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Johan Cladheart

Trigesimotercer golpe — La maleta de vuelta

Las maletas de vuelta huelen a derrota. Son tres y varias bolsas, una cesta bien surtida y las ganas medidas de volver con la frente marchita, pero a casa. Es agosto, aunque nunca se sabe con los puentes: la entrada a Madrid se puede complicar. Primero repostamos y damos un buen cepillado de cristales al coche. ¿Qué tal? Deme una grande de agua también. Gracias, que tenga un buen día.

Un par de autoestopistas con cara de comerse el mundo y aún con granos en la cara nos piden asilo. Vamos a tope ahí con un bebé y más equipaje que una barriada gitana, compadre. Que la espera sea breve, otra vez será. Arrancamos y el sol nos castiga en la espalda como a jornaleros en plena faena. El tráfico es fluido y vamos ganando grados y perdiendo paz progresivamente. A ratos un águila muestra su perfecta acrobacia cerca de tierra y uno quiere echar a volar. Los coches vienen y van. No recuerdo ningún Golf, aunque seguro que lo hubo, pero sí un Ferrari rojo, adelantándonos casi tan majestuoso como el águila. Al rato, la pequeña despierta y toca parar. En la cafetería, la camarera tenía más bien pinta de puerta de discoteca que de camarera. Contaba los minutos para que los clientes se fueran y así poder salir a dar unas chupadas al cigarro. Pasa una hora casi en un recóndito lugar de campos planos y amarillos, paisaje familiar y añorado a la vez que deprimente. Llegan y se van grupos, los vemos correr, charlar y comer. Esperamos nuestro turno.

Quedan 115. El túnel oscuro parece augurar la bienvenida a la gran ciudad. La neblina que vive encima de su cielo, los coches que no pisan el carril derecho, la M-50, la M-40, y la M-30 a Badajoz. El túnel, el Calderón y la mano al pecho, el mítico grafiti que reza «Te quiero, chimichurri». El cementerio, el polideportivo y nuestra calle. Bienvenidas a casa. Sí, este desierto es todo vuestro. Gracias por volver.

Después del trajín cuesta conciliar el sueño. Casi era la una cuando creí dormirme y a las dos menos cuarto creí soñar que afinaba una guitarra, pero no era un sueño. Abajo, un gitano y sus dos palmeros buscaban la nota para dar un recital nocturno. Pronto empiezan los acordes y los cantes. Yo trato de apreciar la belleza de aquello, pero sólo pienso en quemar, destrozar, desmontar, pintar o rociar con algún producto el banco de abajo para que mañana no vuelvan a tocar. Cierro las ventanas y los ojos tratando de que el odio no sea el estado natural de esta ciudad. En el norte hubiera bajado a dar palmas. Claro que, en el norte, no pasan estas cosas.

Publicado la semana 33. 18/08/2017
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