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Es curioso cómo la memoria te golpea de repente. Han pasado casi 20 años y aún lo recuerdo con total nitidez.

Mi año académico en EE.UU. estaba a punto de acabar, como la clase de ciencias del mar de tercera hora. Sonó el timbre. Todos nos levantamos y empezamos a recoger nuestras cosas con avidez para salir pitando a la siguiente clase. Todos, menos una de esas chicas populares a las que yo tanto deseaba parecerme, que se estaba acercando a mí.

–Ey, Laura –Lora, como lo pronunciaban allí. Se sabía mi nombre. Eso ya era algo.

–Ey, Sarah. ¿Qué tal?

–Bien, todo bien –y sin más dilación disparó a quemarropa. –Oye, cada año me tiro con unos amigos desde el puente Solomon. Es un poco loco pero muy divertido. Esperamos a que se haga de noche, alguien nos deja justo en el centro y saltamos al agua. ¿Qué me dices? ¿Te atreves a saltar con nosotros?

No sé por qué me lo dijo a mí ni qué cara debí de poner. Tampoco cuánto tardé en contestar. Pero las palabras terminaron por salir de mi boca.

–¡Claro! Avisadme. ¡Yo encantada!

–¡Guay! Pues te voy diciendo. ¡Nos vemos!

¿Que por qué acepté a cometer la mayor locura de mi hasta entonces apacible existencia? La verdad es que no me tomé demasiado en serio el plan (¡¿cuántos planes se comentan y al final no salen?!) y no quería que pensara que los españoles somos unos gallinas. Y así fue como semanas después, cuando me dijo que ese finde saltaban, aprendí que el orgullo patrio es mejor dejarlo en casa.

El día D Sarah y sus amigas me vinieron a buscar en coche. A algunas las conocía, otras me sonaban de vista.

–Vamos a ir primero a mi casa a ponernos el bañador y un neopreno. No te preocupes, yo tengo de sobra.

Yo hacía como que no estaba nerviosa, pero el temblor de mi cuerpo me delataba. Ni siquiera sabía nadar bien.

–¿Cuánta distancia hay a la orilla?

–Unas dos millas más o menos. Es lo peor, si no, lo haríamos cada semana, jajaja –sus amigas le rieron la gracia. Yo también, con una sonrisa automática. El resto del camino dejé de escuchar y me limité a disfrutar de los enigmáticos bosques de Maryland anegados en agua, mientras la luz iba cayendo de forma inevitable hacia la noche.

Ya cambiadas y de camino al puente, la cosa se puso fea. Empezó a llover. LLOVER con mayúsculas. Una de las chicas se echó para atrás. Y Sarah volvió a preguntarme.

–¿Qué hacemos, Laura? ¿Damos la vuelta? No creo que podamos intentarlo otra vez antes de que te vayas –era mi oportunidad para escapar de aquello.

–Let’s fucking do it –nunca se me dio bien lo de aprovechar las oportunidades.

El coche paró en mitad del puente. Era mucho más grande de lo que yo me imaginaba. Los vehículos no paraban de pitarnos alertados por lo que estaba a punto de suceder. Teníamos que darnos prisa. Sarah fue la primera. Yo, la última. Me senté en la barandilla de piedra con los pies colgando y miré hacia abajo. No se veía nada, ni siquiera dónde quedaba el agua.

Y salté. Me abalancé sobre la oscuridad, muy estirada, con los brazos bien pegados al cuerpo. Salté y sentí lo que era volar. Caía, caía, caía. No dejaba de caer. Fueron muchos segundos, de eso estoy segura, hasta que sentí un golpe seco. Bum. Espuma, burbujas. Más oscuridad. Nada, nada, nada. Busca la superficie. Sal. Respira. Estás viva.

Decidí nadar de espaldas aunque me llevara más tiempo. La lluvia seguía cayendo con fuerza, ahora en mi cara. A lo lejos los rayos iluminaban el cielo y morían en el río.

Fue una locura, una puta locura. Bendita locura. Entonces entendí por qué Sarah me invitó a saltar con ellos. Era la mejor experiencia que podía regalarme. Y vaya si lo hizo.

¿Que por qué hoy me he vuelto a acordar de esta historia? Porque tengo que saltar de nuevo. A ciegas. Al vacío. A la vida.
Publicado la semana 49. 10/12/2017
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