10
Johan Cladheart

Décimo golpe — El enfado

Tenía que pasar. Lo de no tener nada que contar esta semana, digo. Admiro la capacidad que mucha gente tiene de darle importancia a las cosas. Y, además, de no avergonzarse al escribir sobre ellas. Ahí están, en sus redes sociales, bombardeando a diestro y a siniestro con banalidades y listas de estupideces. No sé si los han visto, a los poetastros escribiendo notitas y haciéndoles fotos, con miles de seguidores que vienen de una remota parte de Asia. O los que hablan de cómo ser un perfecto feminista, como si de una ciencia se tratase. Cualidades y virtudes del uso del hiyab, parte primera. Envidio sinceramente esa capacidad de generar contenido, por mucha basura que contenga. Lo que sí tengo, por contra, es una capacidad asombrosa para el enfado. Verbigracia:

Me enfadan las noticias. Son, literalmente, dos minutos los que tardo en bramar en voz alta cuando mi mujer comete la imprudencia de informarse. Desde hace tiempo he dictaminado que soy más feliz desenchufado de la antena. Al fin y al cabo, ¿a quién le importa la verdad cuando informar es un negocio?

Me enfada bajar al portal y ver el barrio lleno de basura. En serio, es digno de estudio. Un día vi a dos tipos salir de un bar, iban en dirección a otro local que estará a setenta metros. Bueno, pues tuvieron que orinar en la calle, a medio camino. Hay botellas, envases, latas, restos de obras, vómitos y objetos inverosímiles. No puede haber una sociedad libre si las calles están llenas de basura. Estoy seguro de que son los que después despotrican porque el servicio de limpieza no hace su trabajo. Como si su trabajo fuera educar a una panda de hijos de puta.

Me enfadan los señores que cruzan despreocupados por la carretera a tres por hora. A veinte metros del paso de cebra. Me enfada pitar, pero lo hago; no por creerme mejor que nadie, sino porque erróneamente pienso que, si alguien les llama la atención, la próxima vez se lo pensarán dos veces. Y no para que lo piensen dos veces, sino para ahorrarles un hipotético atropello la próxima vez que se los cruce un cafre y no un enfadado.

Me enfadan los perros. El número de perros, quiero decir, y sus dueños. ¿Cuánta gente tiene perros? ¿Cuántos perros tiene esa gente que tiene perros? ¿Cuánta gente se siente sola? ¡Maldita sea! Perros del tamaño de un caballo en pisos de cuarenta metros. Perros grandes sueltos, mierdas de perro en el suelo. Mierdas de caballo también —los policías no llevan bolsita—. ¡Chavales organizando peleas de cachorros! Otros que sacan al perro para fumar porros. Perros grandes paseando a señoras mayores. Perros orinándolo todo. Perros e hijos de perra.

Me enfadan los tipos que por no moverse veinte metros más allá aparcan su coche dificultando la salida de otros que sí están en una plaza de aparcamiento. Me enfadan los que dejan el coche en doble fila para comprar en el chino teniendo huecos de sobra para aparcar.

Me enfadan los señores impacientes que se cuelan en el mercado. Los de «Ay, perdona, no me he dado cuenta». Los que no tienen nada que hacer en todo el santo día excepto tener prisa.

Me enfada la estupidez y no hay nada más estúpido que enfadarse.

Me enfada la impuntualidad. La impuntualidad adrede, a sabiendas, la de las dos pelotas colgando en punto, la de llegar cuando les parece sin motivo. ¿Y qué se puede hacer? Ser puntual y dar ejemplo. ¿Y qué le pasa al puntual? Que se jode esperando.

Me enfada esperar.

Me enfadan los conductores que hacen las rotondas por dentro.

Me enfado cuando no se me ocurren más cosas por las que me enfado.

Me enfado cuando me falta el trabajo y me enfado más cuando me sobra.

Me enfadan los libros que me aburren, y me enfada más no poder dejarlos a medias.

Me enfadan los pocos valores de la música que hoy escuchan los chavales y me enfada ser el abuelo cebolleta que lo diga.

Me enfadan los raperos que escriben libros de poesía en los que no hay una mísera rima.

Me enfadan los raperos que, en el nombre del rap, hacen pop de los ochenta, obras de teatro, pop, el adefesio ése que llaman trap, canciones de cantautor, o los que se ponen melodramáticos.

Me enfadan los medios que ponen mi disco sin preocuparse ni de cómo se pronuncia mi nombre y me enfadan más los que no lo ponen.

Me enfadan los que confunden el imperativo con el infinitivo, los leístas, los laístas y, sobre todo, me enfadan los que te sueltan «qué más da, el caso es entenderse».

Me enfadan las conversaciones banales y estúpidas de cortesía, y me enfadan más los que se enfadan cuando desconecto.

Me enfadan los que van de revolucionarios con la nevera llena de Coca-Cola.

Me enfada la rutina y me enfadan más las sorpresas.

Me enfada que les enfade que me divierta discutir. ¡Me encanta discutir! ¿Qué hay de malo? Es la única maldita manera de sacar algo en claro de una conversación: hacer de abogado del diablo. Discutir es a hablar lo que follar a masturbarse. Porque hablar enfadado, queridos conversadores nimios, es la única manera de no dormirme mientras me habláis.

Me gusta enfadarme, es mi forma de ser. Es mi humor. El de meterme con la gente. Soy un perro ladrador, como los que sueltan por el parque que me enfadan tanto. Le tengo cariño al enfado. No es tan difícil de entender.

¡Hala! Ya lo habéis conseguido. Me he enfadado escribiendo esto. Idos un rato a la mierda todos.

Publicado la semana 10. 28/05/2017
Etiquetas
Compartir Facebook Twitter
Género
No ficción
Año
I
Semana
10
Ranking
0 227 6