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ERECTO Y EL PELO AL RAPE (parte 2)

La cuchilla al entrar en contacto con la piel producía un frío metálico. Al instante la vibración del motor hizo que sintiese un cosquilleo en mi cabeza, indescriptible, extremadamente placentero. Observé como mi tupé se dividía en dos, en el centro tan sólo minúsculos pelos de una longitud de dos milímetros. Joaquín deslizaba la maquinilla por mi cráneo con gran suavidad, ésta avanzaba imparable haciendo saltar por los aires todo el cabello que tocaba. En un par de minutos la zona delantera de mi cabeza estaba completamente rapada. El cuero cabelludo me pareció exageradamente blanco, contrastando fuertemente con la piel morena de mi rostro. El cosquilleo cada vez era más excitante, ningún tirón. Yo me acariciaba el pene, tenía miedo de eyacular ante algo tan placentero. Me hubiera encantado poder grabar aquellas imágenes para revivir estos momentos siempre que quisiera. La esquiladora continuaba recorriendo mi cuero cabelludo, ahora le tocaba al lateral derecho, después a la zona trasera, el lado izquierdo fue lo último que se salvó. Me encontraba completamente rapado. El cabello me caía a copos y se quedaba pegado entre las oquedades de la capa o bajaba hasta el suelo entremezclándose con el de mis otros compañeros.
El aprendiz de barbero, siguiendo las indicaciones de Moreno, fue a remplazar la cuchilla del cero y medio por la del cero, para pulirme bien el cuello. Pero se dio cuenta de que estaba ocupada. Entonces, ni corto ni perezoso, abrió un cajón y cogió una maquinilla de mano, de esas metálicas que se habían retirado hace mil años, la engrasó con una botellita de aceite especial y me la metió hasta la altura del cogote y me la subió por las patillas. Así consiguió que mi pelado fuera más riguroso. Este antiguo instrumento me traía recuerdos de mi niñez, cuando aquél viejo rapadro Don valentín me la pasaba por mi infantil cabeza, mientras sonreía sádicamente. Yo, ya sentía un gustirrinín muy especial y a mis años de adolescente talludito el placer se había multiplicado. Mi miembro estaba a reventar.
Pero el esquilador no estaba contento con su trabajo e introdujo en la maquinilla eléctrica el peine del cuatro ceros para que el rapado fuera más espectacular. Me la subió por el cuello. Luego sentí el rigor de la navaja para rematarme las patillas, y los laterales, eliminándome los pelillos del cuello. Con tanta molestia como se tomaba siempre era el último en terminar la faena. El teniente Moreno le esperaba cruzado de brazos. Finalmente saco del bolsillo el cepillo y me lo restregó por mi flamante cráneo.

- Vale, ya hemos terminado con esta tanda. Los siguientes. ¡Perdiendo el culo para sentarse!
Me soltó la cinta del cuello y a gran velocidad me quitó la capa, como si se tratase de un torero haciendo un pase para la afición. Justo me dio tiempo de esconder mis vergüenzas que estaban totalmente disparadas. Me subí los calzoncillos hasta la cintura y me puse bien la camiseta. A otros compañeros les estaban dando un toque por su descuido.
Era mi fantasía más temida y a la vez más deseada. En ese momento mis verguenzas explotaron y salpique con mis esencias de varón al mismismo teniente Moreno...
 

Publicado la semana 44. 05/11/2017
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