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Hector Dominguez

Venerable Anciana.

Es la hora del crepúsculo.

La venerable anciana está sentada a la mesa.

Ha llegado hasta allí con dificultad, asistida por nosotros. Tiene la mirada y las piernas agotadas y su cabeza da vueltas como si volviera a casa aturdida después de navegar durante años. Como si volviera a casa vacía de otra costilla.

Comemos en silencio alrededor de la mesa de madera en que nos sentamos juntos por primera vez, mientras fuera, las sombras ya se encuentran con las hojas de los árboles de la mítica finca del Perú.

Lar conquistado por vosotros al que a menudo regreso en sueños, espacio entre real e imaginario por el que corrimos como a un lado del tiempo y por el que ahora caminamos a ciegas, con el peso de las últimas horas sobre los párpados, entre sombras y ausencias.

¿Abueliña mía, habrá llegado el momento de decir algo sobre ti? Pobres palabras traigo entre las manos, palabras que nunca te darán alcance, pero necesito decir algo acerca de la de los brazos fuertes y el paso enérgico de movimientos telúricos, la de la mirada despierta y encendida como si ardieran enigmas bajo sus cejas afiladas, o acercara el horizonte con los ojos, o me mirase a mí ahora, desde esta foto en blanco y negro, con ternura y vehemencia, gritando para que despierte de una vez y para siempre, a su nieto que envejece aunque todavía no ha nacido; dispuesta a todo, a encarar la vida con duende, con swing, a vivir con magnificencia y alegría, con el valor de quienes sostienen con la suya la mirada enigmática del día, de quienes viven desde el cuerpo, como una niña que salta la verja con sus hermanos, corre hasta el río, nada en el agua fría y estira sus brazos al viento hasta tocar el sol con la yema de los dedos. La esfera está ardiendo, pero ella, La Matriarca, no se quema.

Venerable anciana, siempre hemos sabido que tú eres la que provoca el movimiento febril e incesante de la finca y de su casa, que se desplazan contigo en el tiempo y que ahora caminan a ciegas y aturdidas como tú, entre sombras y ausencias.

Sabemos, también, que las patas de esta mesa no han dejado de temblar desde aquel día en que nos conocimos. La vibración huracanada de tu voz sigue palpitando dentro de la madera. Fuerza de la naturaleza que avanza y florece hasta en el desierto. Bosque casi intransitable de historias imposibles que son el templo del espíritu y la memoria imaginaria de nuestra familia.

Y solo es posible ver y escuchar a la que habla, habla, habla sin aliento, sin descanso, como si ya lo hubiera oído todo alguna noche, cerca del fuego, en una lareira, mientras se asaban castañas y se bebía vino joven y todas aquellas sombras de familiares desconocidos moviéndose en las piedras. El tiempo, ajeno a si mismo como las sombras, titubeando en los límites del cuerpo.

Tú voz que tantas veces nos ha abierto a la conversación y a la risa interminable. A la hora evaporada. Tregua del tiempo.

Venerable anciana, en esta hora funesta nos preguntamos si el soplo terrible del silencio avanzará igual que avanzó el musgo en las piedras de la casa, igual que avanzó floreciendo el miedo en mi corazón de niño.

Un salto delicado como el pétalo de la montaña que se deja querer por el viento, marchitándose en el vértigo.

¡No tengas miedo!, me dice ahora mi corazón lúcido, en este instante, me lo dice ahora, escúchame en esta frase y todavía podremos nacer de nuevo.

Escúchame, solo quiero que lo escuches, me dice,

que lo oigamos juntos.

Te querré siempre, Ángela, Abueliña del alma mía.

Publicado la semana 94. 12/11/2018
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Poesía
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II
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