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PLANES PERVERSOS DE PELUQUERIA (parte1)

El traumático corte de pelo al doble cero con que castigaron a mi padre hace más de veinte años fue utilizado como excusa para llevar a cabo mis planes. En el recreo discutimos sobre cual podría ser el momento más oportuno para que Caru se sentase en “el sillón de tortura”. Llegamos a la conclusión de que el viernes por la tarde nada más salir de clase sería el día ideal. Le pedimos que nos dejase acompañarle; Jesús y yo queríamos presenciar en vivo y en directo el desarrollo de los acontecimientos. En la tarde del día señalado tuvimos clase de Ciencias Sociales, Lengua y Formación del espíritu cristiano. Alpuente y un servidor estuvimos especialmente inquietos en nuestras mesas. Murmurábamos constantemente, incluso dibujábamos esferas a las que con el bolígrafo les añadíamos puntitos azules, intentando representar una cabeza pelada al cero. José Miguel Fernández ya no era un buen modelo porque su padre lo había pelado hace más de quince días. Mientras tanto don Arturo, nuestro padre sacerdote y tutor, divagaba sobre la unión de los reinos de Castilla y Aragón.
Sonó el timbre y nos dirigimos raudos a la salida. Habíamos quedado con Caru junto a una puerta lateral del recinto colegial para dirigirnos juntos al establecimiento. Nos brillaban los ojos de alegría. Tuvimos que buscar excusa para llegar más tarde a casa de lo habitual. Dijimos que íbamos a acudir a la biblioteca municipal para preparar un trabajo de Ciencias Naturales. Cuando llegamos al punto de encuentro ya nos estaba esperando Caru.

Se nos ocurrió jugar a los reclutas. Nos imaginábamos que el sargento Smith, un personaje de ficción, había ordenado a Carlos que se cortara el pelo de inmediato. Imitábamos el paso ligero de los soldados. Un, dos, un, dos…
Y al poco nos encontrábamos junto a la barbería. Dentro un señor mayor sentado en el sillón era rapado rigurosamente por el barbero. Se nos puso un nudo en la garganta. Nos daba apuro sentarnos allí y no hacer gasto. Dudamos un poco, tal vez sería mejor quedarse fuera y esperar dando vueltas. Sin embargo Carlos nos convenció para que pasásemos dentro. Los asientos destinados a los clientes estaban vacíos. Se trataba de sillas de madera tapizadas en curpiel verde. Caru se había cortado varias veces el pelo allí y sabía que el barbero no protestaba si ibas acompañado ya que en un par de ocasiones acudió con dos de sus primos.
Al señor mayor el barbero ya le había apurado el cuello con la maquinilla y continuaba recortándole el pelo de la parte superior de la cabeza con la tijera y el peine. Los tres tomamos asiento y fuimos saludados con un “buenas tardes mozos”. El cliente al parecer tenía mucha confianza con el barbero al que se dirigía como Lucas. Charlaban de temas intranscendentes, pero el que llevaba la batuta era el propio cliente. Al cuarto de hora aproximadamente el señor se levantó del sillón y tras pagar exclamó:
-Ahora tienes trabajo para rato. Haz un buen trabajo con estos chicos tan ye-yés.
El barbero dirigió la mirada hacia nosotros y preguntó:
-¿Quién va a ser el primero?

Publicado la semana 48. 04/12/2017
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