33
Hector Dominguez

Venerable anciano.

Los venerables ancianos están sentados a la mesa. 

Es la hora del crepúsculo.

Han llegado hasta allí con dificultad, asistidos por nosotros. 

Tienen la mirada y las piernas agotadas y su cabeza da vueltas como si volvieran a casa aturdidos después de navegar durante años.

Comemos en silencio alrededor de la mesa, mientras fuera, las sombras ya se encuentran con las hojas de los árboles de la mítica finca del Perú.

Lar conquistado por vosotros para alegria de las generaciones venideras.

Espacio entre real e imaginario,  fruta madura que exprimimos en una infancia vivida a pleno pulmón, entre árboles y sombras que escondían tesoros.

Patria a la que uno siempre intenta regresar cuando anochece.

Pero seguimos comiendo en silencio alrededor de la mesa.

En silencio, sí, pero ese silencio es la máscara de una multitud de palabras. Demasiadas palabras. Cada uno de nosotros diciéndose tantas cosas hacia dentro. Y nos falta valor para iniciar una conversación importante, acaso la única importante.

Este es un tiempo extraño y sin nombre, y uno apenas puede preguntarse por los territorios innombrados. 

¿Abuelo mío, habrá llegado el momento de decir que las patas de esta mesa de madera todavía siguen temblando por la vibración huracanada de la voz embriagadora de la abuela, por su retahíla inabarcable de historias imposibles, que son el templo del espíritu y la memoria imaginaria de nuestra familia?

¿O habrá llegado el momento de confesarte lo mucho que te he observado a lo largo de mi vida, de decirte que en ti siempre he visto a un Gran Hombre, intentando ordenar el caos que nos impele, metódicamente, observándonos con ojos amorosos y discretos, desde alguna remota distancia, aislado pero unido al resto como el tronco, viejo y sabio, que participa sin apenas desplazarse del movimiento febril e incesante de sus ramas?

Libre, autoritario y valiente hasta para asentir al mirarle a los ojos a la muerte. 

Valiente y con el corazón lleno de fe en el paso de las estaciones frías.

Abuelo mío, tranquilo, tu sangre seguirá fluyendo vigorosamente por las nervaduras sagradas de nuestros cuerpos. 

Cuan vacía, cuesta imaginar cuan vacía estará la casa sin vosotros.

Venerable anciano, te quiero, te queremos y siempre te querremos mucho Don Manuel. Abuelo del Alma.

Publicado la semana 85. 17/08/2018
Etiquetas
Compartir Facebook Twitter
Género
Poesía
Año
II
Semana
33
Ranking
0 539 0