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farrandemora

PELADO PARA EL CAMPAMENTO CATOLICO

-No te muevas ni un milímetro. Te lo digo por tu bien. De lo contrario te haré un trasquilón y tendré que raparte aún más. Así que tu verás...

El cadáver ambulante movía la maquinilla con una agilidad increíble. Desde nuestros asientos percibimos perfectamente el traqueteo que producía la misma, aquel sonido tan peculiar. El pelo del zote ortopédico, todavía muy corto, era cercenado a su paso. La capa se llenó de pequeños mechones negros. Tan sólo quedaba una leve sombra de cabello. El cuero cabelludo se transparentaba por completo. Le subió la maquinilla, aquel demonio plateado, hasta la altura de la coronilla y las sienes. Luego tomó otra maquinilla de púas más anchas y le rapó la zona superior. Tan sólo utilizó la tijera para la zona del flequillo. Le dio la característica forma de cepillo, dejándoselo muy tieso. Pero todavía faltaban detalles; al poco descolgó la maquinilla eléctrica y se la pasó por la nuca y las patillas, para despejar aún más estas zonas de la cabeza. Para terminar le pasó la navaja barbera por los costados, cuello y patillas. Como toque final le roció la cabeza con un pulverizador tradicional de barbero, que contenía alguna loción capilar "home made" que llevaba ingredients orgánicos del propio don Valentín, hierbas y mejunges crece pelos, diferentes colonias de hombre dulzonas, espuma de afeitar diluida, y que desprendía un olor indescriptible pero a la vez adictivo, cual feromona de rapador.

Las palabras finales de don Valentín nos hicieron encanecer. Mientras sobaba la cabeza del retardado dijo:

-Bueno, este mozo ya está listo para irse de campamentos católicos. Ya nadie podrá agarrarle de los pelos ni llamarle señorita Pepis. Sin embargo tus amigos tienen una buena pelambrera para cortar. Si queréis llamo por teléfono a vuestros padres para que me autoricen a meteros un pelado en condiciones.

Los tres salimos zumbando del establecimiento. Teníamos miedo de que nos hubiera conocido. En cuanto estuvimos en la calle aprovechamos para sobarle la cabeza al zote. A la luz del sol su cráneo se nos antojó tan esférico como un balón de reglamento. Se le distinguía perfectamente la piel del cuero cabelludo. Al final decidió marcharse a su casa a ver los payasos, aunque fuera en blanco y negro. Prefería estar al lado de su padre para recibir sus caricias en la cabeza esquilada y que le elogiara el tan cotizado look de hospicio.

Me quede mal... con ganas de que hubiera llamado a mi padre para que me esquilara a lo bestia y lucir de hospicio también. Mi gusto por las humillaciones se me iba de la manos. Mis ganas de estar en la silla en manos de ese sádico esquilador eran incontrolables.
 

Publicado la semana 8. 24/02/2017
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