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Johan Cladheart

Vigesimoctavo golpe — La piscina profunda

En este sistema que nos hemos montado los humanos, debemos adaptarnos a horarios. Que viene a significar que hacemos las cosas cuando podemos, y no cuando queremos. ¿Qué sentido tiene eso? Bueno, ese hueso ya lo morderemos otro día. El caso es que, como ser humano nuevamente adaptado a horarios, ahora he de buscar huecos en el día para ir a nadar. Que sepa el lector que es una práctica que vengo realizando desde hace un tiempo, en afán de calmar mis ganas de matar gente, ya que luchar contra el agua, al final, quieras que no, cansa; y dejo lo de matar para otro día. Por pereza.

         Total, que en el polideportivo municipal al que voy abren a las 8:30. Cosa que antes no sabía porque no entraba en mis planes madrugar para mojarme las ideas, claro. Bueno, pues allí que estoy a las 8:22, ya con el bañador puesto debajo de un chándal, para acabar lo antes posible. Vale. Según avanzo voy enfocando a un grupo de más de doce abuelos haciendo cola. Qué prisa tendrán éstos, pensé yo. Para mí que se apuntan a colas sólo por el placer de colarse. Debe de ser. Las puertas están abiertas, pero no hay nadie en recepción. Voy mirando letreros mientras dan las 8:30. Horarios por aquí, miradas por allá, paseítos por la entrada. Ya está, las 8:30. Algún empleado dando parsimoniosos paseos al fondo. Vale, ya sé que esto no es Europa, aunque alguno se lo crea. Un poco de paciencia. Pero el reloj avanza incólume: 8:40. Bueno, pues ya está bien la broma. Y los abuelos aquí ni se menean, o sea que esto es «lo normal». De 8:30 nada, majos. Miro en el móvil el horario, por si se me había ido la olla. Pero no, la olla seguía en su sitio. ¡Mira! Ahí va el paisano a sentarse en su puesto. Bueno, pues hala. Los abuelos se ponen a hacer la ansiada cola. Ya me voy yo al final, no se preocupen, que, total, ya estoy casi vestido y no quiero darles la satisfacción de que se me cuelen. El paisano se pone a conversar con los abuelos, limpiando con parsimonia su mesita. ¿Hola? Con calma, ¿eh? Di que sí, si, total, luego saldrás a las 19:30 como pronto. Ah, no. Que ese soy yo. Sigo en la cola, pero la cola no se mueve. A lo lejos veo una cara conocida encima de un atuendo rosa sudado y unas zapatillas de deporte. ¿Quién demonios viene corriendo a un polideportivo y de qué me suena? ¡Coño! El socorrista. A menos cuarto. Pues vamos bien. Bueno, con no ahogarme los veinte primeros minutos, me vale. Ah, mira, ya están pasando los abuelos. Ahí vamos. Hola, buenos días, gracias. Para qué te voy a decir lo que pienso. Paso al vestuario, me despeloto, toalla, gorro, gafas, chanclas, llave. Todo en orden, vamos a la piscina por fin, que ya son casi menos diez, la madre que me parió. ¡Al agua, patos! Ah, que no. Que la puerta está cerrada. ¿Seguro? Será que estoy flojo por la mañana. A ver. No, no, joder. Está cerrada, cerrada. Imagino al cabrón del socorrista enjabonándose los bajos mientras yo luzco bañador apretado y oigo hablar a los abuelos, que hacen cola también en la puerta. ¡Éstos son capaces de montar colas en los ascensores, si los dejan! Intento centrarme en su conversación, que siempre uno aprende cosas. Por obviar el instinto asesino del que antes he hablado, más que nada.

         —A ti te da el sol porque no pueden llevárselo, que si no… ¡anda que te iba a dar!

         —¿Llevarse el qué?

         —El sol, cojones.

         —¡Ah! Bueno, pues yo sería de los que se lo llevaran, ¿eh? Que a mí el sol me gusta mucho.

         Pensé que hablaba de los políticos, pero resulta que hablaba de los catalanes. Será que por las noches le quitan cosas de los cajones de la mesilla o algo.

         —Pues, si se quieren ir, que se vayan. Que caven una zanja y ras. A tomar por culo.

—Claro, luego criticaban a Franco porque no compraba cosas catalanas. Anda, y ellos ¿qué? ¡Si cuando el Madrid tenía la publicidad de Parmalat ni uno compraba leche y tuvieron que quitarlo!

         Unas cuantas lindezas más oí, pero yo andaba con lo mío de desesperarme. Menos cinco. Llevo casi cuarenta minutos aquí para nada. ¡Cuarenta minutos! Y estos abuelos lo hacen voluntariamente. ¡Voluntariamente! También hay que apuntar que es una generación sin Internet, y que trabajan mucho más el aburrimiento que nosotros. Las ocho y media, mis cojones. A éstos les pongo yo una queja, no me jodas. A punto estuve de volver a vestirme cuando por fin se hizo la luz. La de la piscina, que entraba por la puerta que ya había abierto el cabrón del socorrista, bien limpito y uniformado. Venga, no mires el reloj, al agua, corre. Me pongo debajo de la ducha mientras veo con estupor cómo decenas de walkingdeadscaminan con torpeza hacia el borde de la piscina. Ahí no pasó por la ducha ni Dios. Me fijo en la piscina: nunca había visto el agua en calma. Y vacía. Los zombis adiestrados esperan una señal. Yo miro hacia todos lados buscándola. Me paro en el reloj: las 9:00. 38 minutos y estoy más seco que la mojama. This is Spain, está claro. El socorrista da la señal y los zombis se sumergen. Yo me tiro a toda prisa esperando completar en media hora el mayor número posible de largos. ¡Plas! Tengo que esquivar varios walkingdeadspor el camino; algunos abren los brazos mucho y me atacan, pero se mueven con lentitud. Sobrevivo sin mordiscos y, algo más de media hora después, salgo pitando a la ducha porque ya llego muy tarde. Ya otro día pongo la queja, porque, si lo hago hoy, me dan las doce. Spain is different, my friend. Y profunda. Profunda de narices.

Publicado la semana 28. 13/07/2017
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