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farrandemora

HUMILLADO UNA VEZ MAS (parte 1)

Mi padre comenzó a tomar confianza con Don Valentín. Le explicó que era precisamente don Andrés del Castillo quien le había recomendado su barbería. Le hizo saber que él era un hombre viudo y muy ocupado; por ese motivo me había permitido acudir a una peluquería cercana a casa, regentada por Horacio. En cuanto el barbero oyó este nombre, descargó toda su ira contra aquel competidor:

-No me hable de ese buen señor, por favor. No es un oficial de barbería, es simplemente un peluquero de señoras camuflado. No tiene ni idea de afeitar ni de hacer una disminución del cuello en condiciones. Sin embargo, sus tarifas son las más elevadas de toda la ciudad; cobrar se le da muy bien. Es un desprestigio para el gremio.

Mi padre le explicó que me había permitido ir a ese local porque se encontraba cerca de nuestra casa. No le gustaba que yo anduviese solo por la calle a horas intempestivas. El esquilador, que estaba a la que saltaba, puntualizó:

-Este mozo y su amigo no se pierden en esta ciudad; puede usted estar tranquilo. Estoy seguro de que podría venir a mi establecimiento con los ojos cerrados. Me alegro mucho de que la primera vez le haya acompañado usted. Así hemos podido intercambiar opiniones. Bueno, bueno… ¿cómo le cortamos el pelo a este pequeño espía?

Mi padre le explicó que estaba preocupado por una noticia que había leído en el Diario Regional; la epidemia de piojos se estaba propagando como la pólvora. Para él sería una vergüenza que expulsasen a su hijo del colegio por padecer pediculosis. No se atrevería a llevarme a ninguna barbería si era portador de miseria; con este término se referían antiguamente a los parásitos capilares. El barbero comenzó a revisarme la cabeza. Me la movía como si yo fuera un muñeco; notaba sus dedos deslizándose por mi cuero cabelludo; me separaba las orejas para escrutarme mejor. Al final, como si fuera una autoridad en la materia, sentenció:

-Este muchacho, al día de hoy, no tiene piojos. Yo por desgracia los conocí cuando hice la mili. Me rasuraba la cabeza cada dos días para evitar que me arrestaran por tener miseria. Si a su hijo le cortamos el pelo corto, corto, corto, corto de verdad, sin andarnos con memeces, le aseguro que no pillará piojos. Usted confíe en mí. Si me autoriza le pelo a riguroso cepillo militar.

Mi padre le preguntó al barbero:

-¿Cómo de corto le va a poner el pelo a mi hijo?. Déjele al menos un dedo en la zona del flequillo para disimular. Si le rapa toda la cabeza por igual, va a parecer que se ha escapado de un reformatorio.

El barbero se explicaba como un libro abierto:

-En esta zona del flequillo le voy a dejar menos de medio centímetro de pelo; le voy a dar la forma de un cepillo muy corto, muy corto. En la parte superior le dejaré entre dos y tres milímetros aproximadamente. Hasta la coronilla y las sienes le voy a meter la maquinilla del dos ceros. Le aviso que se le va a clarear toda la cabeza; sólo de esta manera podrá usted comprobar si el chico ha sido infectado de miseria. Las patillas se las voy a poner muy cortas y con forma cuadrada, bien perfiladas. El cuello se lo apuraré con la maquinilla del cuatro ceros. Usted confíe en mí.

Había sacado sus propias conclusiones:
- Creo que este chaval y su amigo, sin saberlo, estaban buscando que los pelara así. Por este motivo se pasaban las horas muertas espiándome. Lo que pasa es que les da vergüenza que se rían de ellos los otros chicos; les preocupa mucho el qué dirán. ¡Ojalá les afeiten la cabeza a todos los muchachos que llevan el pelo largo!; así se terminaría con el problema de los piojos para siempre.
 

Publicado la semana 27. 17/07/2017
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