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farrandemora

ARRASTRAS Y A LA FUERZA (parte2)

Algunos transeúntes, ante el pollo montado, se detuvieron para enterarse de lo que estaba ocurriendo. El chaval había roto a llorar, apretaba los dientes y cerraba los puños; no podía controlar su rabia, ni disimular la vergüenza. Increpó a los cotillas que se estaban arremolinando en las cercanías del callejón:
-¿No tienen otra cosa mejor que hacer que mirarme a mí? ¡Metan las narices en sus asuntos y déjenme en paz!
Ante aquella salida de tono, su padre se alteró aún más. Le mandó callar y le dijo que sentía avergonzado de tener un hijo como él:
-A mí tú no me dejas en ridículo delante de la gente de fuera. Cierra esa boca o te parto la cara aquí mismo. Eres un sinvergüenza invertido. Te voy a llevar a un correccional para que te metan en cintura… un hjo mio no va a salirme sarasa, eso es lo último que quiero...
La puerta de la barbería se abrió desde dentro. Don Valentín había escuchado los gritos y salió al rellano enloquecido; quería conocer el origen de aquel escándalo. Al comprobar lo que ocurría decidió opinar e intervenir:
-Don Pascual, ¿tiene problemas con el chico? Uf, vaya pelos de mujer que trae, si hasta parece que se ha hecho un moldeado. Yo le ayudo a apaciguarlo, y a hacerle varón,. no faltaría más. Entre los dos lo sujetamos con fuerza y lo metemos dentro, a empujones y arrastras. Si es necesario echo el cerrojo para que no se escape. Si se pone farruco, lo atamos al sillón con una soga bien gruesa que guardo en la trastienda.Le vamos a hacer hombre a la fuerza y todo ese pelo al suelo que no quede nada de femenino en su ser.

El pobre chico, un tanto amanerado la verdad, que hasta aquel momento se había resistido con todas sus fuerzas, se derrumbó y claudicó. Tenía el rostro desencajado, los ojos enrojecidos por el llanto y las manos temblorosas. Ya sólo podía resignarse; la suerte estaba echada para él y cual cordero degollado quedó en manos de aquelos dos sádicos.

Cabizbajo, arrastrando los pies con desgana, custodiado en todo momento por su padre y el peluquero, se introdujo en el local. La puerta estaba abierta y los focos del interior producían un efecto de contraluz; las siluetas de los dos hombres y el muchacho se recortaban en aquel angosto espacio. Esta imagen, de gran fuerza dramática, me hizo pensar en las detenciones efectuadas por la guardia civil; los presos, siempre esposados, eran flanqueados y conducidos por dos agentes de la benemérita.

Mi padre colocó su mano encima de mi hombro y suavemente me condujo a mi destino final. Abrió la manilla de la puerta y pasamos dentro. Mi pelo, al igual que el de aquel muchacho tan rebelde y sarasa, estaba sentenciado. Arrastras y a la fuerza para ese chico, y para mi con gusto y como un gran placer culpable.

Publicado la semana 21. 28/05/2017
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