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Hector Dominguez

20 de abril del 2019

1 Pobres palabras traigo entre las manos. Palabras que nunca te darán alcance porque tus pasos, que hacían temblar el suelo de la casa, les van por delante y tus manos nos han acariciado más y mejor de lo que nunca lo hará cualquier poema. Nuestras sombras son palabras entre las que caminamos a tientas, con el peso de las últimas horas sobre los párpados. 

2 El silencio y la quietud en los que te viste atrapada durante tus últimos meses no se ajustaban a ti, eran como un disfrad macabro. En ese estado había algo imposible de asimilar para ti y para nosotros que crecimos viéndote como una fuerza de la naturaleza fuera de control, perpetuamente joven y fuerte. Siempre en movimiento, hablando sin parar y sin escuchar a casi nadie. Puro duende. Te parabas con los pies clavados en el suelo, una pierna un poco más adelantada que la otra y, desde allí, decías cosas increíbles con tu voz huracanada, cosas fascinantes y extrañísimas que tanto nos asombraron e hicieron reir. Historias que son el templo del espíritu y la memoria imaginaria de nuestra dionisiaca familia. 

3 Mi madre, dijo la otra noche que algún día nacerá alguien parecido a ti en la familia. Alguien que, como tú, se beba la vida. El epicentro de una familia. Ojalá alguno de nuestros hijos se te parezca. 

4 Gracias por habernos dado tanto. Nos diste la vida, los días felices y una voz. Nunca olvidaremos tu voz algo rasgada, vehemente y encendida. Es imposble.

5 Gracias también a Yoka, mi padre, por cuidarte y acompañarte en tu transito hacia la muerte. Tampoco olvidaremos ese gesto de ternura y de entrega absoluta. Durante esos últimos meses tu le decías “ Mi caballero Andante” y el a ti “Mi amor.”

6 Nos veremos en la eternidad y en el aire.

7 Nuestras sombras son palabras pero hay un verbo que las alumbra. Te querré siempre, Ángela, Abueliña del alma.

Publicado la semana 120. 20/04/2019
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Género
Poesía
Año
III
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16
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