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Johan Cladheart

Primer golpe — El rapto

Me dejaron inmovilizado en una vieja silla giratoria que chirriaba con debilidad. Me ataron del cuello y cubrieron mi cuerpo con una capa de tela gruesa de intenso color rojo. Cuando pude abrir los ojos, un gran espejo mostró mi rostro cansado, lívido y ojeroso. Detrás de mí —lo vi a través del mugriento cristal— estaba sentado, en un sofá largo y oscuro, un hombre de unos cincuenta años, de corte militar, canoso, con la tez oscura y el abrigo puesto. Me escudriñaba con ojos vivos, pero con gesto solemne. Hubiera jurado que no pensaba en nada. Mi captor se erguía a mi derecha, con una barba cuidadosamente definida y una vieja camisa amarilleada y unos vaqueros anchos. Parecía algo más joven que el jefe —el tipo del sofá me parecía el jefe— y daba vueltas alrededor de mi silla con una sonrisa cordial que contrastaba con el brillo diabólico de sus ojos. Hablaban en alguna lengua árabe, casi sin gesticular, y no fui capaz de intuir el tema de su diálogo.

—¿Lo de siempre? —espetó al rato el que estaba de pie.

¿Qué era lo de siempre? ¿Por qué lo dijo en castellano? La figura del sofá seguía inmóvil, moviendo sus brillantes ojos hacia los reflejos de nuestras imágenes. Mantenía su tobillo apoyado en su rodilla, entrelazando las manos. Apenas movía los músculos de la cara para hablar.

La mugre del suelo cubría las baldosas negras yblancas de aquel local antiguo, de principios de los sesenta —o eso pensé yo—,con pinta de ser usado esporádicamente para ciertos trabajos. A la derecha del jefe había un televisor minúsculo que mostraba imágenes de un noticiario, sin volumen. Delante de mí y debajo del espejo había un par de enchufes, entre sucios y quemados. La atmósfera era turbia y la luz eléctrica, blanquecina, parpadeaba a ratos.

Intenté mover los brazos sin éxito. El lacayo afilaba una cuchilla al fondo de la sala y a su lado unas tijeras grandes reflejaban la luz. El sonido de aquello me heló la sangre. Después me sujetó la cara con una mano y me acercó la cuchilla, sin mirarme. El diálogo entre ellos se reanudó antes de que me rozara la piel.

Interpreté que hablaban de rutas. Reconocía palabras sueltas, como «kilumetr», «Madrid», «Cenicientos», «Toledo», «Ávila», «Príncipe Pío» o «autobús». Supuse que concretaban dónde enterrar mi cadáver o, en el mejor de los casos, dónde transportarme para quién sabe qué. Escuchaba cada palabra con atención, con la esperanza de entender algo más.

El tipo de la camisa ejecutaba como un experto, de manera rutinaria, y seguía la conversación mientras clavaba su cuchilla en mi rostro y en mi nuca. Movía mi cabeza buscando los puntos exactos de corte, como un cirujano realizando una obra de arte macabra. Estaba tan paralizado por el miedo que no podía ni gritar. Mis músculos estaban tensos y sentía cómo aquella cuchilla atravesaba mi piel. Quise hablar, defenderme de alguna manera, decir que se habían confundido, que yo no era el tipo que estaban buscando, que no sabía qué hacía allí ni de qué demonios estaban hablando.

El lacayo me dio vueltas en la silla y el jefe parecía divertirse. Empuñó entonces las tijeras. La tortura prosiguió al tiempo que charlaban relajadamente, como si yo no fuera más que un pez muerto en el hielo de una pescadería. Después de una media hora me acercó al espejo, contemplando su sórdida obra, y apenas pude reconocerme después de aquella escabechina. Me miró complacido y dijo en voz alta:

—Ya está listo.

Me contemplé por unos instantes, tratando de recordar cómo era mi rostro. Mi voz pudo salir de mí al fin, aún temblorosa, para espetar un ridículo «Bien». El jefe seguía enfundado en su abrigo y miraba circunspecto. Entonces, el lacayo me liberó de la silla y me levanté a duras penas ante sus atentas miradas.

—Feliz año —le dije mientras le acercaba un billete de diez.

Felisaño para ti también, amigo.

Me despedí también del jefe, tomé mi abrigo y salí de la peluquería como nuevo.

Publicado la semana 1. 05/02/2017
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