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Johan Cladheart

Decimoséptimo golpe — Noventa y dos minutos

Lo que se tarda en perder un Mundial. Lo que tarda una comedia romántica en ablandarte el cerebro. Noventa y dos minutos en la sala de espera de la enfermera, con tres pacientes por delante. Noventa y dos minutos en los que escribir cuatro correos de trabajo, jugar un par de sudokus y memorizar los carteles de la consulta. «No se permite la venta ambulante en este centro», decía uno, y firmaba La Dirección. ¿En serio? Desde luego, si habían tenido que ponerlo, era porque alguien lo había intentado. También había pósteres de paisajes de Palencia y Zamora. Debajo se podía leer —y transcribo textualmente—:

 

SE ACONSEJA A LOS SEÑORES USUARIOS QUE TRATEN ESTE CENTRO CON CIVISMO.

NO SE LLEVEN LOS CÁRTELES DE LAS PAREDES, POR EJEMPLO:

LOS PUENDEN ENCONTRAR EN LAS OFICINAS DE TURISMO Y SON GRATIS.

TODOS QUEREMOS ESTAR EN UN CENTRO LIMPIO Y AGRADABLE.

INTÉNTENLO NO ES DIFÍCIL.

 

¡Joder! ¿La gente se lleva pósteres del ambulatorio a su casa? Y, ¡maldita sea!, si imprimes un cartel —y no un cártel— tan mal escrito, ¿nadie es capaz de hacer una segunda versión o tener la decencia de tirarlo a la basura?

Noventa y dos minutos, digo, en los que los pacientes entraban y salían envejecidos. Cuando la enfermera se llevó a la última a la sala de curas, en la planta inferior, y cerró con llave la consulta, pensé que me habían enchironado en Soto del Real para siempre. Me quedé solo, sin más compañía que un móvil casi sin datos y unas fotos de un pueblo de Palencia nevado. Supe que nadie iba a volver a por mí, que podría quedarme allí sentado infinitamente y me convertiría en otra silla más de la sala. Apareció una chica, al rato, pero no sé si fue real o un espejismo, porque se fue tal y como vino: llegó hasta mi altura, pero no pareció reparar en mí. Pensé en buscar algún espejo y comprobar si me había evaporado. Entonces sonó el clic esperanzador que indicaba que tenía un mensaje nuevo en el WhatsApp. Por fin podría matar el tedio, pensé. Pero no.

         Hola, familia. La abuela está muy débil. Ha estado por aquí la médica y nos ha dicho que vayamos avisando a la familia por lo que pueda pasar. Lo digo para que lo sepáis e intentéis aprovechar los últimos momentos con ella.

Pude palpar el silencio. La rabia, antes que la tristeza, de estar encarcelado en una sala de espera mientras ella se apagaba. Pensé en correr, ¿pero de qué hubiera servido? Di vueltas a la silla, golpeé el estúpido póster de Palencia y respiré hondo. Calma, Johan. No puedes hacer nada. De pronto, gente. Adolescentes, llegando a la consulta de tres puertas más allá. Hablaban alto, aunque nada entendía de lo que decían. Tampoco advirtieron mi presencia. Hablaban entre ellos, pero cada uno miraba su móvil. En uno de esos artefactos empezó a sonar un ruido infernal. Alguien cantaba como un gato mordido por un lobo y un sonido mecánico entonaba sus notas, en lo que parecía un robot canturreando sobre un ritmo apocalíptico. Un vídeo corto, pensé, déjalo pasar. Pero no: un álbum entero.

Debe de ser que los cascos ya no existen, no sé. Tal vez, al ser artefactos con cables, la juventud ya no los usa, aunque juraría que también los he visto sin cables en Internet. Ese hijo de puta estaba poniendo su música de mierda mientras mi abuela se moría. Justo enfrente del cartel de «Silencio, por favor. Apaguen sus móviles». Los miré con rabia. Golpeé la silla. «Me cago en tu puta madre», dije en alto. Dio igual. Yo era invisible. Yo había dejado de existir. Quise ir allí a estrangularlos con mis propias manos o, al menos, a señalar el cartel que tenían delante. Pero no lo hice: sonó el teléfono. Era mi madre.

         —Vuelvo al pueblo, voy con la abuela, la médica la ha visto muy mal.

         —Lo sé, ¿vas sola? ¡Tranquila! ¿Estás bien?

No me escuchaba. Me colgó sin responder. Además de ser invisible, parecía ser inaudible también. Al fin el universo respondía a mis plegarias y me concedía el don que tanto había anhelado. Aunque, cuando pedí superpoderes a los trece años, Universo, me refería más bien a poder entrar al vestuario de las chicas sin ser visto.

Los adolescentes se marcharon, y, con ellos, la estridencia. Y volvió la soledad, los pensamientos agolpados a la puerta, uno tras otro pasando por mi cabeza. Ya pensaba en huir para siempre y aceptar mi invisibilidad cuando la enfermera volvió. Me miró a la cara cuando se cumplía el minuto noventa.

         —¡Pero, hombre! ¿Tenías cita? ¿Cómo no me has dicho nada?

Porque no hay peor ciego que el que no quiere ver, señora.

Universo, tenemos que hablar de esos superpoderes otra vez.

Publicado la semana 17. 28/05/2017
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