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farrandemora

LA BARBERIA DE DON VALENTIN "EL CADAVER AMBULANTE"

Al oír que los gemelos tenían que pelarse en la barbería de don Valentín (más conocido como "el esquilador ambulante", o "el cadaver ambulante" por su extremada delgadez y palidez estilo tanatorio), la más desfasada y cutre de Lavapiés, me dio un vuelco el corazón. Sentí una gran curiosidad por ver el resultado. El local se encontraba ubicado en Lavapíes esquina Calvario. Desde la calle principal se podía contemplar su fachada pintada de gris claro. En un lateral colgaba un cartel metálico, esmaltado en blanco y con las letras en negro, en el que se podía leer el siguiente rótulo: “Barbería de Caballeros” y abajo un cartel más pequeño que rezaba: "estilos castrenses y del clero"rematado por un descarnado "despiojamos". En la parte superior de la puerta, un cristal opaco filtraba la luz e impedía ver lo que ocurría en el interior. En época invernal aquella barbería era una fortaleza inexpugnable para las indiscretas miradas de los viandantes. Sin embargo, durante el verano, cuando el calor apretaba, don Valentín solía mantener la puerta abierta para ventilar el negociode esos olores tan extremos de sudor, tabacazo tipo Celtas, loción Floyd y pelo muerto de viejos.

Durante las vacaciones estivales mi amigo Reginín y yo jugábamos a los "porteros de casas", nos gustaba cotillear todo lo que pasaba en el barrio. Descubrimos una discreta esquina, con un excelente campo de visión, desde donde controlábamos todo lo que sucedía en aquel misterioso lugar. Nos escandalizábamos viendo como el viejo barbero esquilaba a los soldados de reemplazo, mucho más rapads que en los cuarteles. En otra ocasión oímos el llanto de un niño, al que aquel sádico despojó por completo de sus inocentes rizos. La mayoría de las veces, los que se sentaban en el que apodábamos como “el sillón de tortura” eran hombres mayores, de pelo blanco, que solicitaban un pelado “al cepillo parisién”. También nos quedamos atónitos al contemplar la destreza con que rasuró la coronilla de un cura rollizo y ensotanado. Era el barbero oficial del clero, y especializado en tonsuras. Pero quizás lo que más nos impactó fue el pelado extremo que le metió a Fermín, el hijo con sindrome de Down del taxidermista de la calle Calvario. Le afeito con gillete y espuma al pobre, como si fuera un animal de los que el padre despellejaba.

Algunas veces, los brutales rapados que metía este peluquero de la vieja escuela nos provocaban una risa nerviosa, peligrosamente contagiosa, imposible de contener. En cierta ocasión nuestras carcajadas alertaron al viejo rapador. Inesperadamente, abandonó al cliente en el sillón y salió detrás de nosotros con la maquina de rapar manual en la mano. Tuvimos que correr, como alma que lleva el diablo, para no ser apresados por él. Por suerte no pudo ver nuestras caras. Tal vez hubiese dado la queja a nuestros padres para que dejáramos de meter las narices en su trabajo. De haber sido así me hubiera caído un buen rapapolvo y tal vez un castigo. Si algo molestaba a mi padre era que otro adulto me llamara la atención por un comportamiento inadecuado. Secretamente deseaba estar en ese sillón. No paraba de imaginar a los gemelos con ese look hospicio tan temido...
 

Publicado la semana 5. 03/02/2017
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