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Johan Cladheart

Decimocuarto golpe — El escritor del No

A veces pienso que hay una fuerza invisible que nos empuja a elegir un nuevo libro, como si el libro ya nos hubiera elegido a nosotros. Confieso que con frecuencia escojo más bien al azar, por el número de páginas o por lo que —dicen— no pueden ser juzgados los libros: su portada. Intento seguir recomendaciones de gente a la que admiro o a la que quiero. Pero suelo encontrar lo que busco.

No quiero decir con esto que tope con obras maestras encadenadas, ¡qué más quisiera! Muy al contrario, como en el cine, hay que comer mucha tierra para dar con una trufa. Pero esa fuerza ha de existir de algún modo, como sugería Zafón en El cementerio de los libros olvidados. Siempre se topa uno con el mensaje que buscaba en las líneas de otro autor, de otro tiempo, cultura o lugar. Claro que uno interpreta lo que ya le ronda la cabeza, igual que uno cree lo que quiere creer. Es así como de un texto sacamos una conclusión a medida que nos hace creer que estaba escrito para nosotros por algún plan enrevesado del universo. Claro está que, si al autor le contáramos qué hemos sacado en claro, probablemente se llevara las manos a la cabeza arguyendo nuestra equivocación. Pero un libro no es una sola historia, sino una historia por cada mente. A veces creo que leer a otro autor no es más que una manera de reivindicar lo que ya se cree, si hay suerte de verse apoyado por alguna frase ingeniosa. Es así, después de escribir mi decimotercer insomnio, en el que anunciaba que venía un tiempo de pausa y reflexión en lo que a mi escritura se refiere, como topé, en el momento justo, con Bartleby y compañía, de Enrique Vila-Matas. Un texto acerca de los «escritores del No», los que abandonaron o nunca llegaron a escribir, y, sin embargo, seguían formando parte predilecta de la literatura.

E interpreto como hechas a mi medida reflexiones como la de Joseph Joubert, que se preguntaba lo siguiente: «Pero ¿cuál es efectivamente mi arte? ¿Qué fin persigue? ¿Qué pretendo y deseo ejerciéndolo? ¿Será escribir y comprobar que me leen? ¿Es eso lo que quiero?». A la que añado yo: ¿es que dependo del público? ¿Tendría más motivación si fuera más leído? ¿Se me puede llamar escritor sin un libro en la calle? ¿Soy acaso uno de esos escritores del No? En cuanto a lo del público, se recoge también en el libro un pensamiento de Séneca: «La fama es horrible porque depende del juicio de muchos». Obviamente la repercusión y la fama no siempre van acordes al talento, y, en estos tiempos de poetastros de Twitter e Instagram, mucho menos. Pero ya Melville, a mi edad, llegó a la conclusión de que había fracasado. ¡Y él ya había escrito Moby DickBartleby, el escribiente! ¿En qué lugar me deja eso a mí?

Otro aspecto para meditar es el trabajo en sí. Es cierto que por carácter y fortalezas es un trabajo que me va como anillo al dedo, casi el único —otra cosa es el acierto con el que se haga—, pero también es verdad que es un rol huraño y desprendido. Juega Vila-Matas con su personaje, diciendo: «He sido afortunado, no he tratado personalmente a casi ningún escritor. Sé que son vanidosos, mezquinos, intrigantes, egocéntricos e intratables. Y si son españoles, encima son envidiosos y miedosos». Y, sinceramente, sin libros ahí fuera, siendo un frustrado escritor del No, me veo bastante reflejado en esos adjetivos. ¿Es escribir lo que de verdad quiero?

En uno de mis poemas —esos que algún día harán que deje de ser escritor del No— lo digo: «¿Crees que quiero ser escritor? ¡Qué más quisiera yo que dejar de escribir!». Escribir es perderse la vida. Es hacer fotos de los momentos en lugar de vivirlos. Es huir pausadamente de la vida hacia otra imaginaria. Es conveniente —y prudente— no confundir la ambición de ser lector con la de convertirse en un perfecto lector, aunque son, me temo, ocupaciones complementarias. De momento, mientras me hago todas estas preguntas, tengo una más urgente y admito —es más, deseo— sugerencias: ¿qué libro elijo ahora?

Publicado la semana 14. 28/05/2017
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