Semana
52
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Atrapada en el tiempo

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Un relato. Un puto buen relato. Eso era todo lo que quería de mí el señor de pelo blanco y gafas de pasta. Bradbury se hacía llamar. Y como si fuera un enviado de Dios, me dio una semana y desapareció con la misma rapidez con la que había entrado en mis sueños.

Me tomé el reto muy en serio, tanto como para levantarme al día siguiente a las 6 de la mañana. Y al siguiente, y al siguiente, y al siguiente. El texto fluía y tenía alma, además de un giro inesperado al final. Era bueno. Magnífico. Estupendo. Iba de una mujer que se despedía de su hijo porque estaba a punto de convertirse en hombre. Pero nada, a Bradbury no debió impresionarle mucho. Más bien lo contrario. Tal fue el desastre, que cuando sonó mi despertador volvía a ser lunes y de nuevo tenía una semana por delante para escribir mi mejor obra.

Esta vez sí que sí iba a aprovechar la oportunidad. Cambié de género y me pasé a la comedia psicótica. Joder, ¿quién no odia las despedidas de soltero? Pues se ve que Bradbury, no. Tampoco le gustó la historia del niño pirómano, ni la del escritor acabado o la mujer del hotel. Probé suerte con un viejecito amante del cine, con una madre primeriza, con un novio destroza vidas y con un chico que intentaba encontrar la suya. Me salí de la carretera, la lie en el médico, hasta me di una vuelta por el cole. Y cada lunes seguía siendo el mismo lunes.

Pero no me rendí. Volví a intentarlo con la poesía, y con un bar lleno de perdedores, y con una chica de mudanza, y con un pueblo que quería ser Pompeya, y con una mujer más muerta que viva y con antiguas amistades que se fueron.

Entonces lo vi clarísimo. ¿Cómo no se me había ocurrido antes? ¡A Bradbury le iba lo fantástico! Y yo venga a darle al drama, siempre con mis finales lacrimógenos. Así fue cómo creé mi propia saga de replicantes y me cargué a toda la humanidad en un solo párrafo. Pero ni con esas conseguí conquistarlo.

Aquel fue el momento en que me imbuí de verdad en un bucle de historias infinitas. Veranos pasados. Islas desiertas. Celebraciones. Monstruos. Casas llenas y casas vacías. Silencios. Delfines. Espejos. Caminos. Coladas. Banderas. Guerras. Estaciones. Saltos. Y muchas más.

Cada semana, y ya son 52, no he dejado de intentarlo, Bradbury. Igual un año no es suficiente para escribir un buen relato. Igual me paso toda la vida. Igual es lo mejor para los dos: que nuestra historia no termine.
Publicado la semana 52. 31/12/2017
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