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Johan Cladheart

Undécimo golpe — Las vidas que no he sido

El tiempo avanza en una sola dirección, inexorable y constante, sin permitirnos siquiera la pausa. Y sin preguntar. La vida debería tener un botón para guardar la partida, como en los videojuegos. Así, tal vez, seríamos capaces de vivir —y no sólo imaginar— los millones de vidas que podríamos haber tenido si una sola de nuestras decisiones hubiera sido distinta. No quiero remontarme a la posibilidad de que mis padres no se hubieran conocido, o a la de elegir un gen más de allá y otro menos de acá a la hora de crearme. Ni siquiera a la infancia, donde la familia, clase social, lugar de nacimiento, época histórica y circunstancias personales marcan fuertemente un carácter. Me refiero a esas bifurcaciones, a esas pequeñas decisiones que permanecen en la memoria y, de cuando en cuando, te hacen preguntarte qué hubiera pasado de haber elegido cara y no cruz cuando tiraste la moneda.

¿Qué hubiera sido de mí, por ejemplo, si aquel profesor de instituto no me hubiera acertado de pleno con un borrador en plena clase? Tal vez no hubiera sacado sobresalientes en matemáticas después y no me hubiera ido por la rama de ciencias. Tal vez mi camino a las letras se hubiera hecho más corto. O puede que, si hubiera estudiado letras entonces, ahora las odiara. O a lo mejor habría seguido dibujando en aquel cuaderno mientras aquel tipo alto y enjuto explicaba —y lo hacía muy bien— la lógica matemática, inventando formas con mi nombre y caricaturas de profesores sin adivinar para qué demonios me servía a mí una ecuación de tercer grado. Puede que hoy supiera dibujar y fuera un gran artista, tatuado hasta la cara, con barbas hasta el pecho, disoluto, solitario y desordenado, en lugar de tener esta mente lógica, trastornada y controladora que tengo ahora.

¿Qué habría sido de mí si hubiera sido capaz de reconocer a tiempo a aquella chica seria y ausente de mi clase que resultó ser —lo supe mucho después— mi mejor amiga de la guardería? Pasé años pensando qué sería de ella, si tendríamos algo en común, si tal vez fuera el amor de mi vida o si podríamos haber seguido siendo mejores amigos. Y la tenía delante de mí. Bueno, más bien a la derecha, cinco filas más allá, absorta, aprendiendo, mientras yo miraba por la ventana y un tipo alto y enjuto hablaba de lógica matemática haciendo garabatos en su pizarra. En mi defensa diré que no era fácil reconocer a aquella niña risueña —con su quiqui, sus mejillas rubicundas y sus vestidos de colores— en esa adolescente de jersey alto, seria y casi muda, que no pintaba con los dedos y no jugaba con bolas de papel de aluminio en el patio. Tal vez no fuera ella después de todo.

¿Qué habría sido de mí si aquella niña de sexto no me hubiera aterrorizado pidiéndome que fuera su novio? ¿Y si hubiera aceptado? Tal vez me hubiera casado con ella y tendríamos cuatro hijos. Tal vez nunca hubiera conocido a mi mujer. Tal vez hubiéramos ido a séptimo y a octavo de la mano y hubiéramos pasado por alto las risas de los demás niños que no conocían el amor. Tal vez hubiera ido a su instituto para que la vida no nos separase y hubiéramos perdido la virginidad juntos de manera precoz. Quién sabe, quizá un hijo inesperado a los dieciséis, el pequeño Daniel, que hubiera crecido mientras sus padres todavía tenían cuentas pendientes con el alcohol y la marihuana. Quizá más tarde, después de Sol, David y Marta, hubiera conocido a la que es hoy mi mujer en un bar del centro, mientras salía con unos amigos, y tal vez —y sólo tal vez—, le hubiera puesto los cuernos con ella.

¿Qué hubiera pasado si, cuando tuve que elegir, hubiera elegido acabar la carrera y dejar el trabajo? ¿La habría acabado? ¿A qué me dedicaría? Habría conocido a un montón de gente diferente y hubiera dejado de conocer a tantos otros... ¿Sería yo? ¿Viviría en mi casa? No lo creo. Tal vez en el norte de Madrid, o tal vez en Canadá, picando líneas de código en una importante multinacional, con quince kilos más y una casita a las afueras, sin tiempo para hijos o aficiones porque estaría haciendo algo importante con mi vida. Comería en restaurantes, compraría de forma compulsiva por Internet, leería aburridos libros clásicos y maldeciría a los mendigos que pidieran limosna a mi paso, pensando que deberían buscarse un trabajo, los muy gorrones.

¿Qué habría sido de mí si aquel pino anciano hubiera estado un metro más a la izquierda y en lugar de destrozar la parte trasera del Patrol me hubiera destrozado a mí? Bueno, probablemente yo hubiera dejado de ser y hubiera descubierto ya qué se esconde detrás del telón de este teatro. A buen seguro, sin recuerdo de mí, como si nada de esto hubiera pasado, incapaz de encontrar la conexión o recordarme.

Somos millones de vidas posibles, o eso parece. Hay quien dice que se genera un multiverso por cada disyuntiva que se nos ofrece. Pero ¿y si el camino ya estuviera hecho? ¿Y si esto no son más que unos raíles que van a parar a un sitio oscuro y desconocido? En serio, si volviéramos a nacer en el mismo instante y en el mismo entorno, ¿repetiríamos nuestra vida paso a paso como si fuéramos un maldito programa de ordenador? ¿Somos algo más que nuestras circunstancias? ¿Se podría conocer el futuro o predecir nuestro comportamiento si dispusiéramos de un número de valores y variables suficiente? ¿Pintamos algo aquí por el hecho de tener una consciencia y una memoria volátiles?

Los afortunados que entienden que la vida es absurda e intranscendente tienen la oportunidad de aprovecharla. La suya, claro, no los millones de vidas que no fueron. Los estúpidos que saben que sólo están aquí para jugar y descubrir. Que la asignatura importante es la del recreo. Los frutos que no quisieron madurar. En mi próxima vida —y esto va a quien corresponda—, si no es mucho pedir, que me toque ser uno de ellos.

Publicado la semana 11. 28/05/2017
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