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Johan Cladheart

Cuarto golpe — Viejos ciegos

A la cuadrilla del Larra.

Un día te asomas al espejo y ves a un viejo que se parece a ti. Pierdes algo de peso y hasta compras ropa decente, pero sigue habiendo un señor arrugado donde antes te lavabas la cara tú. Aun así, te pertrechas y te repasas, hasta te preguntas si ese jersey combina o no con los pantalones. Preocupaciones que nunca tuviste cuando llevabas unas zapatillas rotas y la primera camiseta del cajón. Bueno, ya vale de lamentos, anda, tira para el bar.

Son pocas las veces al año en las que nos juntamos todos, o ninguna, porque, a pesar de todo, faltaron tres. Movidos por un espíritu rejuvenecedor, quedamos en uno de los locales donde tiempo atrás entrábamos bípedos y salíamos cuadrúpedos, dejando la decencia en la acera de la calle. Cuelga un cartel que advierte de que no se puede hacer ruido ni gritar ni golpear las mesas, para no molestar a los comensales. Tal vez lo hubieran puesto por nosotros diez años atrás.

La mesa no luce igual que antaño. Ahora hay que ubicar dos carritos de bebé e indicar al camarero que también traiga agua. Ya nadie suelta la broma de que es ahí donde follan los peces, que cuidado, que no se sabe qué efecto tiene eso en el cuerpo, que te va a sentar mal. Es como ver a un grupo de viejos sentándose en nuestras sillas. Viejos que van perdiendo pelo o a los que les asoman canas, ensanchan las barrigas y dejan ver las primeras arrugas. Aun así, sigue corriendo la sidra y las voces aumentan de volumen. Se empiezan a sentir golpes en las mesas. Empieza el espectáculo.

Yo soy de los que bebe agua. No está tan mal para ser un picadero de peces, no crean. Delante de mí hay una niña de nueve meses y otra de dos años, y siento que me comunico mejor con ellas que con muchos adultos; así que me dedico a ponerles caras, a jugar, a hacerles de rabiar, a enseñarles a desatarse las zapatillas. Son mucho más divertidas que los adultos.

Con algunos la relación es nula ya, bien sea porque ha de ser así o por la distancia. ¿Qué más da? Tampoco somos los mismos de antes. Yo, desde luego, no. A veces, para romper el hielo, te vienen con preguntas banales como «¿Qué tal tu disco?» o «¿Es niño o niña?». ¿En serio? Si te importara una mierda ya lo sabrías. Oblígame a hablar del tiempo si te molesta el silencio, pero no te pongas en ridículo. Sí, ya sé, las convenciones sociales que nunca entendí, pero ¿qué quieren que les diga? Tampoco el mundo es famoso por tener siempre la razón.

Pasan las cinco de la tarde y la sidra hace mella: comienzan los gritos y las caras enrojecidas. Un comedor de manicomio desde la perspectiva de un sobrio. En el restaurante nos dicen que no hay café a pesar de la cafetera reluciente de la pared. Los años pasan, pero de los bares nos siguen echando de una u otra forma.

Nos vamos a otro local cercano, pedimos café y luego empiezan a caer chupitos. Algunos charlamos de aperos de bebé, otros prueban con el fútbol, la política o el trabajo. Aquello acaba con una niña cantando Campana sobre campanay cuatro borrachos haciendo coros mientras mueven sus copas de pacharán. Después, entonan el Du Hastde Rammstein con la esperanza de que la niña lo imite —voceaban torpemente «You has me» en lugar de «Du hast mich»—. No lo consiguieron, pero la pequeña nos ofreció el susodicho villancico con una voz gutural que nada tenía que envidiar a la de Till Lindemann. No quedaba mal.

La fiesta sigue, pero nosotros nos vamos. El sofá parece llamarnos y hay un límite para las botellas de agua que uno puede pedir por ahí. Nos despiden con cánticos y bailes —y algún que otro tocamiento—, y acabamos en un autobús atestado. A la segunda parada sube un señor mayor que se mueve con dificultad, apoyado en su bastón y arrugado de verdad. «No me queda tanto», pensé. Ninguno de los pasajeros hace ademán de moverse. Ni siquiera los usurpadores de asientos reservados. Al cabo de unos minutos tiene que ser otro señor mayor, con bastón también, el que se levante a ceder el sitio. Observé a los dos señores sentados en las sillas verdes y a unos chavales en primera fila mirando su puto móvil. Deseé tirarlos por la ventana. Ahí estaban las dos generaciones: la de la juventud perdida y la que se encargó de educarla.

Al fin volvemos a la quietud del sofá, contando las horas de tranquilidad que nos quedan. Quién sabe, tal vez no la eche de menos cuando seamos tres. Elegimos película y nos sumimos en las imágenes. Ella cae rendida, pero yo espero hasta el final, aunque las pestañas luchan por abrazarse. Para mí una historia sin final no es una historia.

Al cabo, una llamada. «Niño, estoy en el hospital, la abuela se ha caído». Bueno, parece que ésta tampoco va a ser una historia.

Publicado la semana 4. 04/01/2018
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