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Johan Cladheart

Segundo golpe — Navidades añejas

A los tetes.

Un ocho de enero murió mi padre. Cada año recuerdo la canción que le escribí. No a él, sino a los altruistas reyes magos que visitaban el hospital en el que yo hacía vida por entonces, hace ya ocho años. Dicen que donde duele inspira, pero estoy divagando. El ocho de enero, digo, se ha vuelto menos triste con el tiempo. Mi odio a la Navidad se convirtió en aceptación, y la aceptación en cierta buena gana. No por el circo, claro. Por mí, las cabalgatas, las luces, el derroche y la hipocresía se pueden volver a las páginas del libro fantástico de donde salieron. Pero los abrazos, la ilusión de los niños, los familiares a los que ya sólo ves una vez al año merecen la pena. Aunque sea con villancicos de fondo. Un ratito, al menos, sí.

Este ocho de enero visitamos la casa de mis tíos, cuartel general de mi familia en estas fechas. Estoy tan habituado a la estridencia familiar que casi me olvido de que a un extraño le puede parecer una casa de locos. Mi mujer aguanta bien el tipo, pero sé que la procesión le va por dentro. Al poco de terminar el café, un niño de seis años ataviado tan sólo con un fular amarillo al pecho, abalorios de su madre y un pañuelo de seda a modo de falda bailaba una especie de danza oriental al ritmo de una canción de Shakira. Su hermano, de tres, mezclaba el flamenco y el breakdancemientras cantaba: «¡Pudo, pudo cancaje!», que, según el diccionario juanitiniano, significa «puro chantaje», que debe de ser el título de la susodicha canción. Al mismo tiempo, el padre me enseñaba en su móvil vídeos de una charanga segoviana que en estos días abocados al reguetón tiene aún la valentía de hacer versiones de La Polla Records. Mis tías daban palmas y animaban a los bailarines, gritando «oles» a pleno pulmón. El calor era propio de una sauna, y había ocho platos de comida en la mesa entre turrones, cortezas, roscones y demás viandas. Me dolía la garganta de gritar —en esta familia, hablar a un nivel normal es caer en el olvido—, y mi tío subía más la música en su altavoz portátil, un portentoso reducto tecnológico que al encenderse recoge alguna frecuencia de la radio de la policía.

Cuando los niños se fueron, pensé que llegarían momentos de paz. Pero la música continuó llenando la habitación, aunque esta vez con mejor gusto, tirando de flamenco, boleros antiguos y música cubana. Mis tíos, a gritos, claro está, contaban anécdotas de la niñez, y yo afilé mis antenas para no perderme ninguna batallita de ésas que ya no se encuentran en los libros.

Todos ellos vivían por entonces en lo que hoy es mi barrio, y es interesante conocer de primera mano cómo han cambiado las cosas. Contaban que, de aquella, se habían apropiado del edificio de enfrente unos falangistas, y el constructor de turno había hecho el desagüe directamente a la calle, sin ponerse ni medio colorado. En su bloque, por lo visto, vivía una pareja malhumorada en el último piso, y en otra de las casas «tres putitas, muy guapas todas, eso sí, de alto standing».

—Antes, hasta para eso había decencia. Ahora a las pescaderías —llamaban pescaderías a los prostíbulos— sólo van borrachos guachanitos —o algo así, era un término despectivo similar que no había oído nunca— a comprar pescado.

Unas Navidades llevaron al desmayo a una vecina porque abandonaron, tras tocata y fuga de timbre, a la menor de las hermanas en su puerta disfrazada de vaya usted a saber qué. Mi abuela, otro año, echó de menos a un indigente del barrio, y, buscando, encontró su cadáver en uno de los portales. 

—¡Uf! Las Navidades. Ya no son lo que eran. Antes las casas se dejaban abiertas y los niños y los vecinos entraban y salían a voluntad. Entonces sí había espíritu navideño, todo el mundo se juntaba, no como ahora, que lo único que hacemos es comprar y comer. Ni siquiera los niños juegan ya en la calle, que están alelaos; ahora sólo se juntan para coger los regalos y salir corriendo a jugar solos. Entonces sí había Navidades moviditas. 

Las anécdotas se sucedían y suspiraban pausadamente entre «el tiempo vuela» y «qué rápido pasa todo, vosotros aprovechad».

Un par de horas después pasamos por esas mismas calles, en dirección a la rutina, y yo barruntaba en silencio todas sus palabras. Casi ni me paraba a censurar sus prejuicios ni la falsa autoridad de que todo lo pasado fue mejor. Pero una cosa era cierta: en esas mismas calles en las que yo vivo ahora ya no quedan más que fantasmas del pasado con bolsas de la compra y bastón. Niños dueños de sus casas, sólo visibles desde la calle si miras a las ventanas con luz. La calle es para los borrachos, que siguen bebiendo y fumando a pesar del frío, tirando los últimos petardos. Otros juegan a una suerte de balonvolea con retención y un FT-5 de fútbol, ese deporte que nunca más fue de la calle. Hasta las «pescaderías» se han convertido en empresarias independientes del sexo, repartiendo folletos por las lunas de los coches. Todo parece tan aburrido… Vejez cansada y juventud dormida. La absurda monotonía caminando de puntillas. La quietud de la más absoluta nada, sólo rota por un par de gargantas gitanas bien afinadas que cantan a deshoras. Y hasta eso nos molesta.

Publicado la semana 2. 28/05/2017
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