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LA CABEZA LIMPIA (parte 1)

Había finalizado la primera fase del corte en la que, de manera inmisericorde, se me había despojado de mi cabellera. Todo mi pelo estaba rapado al uno; tenía una longitud de 3 milímetros. Mi cabeza aparecía completamente despejada, los mechones de cabello habían sido eliminados. De esta forma Clemente podía trabajar con mayor comodidad, finura y meticulosidad. Era la hora de demostrar sus habilidades como maestro barbero.

Saco del bolsillo de su bata un cepillo con el mango de madera; me lo pasó repetidas veces por el cráneo, hasta que eliminó los pelillos que se habían quedado incrustados. Mientras sonreía burlonamente, me acariciaba la cabeza a contrapelo; al sentir que su mano se deslizaba suavemente por mi cuero cabelludo me excité. Percibí un sonido peculiar, producido por el rozamiento de las yemas de sus dedos al tocar mis milimétricos cabellos.

Después cambió la maquinilla eléctrica por una manual de púas muy estrechas, la del dos ceros. La pulsó repetidas veces en el aire, para comprobar que funcionaba a la perfección; de hecho movió la tuerca central hasta que estuvo ajustada a su gusto.

Me colocó la mano izquierda sobre la parte superior de mi cabeza; me la bajó para poder verme mejor el cuello. Al pasarme la maquinilla por la nuca noté el frío metal deslizándose por mi piel, avanzando imparable en busca de la coronilla. Sentí un cosquilleo distinto al de la maquinilla eléctrica; me dio la sensación de que unos insectos diminutos mordisqueaban mi rapado cabello. Dibujaba franjas paralelas con aquel instrumento que él mismo había bautizado como “el demonio plateado”.

El sonido mecánico que producía esta herramienta al moverse no me dejó indiferente; aquel incesante traqueteo provocó en mí un estado de gran excitación y nerviosismo que se transformó en una ereccióm. Cuando me pasó la maquinilla del doble cero por el lateral izquierdo pude comprobar que mi piel se transparentaba por completo; la largura del cabello era inferior al medio milímetro. Las patillas prácticamente quedaron fulminadas.

El barbero utilizó conmigo la maquinilla manual del cero para igualarme el corte, difuminándomelo a la perfección. Para realizar la disminución del cuello optó por la esquiladora eléctrica, esta vez sin añadirle ningún peine supletorio. Tal vez por ser la primera vez que me atendía, realizó conmigo un trabajo extremadamente minucioso y artesanal. Empapó la brocha de afeitar con agua y fabricó jabón en una taza cromada. Me enjabonó el cuello y la zona de las patillas. De esta manera cuando me pasó la navaja barbera consiguió que se deslizase con mayor suavidad, evitando los tirones.

Ayudándose de las tijeras me retocaba el corte una y otra vez. Me palpaba la cabeza, para comprobar por medio del tacto que ningún cabello sobresalía más que otro. Para inspeccionarme de cerca, cambió sus gafas cromadas por otras más pequeñitas, las de vista cansada; se las colocó en la punta de la nariz. Después me roció generosamente con un pulverizador cromado, típico de las barberías; el olor a tónico capilar Flöid impregnó todo el local.

Para terminar me masajeó el cráneo, describiendo círculos con sus dedos. Constantemente me pasaba la mano a contrapelo, de una manera un tanto obsesiva, recreándose morbosamente en ello.Don Valentín un psicópata de esquilar, disfrutaba con su profesión y yo permanecía inmóvil en el sillón, mostrándome sumiso y resignado ante él. Ese sería el origen de futuro fetiches causados por las imposiciones de mi padre. Hoy en día se lo agradezco.
 

Publicado la semana 31. 07/08/2017
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