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farrandemora

UNA BUENA AZOTAINA

Cuando mi padre se fue por ahí a hacer sus locuras fetish (visitar mercerías, ir a barberias a pelarse, visitar al limpiabotas, acudir a misa acicalado para confesar y visitar a los frailes y hacer donaciones... ) aproveché para curiosear en su dormitorio, un verdadero santuario, un androceo consagrado a la masculinidad rancia. Allí tenia toda su ropa interior, que coleccionaba de manera obsesiva. La que no había estrenado la guardaba aparte, protegida por las fundas de plástico originales. Me embriagué aspirando el olor a algodón nuevo y plástico petrolifero que desprendían sus camisetas, gayumbos y braslips, fabricados por Abanderado, Hedea, Jim, Ocean y otras bizarras marcas de mercería antigua.

También me excité con el tacto sedoso de los calcetines de hilo de Escocia de la marca Punto Blanco. En un rincón del armario descubrí unos estuches de cartón muy totales. Cada una de ellos contenía “4 calcetines para caballero extra-largos Ejecutivo. Sin talón. Talla única”. Precían medias de mujer casi. No pude vencer la tentación y desprecinté, con sumo cuidado, una de aquellas cajas. Metí la mano en uno de los calcetines y noté que se estiraba; no conseguí que recuperara la forma original. No supe vencer la tentación y decidí probármelos. No pensé en las consecuencias; mi padre se acabaría enterando de que había enredado en sus cosas. Me estiré los Ejecutivo hasta que me llegaron a la rodilla; se adaptaban perfectamente a la pierna, ya que no tenían talón. La sujeción era total, no se caían como los que me compraban a mí. Para vérmelos mejor me quedé en ropa interior. Me miré en el espejo y me dio un morbo muy extraño, un guilty pleasure genial.

Todas las prendas de mi padre, sus objetos personales y útiles de aseo ejercían en mí un extraño poder de atracción. Me llamaban. Me hubiera encantado apestar a Brummel, Floyd o Baron Dandy como el y que los dos vistiésemos de manera idéntica. En realidad era como el armario de una drag queen de lo masculino. Su colección de pijamas tampoco tenía desperdicio. La mayoría eran de algodón, lisos o de rayas, en colores sobrios (azules, grises, marrones, verdes…). Pero también tenía de poliester, sobre todo uno que hacía juego con su bata de seda (en color gris marengo, con estampado de Cachemir de paramecios en colores pastel y un tacto envolvente). El decía seda, pero pienso que era poliester que pasaba por seda. Lo reservaba para “ocasiones especiales”. Vestido con pijama, bata de seda perfumado rapado y acicalado me parecía como un ser superior, casi un icono de la moda. Un fondo de armario de orden.

Me encontraba muy a gusto en paños menores y con aquellos calcetines Ejecutivo puestos. El resto de la ropa era demasiado grande para mí; a mis doce años todo lo de mi padre me quedaba enorme. Por este motivo no me probé nada más. Además tenía expresamente prohibido husmear en sus pertenencias. Sin embargo aquellos calcetines altos y finos, casi transparentes, parecían fabricados a mi medida. Como tenia el pelo largo y cuerpo de niño, me parecía a Brooke Shileds en "La pequeña", parecia un pequeña zorrita. Pero eso ni lo pensaba, ni era consciente de nada.

El armario ropero tenía tres espejos de cuerpo entero. Los moví a mi antojo para poder explorar mi cuerpo, tanto por delante como por detrás. Me estaba saliendo un vello incipiente, una pelusilla que anunciaba cambios hormonales;estaba en pleno cambio puber. Deseaba que mi cuerpo infantil se transformara cuanto antes en el de un hombre; de esta forma podría emular a mi padre y vestir igual que él. No me cansaba de mirarme en aquellos espejos. Estaba fascinado, excitado, bailando y cantando al son de la versión de Pichi de Lina Morgan (parte de la discografia castiza de vinilos de mi padre) y perdí la noción del tiempo sintiéndome a la vez hombre y mujer, niño y niña. Igual que Lina vestida de Pichi, un ser de sexualidad no definida.

De repente, por sorpresa, se abrió la puerta de la habitación. Un escalofrío recorrió mi cuerpo. Mi padre por unos instantes permaneció en silencio, mientras me taladraba con su mirada inquisitorial. Me había pillado in fraganti, con las manos en la masa. No tenía escapatoria, ni ningún tipo de justificación para estar allí y encima de esa guisa. Intenté vestirme lo más rápido posible pero no me lo permitió. Agarró mis pantalones y mi camisa, que estaban tirados en el suelo; los lanzó con ira y rabia sobre la cama. Entró en modo hidra y casi me mee encima del miedo. Comenzó el interrogatorio (de usted además para humillarme al máximo), el tercer grado descarnado de un hombre al que habían profanado su santuario:

-Me gustaría saber que hace vd en mi dormitorio. Exijo una explicación de por qué está vd en calzoncillos y con mis calcetines puestos. Yo no le he dado permiso para que desordene mis cajones y use mi ropa íntima. Una vez ya se llevo un azote por meter las narices en mi despacho. Esto es mucho más grave...

Yo no supe defenderme. Mi rostro enrojeció de vergüenza, agaché la cabeza; no podía mirar a mi padre a los ojos. Tan sólo dije que lo sentía, sollozando, que lo había hecho sin pensar, que sólo quería disfrazarme de Toby, el niño-angel, la película que habíamos ido a ver al Consulado la otra semana.

Sin embargo a él no le convencieron mis disculpas. Decidió darme una buen escarmiento, y ya en caliente paso a tratarme de tú, pues la cosa se iba a poner mucho más íntima entre padre e hijo.

-Toby es un angel y tu te has vestido de invertido con esas poses y esas medias de sarasa... Te voy a enseñar a respetar mi intimidad; ¿me consideras tan tonto como para no darme cuenta de que enredas en mis cosas?. El otro día observé que la maquinilla de afeotar Gillete de oro edición deluxe, no estaba en su sitio y tenía restos de vello púbico. También he notado que te has aficionado al Baron Dandy y a Floyd. No puedes ser...

El correctivo que me tenía reservado mi padre era el más humillante que se podía aplicar a un chico de mi edad. Se sentó en la cama, se remangó los pantalones y pude ver que usaba unos calcetines altos de Ejecutivo, exactamente igual que los que yo llevaba puestos. Ya digo, como una hidra de cinco cabezas, me agarró del brazo y, sin darme tiempo a reaccionar, me colocó bocabajo, encima sus rodillas. Hice un ademán de escaparme pero me tenía cogido con fuerza y no estaba dispuesto a soltarme. Mi cabeza estaba inclinada, casi podía tocar con la nariz en el suelo. Oí su voz que retumbaba en mis oídos; me pareció más grave que de costumbre:

-Si te resistes va a ser peor. Aprovechando que estás en braslip te voy a dar una buena azotaina. Creo que es algo que debía haber hecho hace tiempo. Esto pasa de castaño oscuro, se te ve el plumero...

Me encontraba completamente inmovilizado, embrigado por su rancio olor a macho old school y castizo, a merced de su voluntad. Giré ligeramente la cabeza y pude contemplar mi imagen reflejada en uno de los espejos, en aquella postura tan denigrante, a cuatro patas con el culo en pompa. También vi como mi padre elevaba el brazo y abría la mano para dejarla caer sobre mis nalgas. Noté un golpe fuerte y seco en los glúteos. Ya casi no recordaba los buenos que eran los azotes en el culo. Al poco, volví a sentir de nuevo como se estrellaba la palma de su mano contra mis posaderas. En mi interior experimenté extrañas sensaciones, difíciles de describir pero que las disfrutaba a tope. Mi padre me quería demostrar que yo no era nadie, que podía someterme a su antojo; mis opiniones no contaban para nada. Por otra parte llevaba años deseando ser castigado de esta manera. Hasta ese “fatídico” día, no había cumplido sus amenazas de “mandarme caliente a la cama”. Tenía ganas de una buena azotaina lo confieso.

Decidí relajarme y disfrutar, y me resigné a sufrir el merecido castigo. Al permanecer en silencio, pude oír el sonido de las palmadas. Comenzaba a notar mi culo adormecido. En realidad aquel dolor me resultaba llevadero, soportable y placentero. Me dió como veinte azotes. Comencé a llorar como un loco, buscando el cariño y el consuelo paternal. Con la mano derecha empecé a sobarle las piernas, acariciando sus calcetines sedosos. Fue una especie de acto reflejo, un vano intento de aplacar su ira, de distraer su atención. Papá no se dio por enterado, continuó con la azotaina.

Cuando consideró que el castigo era suficiente, se detuvo. Me levantó de sus rodillas y me agarró por los brazos. Exigió que le prestara atención. Elevó el tono de su voz mucho más de lo que acostumbraba:

-Te voy a enderezar; vas a aprender a respetar todo lo mío, por las buenas o por las malas. Deja de gimotear, que no te va a servir de nada. Lo que tienes que hacer es aprender la lección.

Me apetecía humillarme delante de mi padre. Sentí un extraño morbo al vivir aquella situación un tanto surrealista. Me hinqué de rodillas y le pedí que me perdonara. Le prometí no volver a hacerlo nunca más. Mis ojos estaban llenos de lágrimas. Me besó, me sobó, me agarró suavemente del moflete y me susurró al oído:

-¡Hijo mío!, me has sacado de quicio. Me he llevado un gran disgusto al ver que no respetas mi intimidad. No lo vuelvas a hacer nunca más.

Note algo duro en su entrepierna, y el en la mía... mi cara entre llantos se apoyó en su paquete duro. Estaba como manchado.. y yo también había sufrido una polución espontánea, por toda esa escena tan grotesca rozando lo "pervert". Como un jarro de agua fría, se hizo un silencio, y me dijo:

-Los calcetines te los puedes quedar. Si tanto te gustan habérmelos pedido, te los hubiera regalado. Lo que no soporto es que me traiciones y hagas las cosas a escondidas. La próxima vez yo mismo te los pongo. Vístete, que vas a coger frío. Ahora lavate en tu baño, que yo tengo que entrar en el mio para mis menesteres.
Tras la puerta escuche gemidos... parecían de placer. Esa azotaina fue el principio de muchas otras y de otros muy buenos y severos correctivos del agrado de los dos.

Publicado la semana 3. 16/01/2017
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