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farrandemora

EN PAÑOS MENORES EN LA MERCERIA

Al día siguiente de la memorable azotaina, mi padre me llevó a la mercería de don Floro del Prado Florido. Tal vez se sentía culpable por haberme castigado con tanta severidad. Buscó la manera de compensarme por aquella humillante nalgada. Le fastidió mucho que husmeara en sus cosas sin pedirle permiso; sin embargo, decidió olvidar el incidente y perdonarme. En realidad, con aquel acto de indisciplina, le estaba enviando un mensaje subliminal. Yo me moría por la ropa interor: camisetas, calzoncillos y calcetines nuevos, y gracias a la escena del dormitorio, se dio cuenta. Vio razonable mi deseo de renovar la ropa interior. Me estaba esperando a la salida del colegio para “darme una sorpresa”.

La Mercería del Prado Florido era un local tradicional, que conservaba la decoración original de los años veinte: mostradores de madera oscura, sillas para que se acomodaran los clientes, estanterías repletas de cajas, dependientes vestidos con bata gris… Fue fundada por don Floro del Prado Florido, el padre de don Benito. A las secciones de caballero y señora, separadas por un tabique, se accedía por puertas distintas. El departamento masculino del establecimiento lo atendía el propio don Benito, ayudado por un dependiente adolescente. Era viudo, pero tenía dos hijos gemelos, que en cuanto salían del colegio, debían presentarse en la mercería; hacían los deberes en la trastienda y le echaban una mano (o dos), en caso de que fuera necesario.

Don Benito, y mi abuelo eran viejos conocidos. Ambos admiradores de la parafernalia femenina en el club de crossdressing. En cuanto nos vio entrar en su tienda, salió a recibirnos, servil, haciéndonos la pelota como un loco. Mi padre le explicó que quería equiparme tanto de ropa interior como de calcetines. Le pidió que nos enseñara las mismas marcas que usaba él. Don Benito llamó a sus hijos gemelos y les indicó los artículos que debían traer al mostrador:

-Floro y Toñin, hacedme el favor de buscar las cajas de las camisetas y los braslip de Hedea, Jim y Ocean, de punto calado, de esos de agujeritos en talla pequeña, para que respiren bien sus partes. También quiero las de los calcetines de Ejecutivo en colores negro, gris y marino. ¿Habéis entendido mis instrucciones?

Aquellos dos hermanos cumplieron diligentemente y con precisión matemática las órdenes de su padre. Me llamó la atención su pelo rubio y cortísimo; no tenían necesidad de peinarse. Los llevaba bien rapados para dar ejemplo de pulcritud. Eran dos ángeles idénticos hasta en el remolino de la coronilla. A los pocos minutos regresaron del almacén con la mercancía que les habían encargado. Depositaron las cajas con sumo cuidado encima del mostrador. Mientras don Benito realizaba la venta, ellos permanecieron en un segundo plano a la espera de recibir nuevas instrucciones. Se mostraron extremadamente dóciles y obedientes. Hicieron gala de una gran prudencia y discreción. Durante el tiempo que permanecimos en la mercería, no opinaron en nada, ni tan siquiera abrieron la boca. Cuando yo, disimuladamente, los miraba no se daban por enterados. Me dio la sensación de que estaban muy bien aleccionados por su padre. Eran tan sumisos como yo, gracias a que teniamos padres muy dominantes y que nos ponian buenas humillaciones y castigos. Pero eran muy guapos y yo me pensaba un cerdo grasiento y marrón a su lado... Me gustaron esos muchachos.

Don Benito fue abriendo las cajas para mostrarnos los distintos artículos. Elogiaba las calidades de los productos que vendía:

-Estos son los braslip más apropiados para un caballerete de tu edad. Para los chicos deportistas lo mejor es el punto calado, con “agujeritos”, porque es un tejido transpirable. Que las partes huelen sobre tods cuando os tocais, que no me engañais. Siempre conviene llevar la camiseta de tirantes a juego. Tanto mis hijos como yo, los usamos desde hace muchos años, desde que salieron al mercado. Tenemos de tres marcas: Jim, Hedea y Ocean. Los de Hedea son de un algodón más recio; más altos de cintura, llegan hasta el ombligo. Los de Ocean son mas suaves y suben un poco menos, y los Jim son más ceñidos de lycra.
Desde luego don Benito vivía el mundo d ela ropa interior como una verdadera fiesta.

Mientras nos ilustraba con sus detalladas y minucionsas explicaciones, introducía las dos manos en el interior del braslip y lo estiraba de los lados; pretendía así demostrar la adaptabilidad del tejido. También me midió la cintura y la cadera, para comprobar la talla exacta que necesitaba. Me metió una buena sobada, épica.. se le veia acostumbrado a manosear a jovencitos. Mi padre mostró aprobación y le gusto ver como ese señor me manoseaba a saco. Con mi padre el señor Prado Florido se esmeró en el trato. Nos pidió que pasásemos a la zona de los probadores:

-Normalmente la ropa interior no dejamos probarla, pero tratándose del hijo de don Moncho vamos a hacer una excepción. Se le ve al chaval muy aseado y pulcro… Floro y Toñin, acércame las mudas. Se las tenemos que ver puestas a este mozalbete, que más o menos tiene vuestra edad. Mirad que formal es y ya veis que está de buen año, gordito se ve que come bien.

Recuerdo que sentí una gran vergüenza al conocer los planes del mercero. Si no había entendido mal, don Benito y mi padre me querían ver en paños menores, o sea en bolas. Evidentemente me estaban tratando como a un niño pequeño y no respetaban mi intimidad. Sin embargo, yo no podía alegar nada; aquellos gemelos tan “perfectos” habían puesto el listón muy alto; no me apetecía que me consideraran un rebelde y contradecir a mi padre. Me apetecia que esos dos severos padres me vieran. Aunque tampo me apetecía mostrar mis lorzas a ese señor... pero esa situación me excitaba en el fondo.

Me introduje en el probador con las mudas que debía ponerme. Mi padre me pidió que no me las quitara hasta que él me diera “el visto bueno”. En la pared de aquel espacio reducido habían instalado un espejo de cuerpo entero. Me desnudé con la mayor celeridad posible. Dejé los pantalones, el jersey y la camisa, perfectamente ordenados y plegados, encima de la banqueta; no quería desentonar con aquellos hermanos tan ejemplares. Llevaba puestos los calcetines Ejecutivo que mi padre me había regalado después de la azotaina. Me introduje la camiseta por dentro del braslip, evitando que ésta sobresaliera. Al poco oí que tocaban con los nudillos en la puerta. Mi padre y el mercero entraron en el probador. Estaban con las puplas dilatadas y muy excitados. Don Benito nos dio su opinión de profesional:

-Creo que la talla le va perfecta. Date la vuelta para ver como te queda por detrás… marcan bien tu pompis, eso está bien. Sin duda hemos acertado. Ahora te pruebas los de Ocean.

Los gemelos no entraron en el probador pero, desde el rellano de la puerta, me vieron en paños menores. Se miraban entre ellos y sonreían con cierta malicia. Les divertía contemplar a un chaval de su edad en calzoncillos y camiseta. También echaron un vistazo a mis calcetines altos de Ejecutivo. Noté como que se reían tambien por mi gordura, yo era beefy y ellos fibrados... Sentí un cierto rubor al tener que exhibirme en ropa interior delante de extraños.

Pero al final probaron su propia medicina. Don Benito los pilló mirándome y riéndose con descaro, levantando las cejas con gran ironía. Se percató de que yo, el hijo de don Moncho, me encontraba incómodo en aquellas circunstancias y decidió poner a sus hijos en su sitio:

- Yo he afirmado que vosotros siempre usáis braslip y camiseta calados. Don Moncho puede pensar que es mentira, y es una trampa para vender. Para demostrar que estoy diciendo la verdad os vais a bajar los pantalones y os levantáis la camisa. Quiero que este gran señor amigo mio y su hijo comprueben que verdaderamente gastáis paños menores de primera calidad.

Los dos hermanos, cabizbajos y abochornados, obedecieron sin rechistar y exhibieron su ropa interior. También usaban calcetines altos de Ejecutivo, hasta la rodilla, en color negro. Ahora ya no solamente era yo el humillado. Además aprovechó para darles una orden muy precisa:
-Por cierto, mañana sábado, sin falta, os vais a cortar el pelo al rape a la peluquería de Don Valentín . Abre a las nueve de la mañana. A las nueve y media, a más tardar, os quiero allí como dos clavos.

Mi padre opinó que todavía tenían el cabello muy cortito pero el mercero se mostró inflexible:

-A estos chavales los mando al barbero cada semana. A mí, don Benito, no me gustan los hippies. Cuando yo tenía su edad mi padre me mandaba rapar al dos ceros. Desde los catorce años estoy trabajando aquí de ayuda de cámara. He tenido que empezar desde abajo; de nada me sirvió ser el hijo del jefe. Con la bata gris que me obligaba a llevar y la cabeza toda pelada parecía un chico del hospicio, Y así quiero a mis hijos...

Al final mi padre me compró seis juegos de camiseta y braslip (tres de la marca Hedea y otros tres de Ocean). Además me llevé tres cajas de calcetines Ejecutivo, en colores gris oscuro, negro y marino. Nos despedimos de don Benito y sus gemelos estrechándonos las sudorosas manos. El señor del Prado Florido sin duda era un padre tan severo y fetchsita como el mio. Me gustó mucho ese señor... Y le daría buenas ideas a mi padre sobre la longitud de mis largos cabellos. Muy pronto, me apuntaria al look hospicio como esos gemelos tan preciosos.

Publicado la semana 4. 29/01/2017
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