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Johan Cladheart

Tercer golpe — Bukowski

Hoy me pasé por Correos para enviar poemas a ocho estúpidos certámenes y cuatro copias de mi disco. Una señora enjuta y arrugada pegaba etiquetas a cada sobre y me daban náuseas al pensar que estaba poniéndole precio a mis letras. Salí de allí lo más rápido que pude, dejando que el frío aireara mis ideas. Después fui a conocer a Greg, un baterista francés que anda buscando vocalistas para su proyecto. Topé con él por casualidad en un tablón de anuncios de Internet. Me ha caído bien. No sé qué habrá pensado él. Trato de parecer menos huraño de lo que soy en las primeras citas, pero no estoy al otro lado para verme actuar. Tomamos café —el mismo que hace que escriba esto a las tres de la madrugada— mientras él fumaba dos cigarros de su paquete Marlboro. Estuve tentado de acompañarlo, pero supe negarme cuando me ofreció uno. Charlamos de música, de salas, de ensayos… parecía estar abocado a defender un gran proyecto solo, después de la falta de implicación del mundo exterior. Y me vi reflejado.

Insistió en pagar los cafés. Cuando nos despedimos corrí al coche para sacudirme el frío —entonces sí maldije a los fumadores y a sus terrazas de invierno—, y la cafeína y la charla me sumieron en un estado de optimismo. «¿Quién sabe? —me dije—, igual a algún jurado le da por leerme y puede que incluso les guste. Podría ganar uno de esos estúpidos certámenes y que mi suerte cambiara un poco». Divagaba, hablando solo en el coche mientras dos locutores filosofaban sobre balonmano en la radio. Al parecer, sobre todo se puede filosofar.

Llegué a casa y uno de los concursos a los que me presenté el mes pasado había notificado los veinte finalistas que optaban al premio. Era una bonita casualidad para ser un error, así que fui a ver la lista con la esperanza de estar allí, como cuando buscaba un cinco en las notas de Física de la facultad. Me deslicé por los veinte nombres y no me encontré. Tal y como pasaba en el tablón de Física: cuatro y medio. ¿En qué cojones pensaba? Qué estúpido. No interesa lo que escribes, ¿no lo ves? Tal vez, después de todo, no sea ésta mi profesión.

Me quedé un rato inmóvil, sumido en las sombras de la montaña rusa. Tan pronto te crees un dios como eres un escombro. No me extraña que no haya un escritor cuerdo. Comencé a leer algunos de los textos y la cosa fue a peor. Leí cinco y sólo uno de ellos me pareció decente. ¿Pero quién juzga a los jurados? ¿Qué iba a saber yo? En ese preciso momento, otro certamen al que presenté un poema casi por inercia daba a conocer los ganadores. Era uno bastante cutre y sin premio, pero tenía ya algo escrito que servía y lo envíe como quien manda un correo solicitando un presupuesto. Precisamente por lo cutre que era, albergaba alguna esperanza. Me dieron una mención especial, pero al podio se subieron otros. «Si no gano éste —pensé—, no gano ninguno». Leí los tres primeros y me parecieron vomitivos.

De aquel agujero sólo me podía sacar el libro de Bukowski que tengo entre manos, su obra póstuma¡Adelante!Menudos huevos tenía. Publicadme esto cuando muera, dijo. Y se murió tan ancho. Y yo mendigando repercusión de la peor manera. Me acomodé, abrí el libro por la página 204 —en la que me había quedado— y leí:

¿Sabes lo que dijo Li Po cuando le preguntaron si prefería ser artista o rico?

            —Preferiría ser rico —respondió—, porque a los artistas se les suele ver sentados en los umbrales de los ricos.

¿Y yo qué prefería? Me hundí más en el sofá. Estaba haciendo todo al revés, enviando cartas a certámenes que odio, bajo el pretexto de un paupérrimo sueldo por darle a la tecla. Di las gracias a Charles en voz alta y me quedé a solas en la habitación, como él hacía, rompiendo mis propios vasos sin mearle la alfombra a ningún ricachón. Aunque para él era fácil decirlo: era las dos cosas, el cabronazo.

Publicado la semana 3. 28/05/2017
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