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farrandemora

EN EL POTRO DE TORTURA

La pared principal del local estaba presidida por un espejo de cuerpo entero, biselado, con el marco de un plasticazo negruzco. El sufrido cliente veía su imagen reflejada en él y podía así contemplar como evolucionaba su rapada. A cada lado del mismo se distribuían dos muebles oscuros del material de las infra viviendas, el conglomerado, cubiertos por sendos mármoles fake de color gris; en sus cajones y compartimientos se guardaban las toallas roidas y las capas acrílicas, de las que brillan, pero llenas de lamparones de Flöid y grasas de afeitador.

Encima de estos muebles, incrustadas a la pared, se encontraban unas baldas de vidrio, sujetas por una estructura de barras metálicas; sobre dichas baldas se distribuía toda la herramienta utilizada por el barbero: navajas y brochas de afeitar, bacías, tazas metálicas, barras de jabón para rasurar, masajes para después del afeitado (de las marcas Flöid, Williams, Geniol, Mirsol etc). También había varios peines y cepillos y toda clase de tijeras. No faltaban los tradicionales frascos de cristal con lociones capilares de la marca Flöid o Abrotano Macho. Olían a rayos, pero me gustaba pues mi padre me bañaba literalmente en Baron Dandy o Alvarez Gómez. Los pulverizadores metálicos, de formas cónicas y redondeadas, brillaban como si fueran de plata. Ahora puedo pensar que parecian didlos. Me daba un extraño morbo ver todo eso.

Sin embargo, lo que más nos llamó la atención fue la colección de maquinillas manuales, perfectamente alineadas, como los soldados en formación. Cada máquina tenía grabado un número en la zona inferior; cuanto más alto era más anchas eran las púas de ésta. Las maquinillas de púas más estrechas eran las que más rapado dejaban el cabello. Parecian armas y todos esos instrumentos de hierro con trazas de óxido, un verdadero arsenal fetish.

En una de las paredes, sujetada por un clavo mugriento, colgaba amenazante una maquinilla eléctrica de carcasa granate. Aquel era sin duda el instrumento de tortura más temido por los jóvenes modernos que caían en manos del inclemente pelagatos. Además una de las amenaza recurrente de mi padre era que si me portaba mal, me llevaba a que me pelaran al rape. El miedo y la excitación me embargaban a partes iguales. Era una Oster de los años 60, y pesaba una tonelada a la vez que emitia un ruido extremo como d eun vibrador. Sólo oirlo me ponía a mil.

El zote se sentó en el sillón de barbero. El que nosotros llamábamos “potro de tortura” tenía el asiento y el respaldo de rejilla; los brazos eran de porcelana blanca; en el centro del reposapiés cromado, de dibujos afiligranados, figuraba en letras brillantes el nombre de la marca comercial Triumph. Pero como estaba medio roto, el esquilador habia tapado los agujero con pegatinas de Alianza Popular y la bandera de España. De decoración una retrato de Franco, escudos de falange, una muñeca Nancy de la Legión, posters de Nadiuska, carteles de toreros chuscos, un poster del rey de España del periodico El Alcazar, anuncios de Brummel y otras colonias de hombre... todo muy masculino y recio pero a la vez con el toque de una maruja o una marica de su casa.

Don Valentín, con mirada de loco y ojos de asesino poseido por Satán, envolvió al retardado en una inmensa capa de algodón blanca. En la zona del cuello le colocó un paño, también blanco pero con manchas amarillentas como de pis. Le peinó para alisarle el pelo, sobando su cabeza a lo bestia y sin cortarse un pelo. Un silencio sepulcral reinaba en aquel lugar. Mi amigo y yo estábamos atónitos, expectantes y nerviosos. Yo además estaba excitado... con una leve erección. Nos miramos con pavor al contemplar que el peluquero echaba mano a una de las maquinillas manuales, de las de púas estrechas. La movió en el aire y la engrasó con aceite. Con la mano izquierda le bajó la cabeza al pobre chico. La acción iba a comenzar y en verdad yo quería esta en su lugar, sentado en esa silla. Y dicen que los deseos se cumplen...

Publicado la semana 7. 16/02/2017
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