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ACATANDO LAS ORDENES DE LOS SUPERIORES

Todo esto a mi padre le trajo a la memoria una experiencia un tanto traumática de su servicio militar. Ocurrió una Semana Santa cuando estaba de soldado en Zaragoza. Se necesitaban soldados para participar en la procesión, lo cual además de permitirle salir del cuartel conllevaba una semana extra de permiso. No tendría que portar ningún pesado paso sobre sus hombros, sólo desfilar con el uniforme de gala. Las solicitudes de los soldados para desfilar eran revisadas por el capitán March, uno de los oficiales más severos con la tropa en materia de higiene y uniformidad. Mi padre fue admitido y tuvo que pasar una rigurosa revista en uniforme de gala. El capitán inspeccionaba los zapatos, que debían brillar como dos soles, la raya de los pantalones, el cuello de la camisa, el apurado de la barba y de manera especial que el cabello estuviera bien cortado. Quería que sus muchachos llevasen el cuello bien apurado. mi padre tenía en aquella época un pelo abundante, especialmente en la zona de la nuca y por ello fue requerido a que visitase la barbería del acuartelamiento antes del Jueves Santo. Sin embargo decidió cortarse el pelo en una barbería ubicada en una barriada de gitanos, donde acudían muchos soldados por lo barata que era. Apuró el tiempo divirtiéndose con sus compañeros de armas en sitios como el Bar Las Jotas, donde acudían las mujeres más putones.

A las siete de la tarde se dirigió a la barbería y cual fue su sorpresa al ver que el barbero había echado la llave. En el interior cerca de una decena de soldados esperaban su turno para ser rapados reglamentariamente. Por más que intentó encontrar una barbería abierta no lo consiguió. No pudo acatar las ordenes de los superiores. Al día siguiente, a las cinco de la tarde debería pasar la revista definitiva. El capitán fue implacable con él. Al descubrir que su nuca estaba cubierta de pelo le hizo salirse de la formación. Le dijo que de él nadie se reía y que le acababa de caer un arresto de quince días en el calabozo. Además debería acudir a la barbería del cuartel para que le raparan el pelo al dos ceros. Aquella tarde de Jueves Santo de orden, que olía a rancio, con guapas jóvenes paseando, agarradas del brazo y luciendo peineta y mantilla española, fue un auténtico horror para él. Tras cambiar el uniforme de gala por el traje de faena acudió a la barbería. Allí un chico de pueblo más bruto que un arado, estaba de barbero de guardia. Tras sentarse en el sillón mi padre tuvo que explicarle lo sucedido al oficial de la barbería, que exclamó un “mejor, así acabaremos antes”. Con mucha desgana le ajustó al cuello la capa blanca y cogió la maquinilla manual del doble cero de la estantería. Acto seguido se la empezó a pasar por delante abriéndole calle. A los diez minutos su abundante pelo se encontraba esparcido entre la capa y el suelo de cerámica. Al verse en el espejo le entraron ganas de llorar, pero se contuvo. Su cabeza estaba prácticamente desnuda, el pelo tenía una largura de medio milímetro. Aprendió la lección y durante el resto de la mili acudía con regularidad a aquella barbería de aquel andurrial gitano. Sacó la conclusión de que es inútil enfrentarse a los superiores porque siempre tienen la sartén por el mango. Acatar ordenes fue siemore su religión.

Publicado la semana 45. 16/11/2017
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