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Johan Cladheart

Decimoctavo golpe — El estorbo

A Aurelia.

Cuando uno va al hospital, espera reconfortar de algún modo al enfermo. Alegrarlo un poco, tranquilizarlo… Distraerlo, aunque sea. Por lo menos no ser un estorbo; un manojo de nervios incapaz de controlar las emociones sin que se note. Vamos, no ser yo mismo.

Era primero de mayo y las carreteras estaban vacías. En la media hora larga que me llevó llegar hasta allí, no pensé más que en aquel asfalto huérfano que tan pocas veces presenta ese aspecto. El hospital está dejado de la mano de Dios, como si lo hubieran construido en otro sitio y lo hubieran plantado allí con una grúa gigante. Caminando por los pasillos empecé a sudar. Hacía calor, pero era por los nervios. Me dijeron que estaba mejor y que la cosa no era tan preocupante como pintaba al principio, pero no me fiaba. Comencé a vagar por el hospital, buscando la habitación. Me costó un poco. Creo que iba atendiendo más a mis pensamientos que a los letreros. ¿Qué se le dice a una persona que tal vez se esté muriendo? ¿Que se tranquilice, que todo va a ir bien? ¿Y cómo se sabe eso? Nadie parece haber vuelto de allí para contarlo.

Entré y saludé a mi madre y a mis tíos. Mi abuela estaba adormilada, se despertó al rato. Estaba flaca y débil, pero reaccionó bien. Sonrió y abrió los brazos. Cuando uno va al hospital, espera reconfortar de algún modo al enfermo, pero lo que no espera es que lo reconforten a uno. «¡Qué guapo estás! ¡Estás muy guapo!», me dijo. Tenía los brazos fríos y delgados, los huesos deshechos y una dura vida de campo a las espaldas. Y va y me tira piropos. Aparentaba buen humor, habida cuenta de las que habrá tenido que pasar. Aun así, me preguntaba qué pensaría de verdad, hasta qué punto estaría tranquila. Y fue cuando lo contó, a su modo, medio en broma medio no, con una parsimonia que me resulta difícil de explicar.

—Es una pena que no me hubiera marchado ya la otra noche —reía—. ¡Y tan a gusto! ¿Qué pintamos aquí ya, hijo?

Como el que dice que le hubiera gustado tomarse un café la otra noche. Con una naturalidad y un humor que helaban y reconfortaban al tiempo. Sin remordimientos ni divagaciones. Sin dramas. Bueno, no tengas prisa por irte, abuela. Espero que todavía puedas conocer a alguien. Pero, si te vas, ya sé que te vas tranquila. Gracias por animar a este estorbo de visita.

Publicado la semana 18. 28/11/2017
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