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DISCIPLINA MILITAR Y RELIGIOSA EN EL INTERNNADO

Al poco los seis chicos nos encontramos con los pantalones bajados hasta los tobillos, exhibiendo nuestros calcetines altos al completo y mostrando la parte trasera de los braslip calados, con las posaderas en posición para recibir unos buenos azotes u otra cosa de esos curas tan sádicos. Uno por uno fuimos probando aquella amarga medicina. El verdugo encargado de ejecutar la sentencia fue don Roberto, el profesor de gimnasia y el más musculoso de todos. Cada alumno recibió diez azotes, salvo el pobre Gallasteguí que disfrutó de una ración doble. Las palmadas sonaban con estrépito en el dormitorio. Los afortunados que se libraron de pasar por aquel trance se estremecían cuando veían levantar a don Roberto la mano para estrellarla al punto contra las nalgas de los chicos. Algún gemido se oyó, incluso súplicas pidiendo que cesara el castigo. Sin embargo el brazo ejecutor no paró de nalguear a los internos: zas, zas, zas…. con gusto y fuerza bruta.

Después todos los alumnos, a los pies de la cama tuvimos que arrodillarnos para rezar las oraciones dirigidas por don Augusto. Acto seguido nos metieron en la cama y nos acostaron. Aquella noche don Roberto hacía guardia en el dormitorio. Él no quería oír ni el sonido de una pluma cayendo en un suelo enmoquetado. Algunas toses nerviosas sin embargo resonaban en la inmensa sala y también se percibían sollozos. Aquello era mucho más duro que la mili. El control que ejercían los superiores sobre el alumnado era total y sin ningún género de dudas despótico. La azotaina era a todas luces un ejercicio de tiranía, un castigo vejatorio.

Tampoco fue plato de gusto la revisión médica del día siguiente. Después de ducharse, en ropa interior y calcetines, fueron conducidos a la enfermería. Allí el doctor, un médico militar, nos auscultó el pecho y la espalda, nos realizó un tacto rectal para comprobar que no tenían ningún problema de hemorroides y nos palpó los testículos. Además tuvimos que descapullarnos para detectar algún posible caso de fimosis. Un par de jóvenes, por este motivo, no se libraron de visitar el quirófano de una clínica concertada con el internado. También nos vacunaron contra diversas infecciones. Con las nalgas al aire y en pompa fuimos pinchados con la aguja y jeringa. Senrimos un escozor considerable en nuestros jóvenes y vírgenes glúteos.

Poco a poco nos fuimos amoldando a aquel ambiente disciplinario. Obedecer era para ellos un acto reflejo como lo es la respiración.
Sin duda la orma de mi zapato egún mi padre, que con este encierro consoguió domarme, pero a la vez despertat todos mis más ocuros deseos pervert, como lo había estado haciendo desde pequeño con el fetish de las barberías, la lenceria masculina y el cross dressing.

Publicado la semana 42. 23/10/2017
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