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Hector Dominguez

Navidad 2018-2019

1 Entro en una casa enorme y vacía con los ojos cerrados. La casa es más ancha que nunca. Miro la chimenea apagada. Es tan oscura como una pantalla de cine negra sobre la que ya no se proyecta ninguna mirada. Las casas sin fuego desaparecerán en la oscuridad de esa pantalla.  

2  Miro el fuego con los ojos cerrados y veo a mi abuelo, Don Manuel, sentando en la cabecera de una mesa amplia en torno a la que nos reunimos primos, primas, tíos, tías, y hermanos. Mi abuelo nos mira en un silencio colmado de palabras serenas y benévolas, mientras, Ángela, mi abuela, entra y sale varias veces por el otro extremo del salón, moviéndose y hablando sin parar, delirante, puro duende. Entre uno y otro hay una bóveda de cuarzo rosa invisible que nos hace permanecer unidos. El olor es cada vez más intenso como aquella mañana en el bosque. Entonces, mi abuelo, me mira directamente a los ojos y comprendo para que escribo estas palabras. Mirar es hablar de nuevo.  Se escuchan truenos dentro de la pantalla oscura.

3 No era consciente pero esas navidades, hace ya 2 años,  vivimos el año de la abundancia.  Tenía 32 años y mi corazón latía con más fuerza que nunca. Los aromas más intensos se concentran en el bosque antes de la tormenta.

4 Entro en una tienda del centro de Madrid con los ojos abiertos. Son las segundas navidades que trabajo aquí. La calle está repleta de gente: familias, parejas de enamorados, mujeres con la barriga más ancha que nunca porque la vida también ensancha el espacio, vagabundos valientes y con una dignidad que sorprende, tan esbeltos y lectores como Don Quijote, borrachos que cantan y gritan a personas invisibles, cada vez el olor a vino caliente, a canela y a tierra mojada es más intenso. La masa camina y compra frenéticamente. Como si todos nuestros movimientos giraran en torno al centro del tío vivo que alumbra mi cabeza en estas tardes desoladas del invierno, o en torno al centro de la tierra. Pienso en hacer una película en la que todos los personajes se muevan en círculos y en el centro del círculo: los ojos de mi abuelo. Entonces comienza la tormenta, la gente corre a cobijarse y, mientras vendo un paraguas tras otro, noto como toda esa exuberancia de aromas desaparece, dando paso a otra cosa, ineludible y pura. La lluvia es lo único transparente que les sucede a las ciudades dijo el poeta Hugo Mujica.

5 La tormenta desaparecerá, pero tus ojos, Don Manuel, oscuros como los nuestros, encenderán el fuego dentro de la pantalla,  devolverán el olor al bosque que habita en las entrañas de la tierra y hablaremos con los ojos encendidos.

Publicado la semana 102. 03/01/2019
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Género
Poesía
Año
II
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