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Laura Pesquera

La primera helada

Llevo las medias puestas, y las bragas, pero los centímetros de piel que faltan por cubrir se erizan para hacerme notar su desnudez.

Túmbate en la camilla —me dice la enfermera, y me tumbo. —¿Qué pecho es?

—El derecho.

—Ah, pues entonces tienes que ponerte al revés, para que la doctora se coloque en este lado —mientras lo dice va cambiando el ecógrafo de sitio, qué suerte que tenga ruedas y sea tan fácil desplazarlo.

La miro mal. No puedo evitarlo. Hago lo que me ha dicho, porque soy ridículamente obediente, pero no quiero hacerlo. No quiero moverme, no quiero tumbarme, no quiero estar allí. No quiero que me hagan una biopsia. No quiero tener cáncer.

La enfermera sigue a sus cosas. La verdad es que tiene cara de buena persona, con muchas más arrugas en los ojos y a los lados de la boca. Seguro que son de reírse, pienso. Las mías no son así.

—Tengo frío ­—le digo con desdén. Ella me responde alcanzándome una gasa que apenas sí me tapa el abdomen.

—Ya verás como es muy rápido. Voy a buscar a la doctora —y se va y me deja allí sola, con la puerta abierta, tumbada en una camilla en una sala de un solo color y un único punto de luz que enfría aún más la habitación.

Afuera oigo a gente riéndose. No veo sus caras, aunque puedo imaginar con nitidez sus manos removiendo el café, hablando de esto y lo otro. Ajenos a los que estamos de paso en su hospital.

El tiempo se vuelve parco. Me abandona y yo, en venganza, abandono el momento cerrando los ojos hasta que siento los pasos de alguien acercándose a mí. Los abro. Una mujer vestida con bata blanca está a mi lado y me mira con gesto amable.

—Tengo frío ­—le repito ahora a ella. Enseguida le pide a la enfermera un pijama de paciente y me abraza con él los hombros, mientras me explica el procedimiento de la prueba paso a paso. Porque si tengo los hombros calientes, se interrumpe, desaparecerá la sensación de frío.

Yo voy cogiendo palabras de aquí y de allí para seguir rumiándolas en mi cabeza: anestesia, pinchazo, grapadora, hielo, ginecóloga experta en patología de mamas. En esas estoy, rumiando, cuando me doy cuenta de que ya sí, ya por fin, vamos a empezar.

Cuando veo la aguja que está a punto de traspasar mi piel, decido que es mejor volver a cerrar los ojos. No ver nada para no recordar nada para no soñar nada. Qué pena que el resto de sentidos no se puedan desconectar con tanta facilidad.

Noto un pinchazo y minutos después un ruido, un ruido que debe ser la grapadora de la que hablaba. Crá crá crá. Me muerde con sus dientes metálicos. Crá crá crá. Otra vez. Crá crá crá. Pierdo la cuenta y me encojo por dentro todo lo que puedo.

—¿Cuánto falta?

—Una más —como si las otras no hubieran sido nada. —Pues ya está. Incorpórate despacito y ahora te traemos el hielo para rebajar el hematoma —con el frío que tengo.

Primero se va la doctora, luego la enfermera. Y me vuelven a dejar sola. Sentada en la misma camilla de la misma sala del mismo color. Pero yo ya no soy la misma.

Horas después, en casa, agradezco que ni mis hijas ni mi marido me pregunten qué tal el día. Después de la cena digo que estoy cansada y que me voy ya a la cama. Me quito la ropa y las medias y las echo a lavar antes de meterme sola bajo la colcha. Tengo frío.

Publicado la semana 96. 31/10/2018
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