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farrandemora

EL BRASLIP CALADO HASTA EL OMBLIGO

El pelirrojo empezó a soltarse la camisa pero don Augusto reaccionó con contundencia ante las prisas de aquel alocadoy alegre joven joven:

-¡Gallastegui!, tú te has propuesto ser la oveja negra del grupo. Todavía no tienes que desnudarte. Seré yo el que dé la orden de manera clara. Simplemente estoy explicando como hay que hacer las cosas.

Gallastegui, asustado, pidió perdón y el director continuó dando las instrucciones:
-A desnudarse ya mismo. Daros prisa que no tenemos todo el día. No quiero que nadie se avergüence de que los compañeros le vean sin ropa. Todos los órganos del cuerpo han sido creados por Dios. Los he visto más rápidos…

Arturo se dio toda la prisa que pudo. No tenía ropa blanca, su slip de nailon era de color granate. Por lo tanto la bolsa blanca estaba completamente vacía. Don Arturo se acercó a él y se extrañó de aquello. Abrió la bolsa negra y sacó de ella los calzoncillos del muchacho. Al ver aquella prenda tan moderna no se privó de hacer un comentario sarcástico al respecto:

-Muchachos, estos calzoncillos o slip, como se les llama ahora, son peligrosos para la salud. El nailon no transpira y os puede producir rozaduras en la piel. Deberían prohibirlos. Los calzoncillos siempre debéis usarlos de algodón y de color blanco. La tintura en la ropa íntima no es muy saludable para la piel. Os puede dañar vuestro miembro...

Todos los jóvenes permanecían desnudos y fueron obligados a ponerse en posición de firmes. Arturo estaba avergonzado. El director le había humillado públicamente, exhibiendo impúdicamente su ropa interior delante de sus compañeros. Pero sólo le quedaba obedecer. Le vino a la memoria la película titulada “El expreso de medianoche” en la que desnudan al protagonista delante del retén policial para humillarlo al máximo. Le impactó especialmente la escena en que obligaban al joven norteamericano a abrirse de piernas y colocar sus manos encima de la cabeza. Empezó a notar que le picaba la pierna derecha pero no se atrevió a rascarse por miedo a recibir una reprimenda. Durante un par de minutos los chicos permanecieron inmóviles, con los brazos rectos y las manos pegadas a los muslos.

De nuevo tuvieron que desfilar por aquel tedioso pasillo y esta vez llegaron a la sala de duchas. Se trataba de un recinto con las paredes embaldosadas hasta la mitad. Los azulejos tenían una forma rectangular y biselada. La parte superior aparecía pintada de blanco, al igual que el techo, del que colgaban cuatro grandes focos también blancos. Al haber doce duchas todos los jóvenes pudieron asearse a la vez sin tener que esperar. Se les entregó una toalla blanca, en cuyo extremo aparecía bordado el emblema colegial, y una pastilla de jabón lagarto muy burdo, hecho de sebo industrial y sosa caústica. Arturo sintió vergüenza al ser observado por el profesor de gimnasia, don Roberto, que fue el encargado de que se ejecutase con rapidez y eficacia el aseo personal. Aquel caballero era un perfeccionista y les decía a los chicos que se restregasen bien en las zonas donde el sudor y la suciedad se suelen acumular:

-Enjabonaros bien los pies, que suelen oler mal en verano. Lo mismo os digo de las axilas, lo que vosotros llamáis sobacos. Y por supuesto las partes íntimas: el pene, los testículos, la zona del ano y los glúteos. Para que os quede bien la espalda, recurrid a la ayuda del compañero. Unos a otros debéis enjabonaros. Recordad el refrán que dice: una mano lava la otra y las dos lavan la cara. Cuando tengáis una buena capa de jabón extendida por la piel me avisáis para que os autorice a aclararos. Os tengo que ver enjabonados y en paños menores...

Todos los alumnos tuvieron que pasar revista con el cuerpo enjabonado y darse la vuelta para que aquel profesor comprobase que se habían untado bien la espalda y las nalgas de jabón. A Arturo le enjabonó Serafín, un chico moreno oriundo de la provincia de Córdoba, y él hizo lo propio con éste.

Después de secarse la piel se les entregó un albornoz blanco con un bolsillo en la zona del pecho en que aparecía bordado el escudo colegial y unas chanclas de goma. Debían visitar el almacén de ropa. Pero para su sorpresa tan sólo se les proporcionó una parte del uniforme. Así se lo hizo saber el padre Augusto:

-Muchachos, ahora solamente se os va entregar la ropa interior. No seréis dignos de vestir el uniforme colegial hasta que no se os corte el pelo debidamente, lo deshonraríais con esas melenas tan femeninas. Quitaros los albornoces y colgadlos en los percheros de la pared que están numerados, debajo depositad las chanclas. Haced todo esto en completo orden y en silencio.
De nuevo los chicos estaban completamente desnudos y don Augusto, ayudado por don Roberto, empezó a repartir la ropa interior. Con una cinta métrica se tomaba medida a los jóvenes. La cadera, la cintura y el pecho fueron cuidadosamente medidos, tras lo cual se empezaron a repartir las prendas:

-Muchachos ahora se os va entregar los calzoncillos, también llamados braslip, son de algodón blanco, en tejido calado, muy fresquitos e higiénicos. Debéis subíroslos bien hasta el ombligo. Los hombres se visten or los pies...

Los estudiantes, con aquella prenda interior tan desfasada, recordaban a los caballeretes de principios de los años sesenta. Se sentían extraños al notar el elástico del braslip en la zona del ombligo. Les humilló que entre don Augusto y don Roberto les pasaran revista como si fueran bebés. A más de uno le retocaron los calzoncillos, se los estiraron para evitar las antiestéticas arrugas.. se conoce que les gustaba y excitaba:

-El braslip debe quedar bien encajado, nada de llevarlo caído porque se hacen arrugas. Ahora se os va a dar una camiseta de interior, también calada y de tirantes. Debéis llevarla siempre por dentro del braslip y estirarla muy bien, que no se formen pliegues. Aquí se va a cuidar de vuestra imagen, muchachos.
Todavía les resultó más difícil introducir la camiseta dentro del braslip porque tendía a sobresalir o a quedarse floja. Tanto don Roberto como don Augusto se emplearon a fondo para que los jóvenes lucieran la ropa interior con dignidad.
Los calcetines fue la prenda de vestir que más llamó la atención de los nuevos internos. Eran muy finos, casi medias, en color gris oscuro, tuvieron que estirárselos hasta la altura de la rodilla. La mayoría de los chicos estaban acostumbrados a usar los calcetines cortos de algodón y de color blanco con rayitas. Aquello a muchos de ellos les pareció un despropósito. Tampoco el calzado que se les entregó era precisamente de última moda. Si hasta la fecha habían usado cómodas deportivas de manera habitual ahora tendrían que calzar zapatos negros, lisos, con cordones y muy brillantes. A ninguno de los chicos se les hubiera ocurrido comprarse algo así. El seminario era un lugar de orden en todos los sentidos, y más en el vestir y la higiene.

Publicado la semana 38. 29/09/2017
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