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Johan Cladheart

Vigesimosegundo golpe — El proceso creativo

A Quinnipak.

De éstos, nuestros 52, algunos incautos decidimos ponerles cara a los escritores que hay detrás de los números —error garrafal histórico que hace que muchos mitos caigan al suelo como brevas maduras—, y lo hicimos en un lugar llamado «El Matadero». ¿Qué podría salir mal? A mí me dan mucha vergüenza estas cosas, pero me sentía más o menos seguro porque ya conocía a uno de ellos personalmente. Charlamos de cómo estábamos llevándolo. Yo dije en broma que cada vez escribía menos palabras, que acabaría por escribir fonemas. En plan: trigesimotercer golpe, «Ma». Y ya cada uno que interpretase. La literatura es libre, ¿no? En serio, se hace duro. Especialmente para un escritor que vive de momentos sueltos y que además trata de acabar su primer compendio de poemas en paralelo. Total, que había quien no tenía tiempo —me uno al club—, quien trabajaba duro —no tan mi club—, quien madrugaba para escribir —toda mi admiración—, quien esperaba que una mesa de madera le sugiriera el poema definitivo. No estoy en ningún club de poetas muertos ni voy a talleres de literatura. Tengo la idea de que no valen para nada y, sin embargo, de un ratito de charla con varios escritores salí muy reforzado. Quizá debería buscar un club de ésos y ponerme a recitar cosas. ¿Dónde se encuentran? Bueno, a lo que voy, que cada uno ve el proceso creativo de una manera diametralmente distinta, y eso es lo interesante. Al final, cada uno escribe como es. No creo que haya otra manera de escribir. Lorca lo pensaba así: «Va el poeta a una cacería (...) Hay que salir. Y éste es el momento peligroso para el poeta. El poeta debe llevar un plano de los sitios que va a recorrer y debe estar seguro frente a las mil bellezas y las mil fealdades disfrazadas de belleza que han de pasar delante de sus ojos...». Pero, bueno, Lorca también veía el mundo muy a su manera, me parece a mí.

De esa reunión saqué minutos de donde no los tengo para volver a leeros. Sé que a algunos de vosotros os leeré, aunque sea en el 2023 en plan novela, pero ahora estoy que no doy de mí. Saqué también la decisión de publicar en domingo, adrede, para poner de los nervios a Pablo, que es como el Gran Hermano de los autores y que seguramente conoce hasta el historial de mi navegador. En serio, ¡gracias por todo! Saqué las dudas de qué texto elegiría para el hipotético libro de los 52. ¡Uf! Saqué emoción, y también una vaga sensación de vergüenza por mi inseguridad, que a veces se convierte en diarrea verbal y a veces en mutismo y meteduras de gamba.

Después de la reunión, anduve con el autor al que ya conocía —tranquilo, Quinnipak, te mantendré en el anonimato— de charla y concierto. Le había dado a leer uno de mis textos a una amiga suya y me dijo que había llorado con él. ¡Yo sólo iba a darle dos besos y me mató ahí mismo! Al rato me sentí mal por alegrarme de unas lágrimas ajenas. Más tarde nos cruzamos con un amigo suyo, quien, me dijo, le había salvado de unas fiestas aburridísimas a las que se veía obligado a acudir allá en Londres. Me contó que en alguna ocasión llegó hasta el punto de ponerse a leer en pleno «jolgorio». En ese preciso instante le contesté que hacía falta ser muy revolucionario para ponerse a leer en una fiesta. Y ahí llegó. La inspiración. La presa de la cacería. La chispa que hace que apuntes ideas. Seguí pensando en ello mientras me hablaba y un grupo que evocaba la música de los coches de choque —bendita adolescencia— me taladraba los oídos, mientras recordaba el sabor de la cerveza nocturna. Ya no hice mucho caso a nadie. Sólo imaginaba en mi cabeza al poeta leyendo en un sofá apartado, mientras el resto del mundo bailaba y escuchaba música de radiofórmula, bebiendo sin sed. De camino a casa, esperando el metro en el andén, escribí este poema en las notas del móvil y se lo envié:

 

En medio de la vorágine,

de los cuerpos sudorosos,

de la inmensa bola de sonido

y el alcohol,

de las drogas a escondidas,

de la comida y los trajes de gala,

en medio de todo eso,

a veces,

surge un revolucionario

que es capaz de esquivar

conversaciones banales

y buscar el rincón más apartado

para sacar un libro

y ponerse a leer

en medio de la fiesta.

 

¡Y yo estoy brindando por él!

 

Al final me volví a casa con una presa. Nada que hubiera cazado Lorca o cualquier otro de los 52, pero mi presa, al fin y al cabo. Espero que os pueda decir algo. De eso se trata. Un beso de tornillo para todos, y gracias.

Publicado la semana 22. 04/06/2017
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