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Hector Dominguez

29 de Enero del año 2017. Madrid. "El silencio de Komitas"

29 de Enero del año 2017. Madrid. 02:30.

-¡Aquí estoy! Me encuentro en medio de todo esto viendo pasar el tiempo por la música de Komitas.

-El poeta Diego Maquieira dijo una vez: "Hay que confiar en el tiempo".

-Hace unos días anoté en este diario: "Aquella noche sentí que el tiempo era siempre destrucción". Olvidé apuntar el autor de esta frase.  No sé de donde viene ni tampoco hacia dónde va, pero creo que después del 24 de abril del año 1915 podría haber sido escrita por el propio Komitas.

-Hace unos meses, en un museo de Erevan, rodamos un plano detalle de un papel viejo y arrugado cubierto de notas musicales. Era la última partitura que escribió Komitas. ¿Intuiría entonces, el músico armenio, que en su mundo estaba a punto de estallar una tormenta perfecta que lo terminaría borrando todo?

-Hace unas horas, Clariña, me ha llamado para decirme que su abuela ha fallecido. Ha pasado sus últimos días sedada y acompañada por sus hijos y nietos, esperando.  Eloisa nació en 1917 por lo que este año habría cumplido 100 años. Imagino que mirar atrás a los 99 años y pensar en tu infancia, será un viaje tan desbordante e improbable como pensar en el número de veces que ha tenido que morir y volver a nacer tu propio yo para convertirse en ese rostro de anciano que se mira ahora en el espejo... Ahora tengo 32 años, y mientras me miro al espejo me pregunto cómo y porqué he llegado a este punto del mapa y no a otro. Y me pregunto, también, si algún día descubriré si hay algo en mi interior que permanezca intacto desde el comienzo, alguna especie de hipotética substancia oculta en lo profundo o visible en la superficie.

-Hace unos años, la noche que murió mi abuela Teté, Yoka, mi padre, dejó de tener miedo a los fantasmas que viven en los hospitales y en los edificios institucionales en los que ha pasado tantas noches de su vida como vigilante de seguridad. Todo el que miró a los ojos de mi abuela supo, al instante, que estaba ante la bondad en persona. Mañana buscaré una fotografía de cuando era niña y me fijaré con una lupa en su mirada. Estoy convencido de lo que encontraré.

-Cuando miro con detenimiento a los ojos de Yoka y a los de Esther, mis padres, veo, con toda claridad, que cada vez son más jóvenes. Ahora tienen 54 años, es evidente que sus cuerpos cambian, que siempre van hacia delante, como cuando estás dentro de una canción de Michael Nayman, pero hay algo en ellos que me evoca ese tiempo en el que tuvieron 32, exactamente la edad que tengo yo ahora. Me imagino (cosa que no me había sucedido nunca hasta el momento) que somos de la misma quinta, buenos amigos y bastante parecidos físicamente. No sé si es que hay algo dentro de mi que se niega a ver que el tiempo pasa por ellos, o si para un hijo sus padres solo tienen una edad, siempre la misma, y cuando son jóvenes ya se los imagina viejos y viceversa, como si todas las fotos de una vida fueran una sola: el instante que captura la esencia permanente del padre o de la madre. Una imagen concepto tatuada a fuego en la memoria. Aunque también puede ser que al llegar a los 50 el ser humano se despida definitivamente de los que fueron sus 30 y, por eso, experimentamos esta mutación que se me hace evidente y muy sutil al mismo tiempo, pues solo es perceptible si miramos intentado ver las diferencias. Por otro lado, existe una relación misteriosa entre este fenómeno y la ciencia del sueño: soñamos más profundo, con películas más narrativas, justo antes de abrir los ojos. Y por otro lado más, Clariña, me ha hecho ver que el día que nací mi madre perdió algo: Esther siempre tuvo una melena rizada bellísima, envidiable. Yo nací calvo por lo que mi madre pudo conservar su cabello durante un tiempo pero poco a poco, mientras mi pelo brotaba rizo el suyo se volvió liso. Ahora, su melena riza envidiable camina conmigo. Con esto quiero decir que, sin lugar a dudas, en medio de toda esta relatividad hay cosas que pasan.

-Hace unos días en una película inmensa de Apichatpong Weerasethakul, un hombre gravemente enfermo, a punto de morir, habla con el fantasma de su mujer, muerta desde hace varios años. Ella: "El cielo está sobrevalorado, los fantasmas no estamos ligados a un espacio concreto, estamos ligados a personas". Él: ¿Entonces dónde debo buscarte cuando muera? Justo en ese momento pasamos a otra secuencia. Lamentablemente la humanidad nunca sabrá lo que le responde el fantasma.

-Hace más de cien años, el 24 de abril del año 1915 (día considerado como el comienzo del genocidio Armenio), Komitas, músico y monje armenio, fue arrestado. Gracias a la ayuda de varios amigos influyentes fue liberado unos días después, escapando, de esta forma, de una muerte segura. Pero para entonces, Komitas ya había mirado a los ojos del diablo y las nubes negras de la locura borraron todo su mundo. Y en 1917, el año del nacimiento de Eloisa, Komitas ya estaba ingresado en un hospital psiquiátrico militar en Turquía y hasta su muerte en el año 1935 en otro psiquiátrico de París, nadie volvió a escuchar música nueva de Komitas.

-El Andrei Rubliev de Tarkovski también decidió guardar silencio y no volver a pintar iconos nunca más. Eligió este camino después de descubrir los ojos del diablo en la mirada de los hombres. A partir de ese momento, comenzó a vagar en silencio por el mundo. Pero después de muchos años viviendo como un fantasma, un día, el pintor y monje ruso, contempla un milagro inesperado: Ve como un joven, al que la fe le nace de las entrañas, construye una hermosa campana para el príncipe, sin tener, en realidad, ni la menor idea de cómo hacerlo, dejándose guiar únicamente por su instinto. Y cuando todo el pueblo celebra que la campana suena, por fin, el joven, exhausto, lejos, muy lejos de cualquier sentimiento de gloria, se derrumba llorando. Entonces, Rubliev se le acerca para consolarlo y antes de que la película termine vuelve a hablar diciendo: "¡Vamos, levántate. Viajaremos juntos, yo pintaré Iconos y tu construirás campanas!"

-Así que aquí estoy, en medio de todo esto, viendo pasar el tiempo por la música de Komitas al que escucho mientras escribo este texto, sin saber si todo esto que digo pierde sentido a medida que lo escribo o si por el contrario le voy encontrado un significado. Lo bueno es que, sin lugar a dudas, en medio de toda esta relatividad hay algo que pasa siempre de la misma forma: el tiempo. ¿O no?

-Precisamente en el año 1915, el año en el que Komitas fue arrestado, Albert Einstein predijo que la aceleración de grandes masas en el universo libera energías en forma de ondas que curvan el espacio-tiempo. Esta es la base de su teoría de la relatividad. 100 años después, en el 2015, cuando Eloisa tenía 98 años, en el Observatorio de Interferometría Láser de Ondas Gravitacionales (LIGO), en EEUU, demostraron que Einstein tenía razón: el espacio y el tiempo se curvan. Lo que detectaron, fueron dos señales procedentes de dos agujeros negros que se fusionaron hace más de 1300 millones de años. Concretamente una señal idéntica llegó con siete milisegundos de diferencia a los dos detectores gemelos de LIGO, situados a 3.000 kilómetros de distancia entre sí. Lo que creo que significa algo así como que por un instante un segundo fue distinto a otro segundo. Así que aquí estoy, en medio de todo esto, intentando verlo todo del revés, buscando una forma de entrar y salir para lograr seguir caminando hacia delante y creo que lo único que puedo hacer es elegir, y elijo escuchar al poeta Diego Maquieira, y aunque no esté seguro de lo que es o de lo que provoca a su paso decido tener una confianza radical en el tiempo. Lo cual creo que significa algo así como vivir pensando que llevamos una brújula imaginaria en las entrañas. Brújula para entregarse sin miedo a lo que venga: sea el propio miedo, el amor o  la muerte.

FIN.

NOTA ESCRITA POR EL BISNIETO DEL BISNIETO DE QUIÉN HACE MÁS DE UN SIGLO ESCRIBIÓ ESTE DIARIO: 29 Enero del año 3079. Cuenca Colgante. 20:12//12:20 (HORA ESPECULAR, CAPICUA) Ayer descubrieron que ondas gravitacionales provocadas por la desintegración de dos agujeros negros hace muchísimos años han afectado notablemente al tejido espacio-temporal de una película. Concretamente se trata de una película inmensa del genial Apichatpong Weerasethaku. El espacio-tiempo de la película se curvó hasta tal punto que reveló un fragmento de la cinta que había permanecido oculto durante más de 100 años. Gracias a este descubrimiento, la humanidad puede saber, por fin, dónde ha de buscar el hombre enfermo a su mujer fantasma.

Publicado la semana 7. 05/08/2017
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