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Johan Cladheart

Vigesimoquinto golpe — El entierro

A los entierros voy con algo negro y algo blanco. Negro porque hay que saber respetar la muerte, y blanco porque hay que saber celebrar la vida. A los entierros voy escuchando flamenco, flamenco puro, porque es la única manera de escuchar los gritos de los muertos. A las misas de los entierros yo no paso. Y oigo sus voces, las de «qué poco respeto, podría por lo menos dignarse a entrar». Y hago oídos sordos y miro el charco de lágrimas que nace a mis pies. Precisamente por respeto es que no entro. Faltar al respeto es no creer y entrar como uno más a un templo sagrado donde hay devoción. Por respeto lo hago, y no por usted. A los entierros voy serio, y agradezco los pésames. A los entierros yo abrazo, masco el silencio de brazos cruzados.

         Del entierro de mi abuela vine sobre las tres de la tarde. En silencio y bajo un sol inmenso. Y pensaba en cómo demonios íbamos a hacer para equilibrar la balanza. Ahora que no está, los que comimos en su casa tendremos que intentar hacer del mundo un sitio mejor, a ver si entre todos le llegamos a la suela. Mi abuela, la del mejor puré de verdura que ha existido y existirá, la que nos llamaba zarriaszalamerospingüinos. La que sostuvo al hombre mágico y al resto de su familia tantos años. La de la brisca y la sartén. La de los bisnietos en brazos. La de los callos en las manos. No le recuerdo una mala palabra. Lo más fuerte que le recuerdo decir fue que preferiría volver a pasar hambre antes que quedarse sin lavadora. Lo dijeron sus manos, arrugadas y frías de lavar en el río. La que me quiso como a uno propio. La que trabajó el campo de sol a sol y la casa de luna a luna sin rechistar. La que puso comida en el plato para un millón. A Valentina le contaré que tuvo una bisabuela mágica, a la que no conoció por un día. Esa carga me la llevo a la tumba, abuela. Pero sé que sabrás perdonarme, como perdonabas mi mal genio, mis rarezas y mis melindres. Mis aires de supremacía y de victimismo. Ahí quedaron, en tu pozo infinito del perdón.

         Ahora que me he quedado sin abuelas, tendré que aprender a quererme solo. Tendré que decírmelo más. «Qué guapo estás», como ella me decía, apretando esos ojillos sabios, de los que ya no podré aprender más. Sé que te fuiste en paz y me alegro de que descanses. A ver si puedo acercarme a tu altura. No me caben las gracias en la boca ni en el lápiz. Ya me callo, que calladito estoy más guapo y tengo que aprender a quererme solo.

Publicado la semana 25. 20/06/2017
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