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farrandemora

UN GRANDE DE ESPAÑA HUMILLADO

Bosco mantuvo en todo momento una actitud altiva. Se sentía superior y en ningún momento dio muestras de obediencia. Miraba por encima del hombro al comandante. Se mantenía callado. Su silencio resultó desafiante e incomodó para el militar. Éste había recibido instrucciones para tratar de manera especial al aristócrata. Sin embargo Fernández de Córdoba le puso las cosas difíciles. Tuvo que reprenderle por su osadía:
-Oiga, caballero, le agradecería que se quitara las gafas se sol. No me gustan los hombres que se esconden tras unos cristales ahumados.
Bosco replicó con ironía:
-Es que aquí hay demasiada luz. Convendría que bajara la intensidad lumínica de la estancia. Así ahorraríamos el dinero del contribuyente. Es muy bonito derrochar los recursos públicos…
Pero el comandante no se calló.
-Le aconsejo que no siga por ese camino. No es de su incumbencia que yo encienda o apague la luz. ¡Quítese esas gafas de sol! Es mi última advertencia.
Con gran parsimonia y sin mover un músculo de la cara, levantando la cabeza, Bosco siguió las instrucciones recibidas. Fue destinado a la oficina del cuartel. Allí se ganó la antipatía del personal tanto civil como militar. Mantuvo en todo momento una actitud chulesca. Protestaba cuando el aire acondicionado estaba demasiado fuerte o por la falta de higiene de las instalaciones.
Un día decidió visitar la barbería del acuartelamiento. Pero lógicamente no acudió a la de la tropa, le parecía vulgar mezclarse con los marineros de reemplazo, a los que consideraba unos pardillos. Se presentó, sin pedir permiso a nadie, en la destinada a los oficiales.
El oficial de barbería era un antiguo legionario que estaba al tanto del comportamiento problemático de Bosco. Al entrar el aristócrata en la estancia el barbero levantó la cabeza y puso cara de sorpresa. En ese instante decidió dar un escarmiento al rey de la impertinencia. Trazó mentalmente un malévolo plan para combatir la soberbia del caballerete. Necesitaba la presencia del comandante y tal vez de algún otro oficial de marina para poder llevar a cabo el complot. Esbozó en su cara una sonrisa aduladora, como si se tratara de un cliente importante.
-¡Cuánto honor! Usted por aquí, don Bosco. Tal vez requiera mis servicios. Sería para mí muy gratificante poder arreglar su cabello…
Bosco, con su habitual altanería, repondió:
- A eso precisamente vengo; llevo el pelo muy desarreglado por detrás y esta tarde tengo una fiesta en casa. Voy a andar muy justo de tiempo para ir a mi peluquería habitual. No sé como funciona esto, pero creo que al ser un trabajador del centro tendré derecho al menos a usar las instalaciones comunes. El otro día me pararon los pies por querer utilizar la biblioteca. Lo que no saben aquí es que uno de mis abuelos hizo una donación importante a la misma; los volúmenes más valiosos pertenecen a mi familia. Ya me he puesto en contacto con la Fundación Cultural de la Marina y he presentado un pliego de descargos. Usted no se preocupe, yo le pagaré bien pagados sus servicios.
El antiguo legionario siguió con la farsa:
-Por supuesto que le voy a atender como usted se merece. Intentaré que quede satisfecho de mi trabajo. Antes debo ocuparme de un asunto de vital importancia, pero estaré aquí en cinco minutos. Mientras regreso lea la prensa si lo desea.
El barbero, apodado desde tiempo inmemorial como Rapamachos, se presentó al poco tiempo en compañía del comandante y un joven teniente. El espectáculo iba a dar comienzo. A Bosco le intrigó la repentina presencia de estos dos caballeros pero continuó haciendo gala de su parsimonia habitual…
Rapamachos le invitó con la mano y luciendo una amplia sonrisa a que tomara asiento. Bosco, una vez sentado, se remangó los pantalones casi hasta la rodilla y exhibió generosamente sus calcetines altos de Ejecutivo grises. Se comportaba de la misma manera que cuando acudía a su peluquería habitual. Y emitió una de sus habituales quejas:
-Este sillón, reconozco que es bonito, lo veo más como pieza decorativa en algún museo; aquí se te queda el culo cuadrado. Lo podrían vender a algún anticuario y reemplazarlo por uno mullido, moderno, de los de suspensión hidráulica…
El comandante que merodeaba por allí afirmó con ironía:
-Tendremos muy en cuenta su propuesta don Bosco. Lo que ocurre es que este sillón, un auténtico Triumph, con brazos de porcelana blancos, posapiés metálico labrado asiento y respaldo de rejilla y lleva aquí cerca de 70 años. Por él han pasado infinidad de oficiales de marina. Es parte de nuestra historia.
Bosco decidió no responder al comandante de marina. Estaba demasiado preocupado por su imagen como para perder el tiempo en discusiones baladíes. El barbero le preguntó:
-¿Cómo desea el señor que le cortemos el pelo?
Y Bosco comenzó a exponer los pasos que tenía que seguir el oficial de la barbería.
-Quiero que únicamente me corte el pelo por detrás. Lo tengo excesivamente abundante, demasiados rizos. Me entresaca un poquito de los costados también. Utilice la navaja para que el resultado final sea más profesional. Si lo hace a mi gusto sus servicios serán generosamente recompensados.
Intervino de nuevo el comandante:
-Lleva usted un traje muy elegante don Bosco. ¿Es de brillantina?...
Bosco puntalizó:
-Es seda natural, en gris antracita. Me hago cargo de que alguien como usted no domine el tema de los tejidos. La mayor parte del tiempo se la pasa vistiendo un uniforme de tela espartana.
El comandante volvió a la carga:
-Es una pena que un traje tan elegante se le llene de pelillos. Además, al estar sentado tanto tiempo en este sillón tan rígido, se le puede arrugar. Le aconsejo que se lo quite. Aquí tenemos una percha para colgárselo…
Bosco se levantó del asiento y respondió:
-No es mala idea. La americana y el chaleco lo voy a colgar….
El comandante quería llegar más lejos:
-Y los pantalones también se los debe quitar, estamos entre hombres y no debe darle vergüenza. También esa camisa blanca tan elegante. Sería una pena que se le incrustasen en ella pelillos…
El joven aristócrata puso cara de sorpresa ante la propuesta del comandante. Seguramente le pareció excesivo quedarse en ropa interior así por las buenas. Pero si algo le molestaba eran precisamente aquellos pelillos que se quedaban pegados a la ropa como si fueran alfileres. Hasta las 6 de la tarde no podría abandonar el acuartelamiento y le iba a resultar especialmente molesto usar aquella camisa el resto del día. No se lo pensó dos veces. Los tres caballeros allí presentes le ayudaron a quedarse en paños menores. El comandante le pidió permiso para quitarle la chaqueta del traje y el teniente la colocó cuidadosamente en una percha, después vino el chaleco, los pantalones, la camisa, la corbata. Los zapatos se los dejó puestos porque le molestaba el contacto directo con el frío suelo de baldosa. Bosco era un caballero elegante hasta en ropa interior. Llevaba un juego de camiseta de tirantes y de braslip blancos en punto calado de la marca Eminente. Los calcetines altos, hasta la rodilla y muy finos, eran de seda natural y de color gris oscuro, haciendo juego con la corbata. Los zapatos negros, lisos y con cordones habían sido cuidadosamente lustrados por su mayordomo. En un gesto de coquetería masculina Bosco se retocó el braslip y después tomó asiento.
A continuación el barbero le colocó en el cuello una capa de algodón, de un blanco radiante y justo detrás del cuello un paño también blanco. Limpió cuidadosamente el instrumental con un cepillo. Los dos militares observaban todo el proceso sin perder detalle, cruzaban miradas de complicidad entre ellos. Conocían los planes secretos y formaban parte de un complot. Estaba a punto de comenzar la “Operación Aristócrata”.
El barbero le pidió a Bosco que se relajara, que cerrase los ojos. Supuestamente le iba a aplicar un masaje capilar para activar la circulación sanguínea en el cuello cabelludo. Estuvo convincente y el joven aristócrata no sospechó nada, se limitó a dormitar. El legionario tomó el peine y lo pasó repetidamente por aquella cabeza engominada. Para que no controlara lo que estaba ocurriendo le colocó una toalla blanca a la altura de los ojos.
Acto seguido abrió un cajón de formica y echó mano de una maquinilla de carcasa negra, una auténtica Oster 76; le colocó una cuchilla del número 00000, que según las instrucciones dejaba la cabeza prácticamente afeitada. Tanto el comandante como el teniente disfrutaban maliciosamente de los prolegómenos. El barbero les mostró la maquinilla como si se tratase de un instrumento de tortura. Una maliciosa sonrisa se dibujaba en su rostro. Los militares allí presentes decidieron acercarse sigilosamente al sillón, colocándose justo detrás del mismo. Una vez tomadas las posiciones el comandante dijo:
-Caballeros: ¡comienza la “Operación Aristócrata”!
Sujetaron con fuerza por los hombros a Bosco y lo inmovilizaron. Éste se asustó e intuyó lo que le iba a ocurrir. Gritó con todas sus fuerzas:
-Hagan el favor de soltarme o no respondo de lo que les voy a hacer. Le prohíbo que me toque un solo pelo de la cabeza. Tomaré medidas legales…
Pero sus amenazas no sirvieron de nada. Sólo provocaron la risa entre los allí presentes. Como el cliente presentó resistencia física decidieron que lo mejor sería inmovilizarlo. En un armario lateral se guardaba una gruesa soga, de las que se utilizan en las prácticas de marinería. Con ella ataron, sin ninguna contemplación, a Bosco, que comenzó a suplicar clemencia. Tanto el comandante como el teniente conocían multitud de nudos marineros. Los legos en la materia tenían muy difícil desenredarlos.
Bosco jadeaba como un perro abandonado, emitía gemidos y empezó a temblar al contemplar como el barbero prendía el interruptor de la maquinilla y se la mostraba. Se la fue acercando lentamente a la frente. Los militares reían y hacían comentarios burlones. Al poco sintió la fría cuchilla deslizándose por el centro de su cabeza. El zumbido que emitía aquel artefacto le recordó a ruido que produce un enjambre de abejas furiosas. La suerte estaba echada. El pelo comenzó a caer sobre la capa blanca. Se trataba de mechones pegajosos, endurecidos por la gomina. Bosco ya tenía abierta una gran calle central. La vibración de la maquinilla le produjo un cosquilleo en su cabeza, que lejos de resultarle placentero, incrementaba aún más su estado de nerviosismo. El barbero continuó inmisericorde con la faena. Al poco toda la zona superior de la cabeza de Bosco aparecía despoblada de cabello. Tengamos en cuenta que según informaciones de la empresa Oster el 00000 deja una largura de cabello de 1/25 milímetros.
Los laterales fueron igualmente esquilados. Sus patillas, siempre recortadas y cuidadas, fueron fulminadas al paso de la esquiladora. A los diez minutos la cabeza de Bosco tenía una apariencia completamente esférica. Se podía contemplar perfectamente su cuero cabelludo, con una tonalidad de piel mucho más blanca que su rostro. El barbero utilizó la navaja para rematar el corte. Después se empapó las manos de loción capilar Floïd y propinó un buen masaje al joven aristócrata. Acto seguido le quitó la capa blanca y el paño y exclamó con burla:
-Soy su servidor. Espero que haya usted quedado satisfecho de mi trabajo. Le voy a enseñar como le ha quedado por detrás; todo de una capa…
Bosco miraba frente al espejo y no daba crédito a lo que veían sus ojos. Ni en sus peores pesadillas podía imaginarse algo así, una humillación de tan grueso calibre. Se quedó paralizado. No acertaba a levantarse. Los militares le ayudaron a vestirse, como si fuera un maniquí de escaparate.
No podía regresar así a su casa. Estaba confuso y avergonzado. Decidió acudir a la Basílica de Jesús del Gran Poder, en la calle San Lorenzo. Necesitaba ayuda espiritual para poder superar aquel mal trago. Sabía que su comportamiento había dejado mucho que desear. Se sabía orgulloso y soberbio. Al entrar en la capilla se tropezó con don Félix a quien saludó respetuosamente. Aquel sacerdote ya maduro, amigo de la familia, le preguntó por lo ocurrido a su pelo. Bosco rompió a llorar como un niño. Don Félix le convenció para oírle en confesión. Consiguió convencerle de que aquella humillación, a todas luces excesiva, podría servirle de mortificación. El pelo le crecería poco a poco. El cabello nuevo sería un símbolo del comienzo de una vida nueva, más abierta a la espiritualidad.
A partir de aquel día cuando Bosco se encontraba con alguna prueba dura, como la enfermedad de un familiar, solía visitar al barbero para que le rasurara el cráneo. Era una forma de sacrificarse y de implorar la ayuda del Señor
 

Publicado la semana 52. 26/12/2017
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