El pequeño nieto de Ortega fruncía el ceño mirando un móvil, y su abuela le pedía que no hiciera ese gesto. «Lo hace desde pequeño, nació enfadado», decía. Lo observé unos segundos y me atreví a diagnosticarlo. —Deberíais consultar con un oftalmólogo —dije—, frunce el ceño cuando mira de cerca o a la luz de la pantalla. ¿Ve? Cuando mira lejos, no lo hace. Puede que tenga astigmatismo. La señora Sí asintió infinitamente mirándome extrañada, como si fuera un brujo de otro planeta, y yo me sentí por una vez como el puto Sherlock Holmes. Nunca sabré si el niño tenía algún problema en la vista, pero siempre pensaré que acerté de pleno.

         La comida era excelente y abundante, como mandan los cánones gallegos. La madre del pequeño resultó ser muy simpática. La charla fue amena —aunque trivial— y el niño nos divertía. Tenía un Iron Man gigante y un ejemplar de un libro de dinosaurios del que yo guardo un buen recuerdo de cuando era crío. Qué bien vivimos los primeros años y qué poca cuenta nos damos. Cuando nos despedimos, pensé de nuevo en la saga de dobles de personajes famosos. Quizá hubiera uno en cada casa del pueblo, me dije, pero de nuevo me quedé con las ganas, pues en las otras cuatro casas no hubo respuesta. Lo de llamar por teléfono es asunto moderno, y no había tiempo de esperar.

         —Se hace tarde —dijo la tía Ludi—, vamos a ver a mi madre.

         La madre de la tía Ludi, la de los libros de la primera casa, padece alzhéimer y está internada en una residencia ubicada en un valle. Reconoce a su hija cuando entramos, pero no recuerda a su nieta y mucho menos a mí, aunque ya la he visto una decena de veces. «¿Cuál era tu nombre, querida?», decía avergonzada, aunque parcialmente consciente de su condición. La conversación es siempre la misma. Todas las veces. Repite de memoria los nombres de los nietos a los que no pone cara, a veces los confunde, a veces no. Responde con evasivas cuando le preguntan qué ha hecho. «Lo que se puede», dice. Se miden los años, que cuántos son ya, qué barbaridad, cómo pasa el tiempo. Recita de memoria el día en el que nació, pero no sabe calcular su edad.

         —Cumpliendo anos a cousa vai ben, viejos son os trapos —decía la tía Ludi mezclando el gallego y el castellano.

         «Ay, Dios, Dios, qué vidas tocan, querida», suspira la abuela, y le replican con que su vida estuvo muy bien. Gracias a esa vida que ella ya no recuerda muchos podemos contar la nuestra. «Nunca dijo tanto Dios ni tanta Virgen», decía la tía Ludi. Roja y atea como fue, ahora duerme bajo un crucifijo, en la habitación donde un calendario con imágenes de santos la vigila, va a misa los domingos y sospechan que hasta suelta dinero cuando el cura pasa el cepillo. Si se acordara de ella, de los libros del corredor de su casa donde ahora habita el polvo, de las oraciones que siempre maldijo y que ahora profesa, del sheriffdel carbón, de su jardín hoy abigarrado de hojas secas, de su laurel y sus frutales, de su pozo de agua, de cuando veinte personas dormían en una habitación —«la conejera», le decían—, de la vida que ha dado y que sigue dando, desde luego, si se acordara, puede que diera gracias a Dios aunque no creyera. Tal vez sea eso lo que haga.

Publicado la semana 5. 28/11/2017
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