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Johan Cladheart

Cuadragesimoctavo golpe — Menudo jardín

Zarandeando las ramas del árbol de la ciencia, vi, al fondo, el descuidado árbol de la vida que una vez ocupó mi tiempo. Tenía que aferrarme a él, aunque la desidia me suplicaba que siguiera a lo mío. Mas esta noche no había vuelta atrás.

Emprendí el camino y encontré unos ojos azules en los que perderme, volví al traqueteo del vagón, al cajero con olor a orines y a las cañas de Mahou. A los colegas de antaño, al «¡cómo hemos cambiado!» también, pero ante todo al «vamos a ello».

El bullicio, los minis, el humo, los bombos que retumban en el pecho y las cajas en la nuca, los versos. Los putos versos que me marcaron para siempre. Las chicas a las que mirar de reojo (con el ojo izquierdo, que, como dice Manu, es el que nunca se casó), los gritos y la música.

Por un momento me dejé llevar.

Si me preguntan ahora, a pesar del dolor de garganta y el pitido en los oídos, del calor y del frío y del olor a tabaco, de las horas en las que escribo esto, a pesar de todo y de volverme a encontrar los mismos ojos azules en el viaje de vuelta —y dejarlos ir—, ahora que vuelvo a examinar las hojas del árbol de la ciencia, les diré que vivan, por fútil que sea.

Dios no nos quitó la manzana para ponernos a prueba. Lo hizo para salvarnos. Eso si es que hay un Dios o si es que vive dentro de cada uno de nosotros. Pero ahí ya me meto en un jardín que no conviene pisar.

Al menos no de este lado del árbol.

Publicado la semana 48. 03/12/2017
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